Mi malasombra

Lo malo de la gente que quieres mal es que aparece a su antojo. Su antojo, ya lo sabes, coincide siempre con el momento que más te importuna. Es así, no vale la pena que te rebeles. Un principio universal aún sin estudiar. Yo tengo un personaje de esta calaña que merodea a mi alrededor las 24 horas del día. Un desaprensivo que salta siempre en el momento que menos lo quiero. Es aparecer a mi vera y agotarme las energías y las ideas. Ya no puedo escribir. Es un efecto instantáneo. Me inutiliza. Un poco más de lo que ya estoy.
Es mi malasombra.
A veces se me abalanza desde dentro de la pantalla del ordenador, pero ahí sabe que le tengo cogido, por eso se esconde en otros sitios menos evidentes desde donde saltar sobre mí al degüello. Mientras tomo un café con mis amigos actores (tengo tantos) y río y divago y oigo más risas y divagaciones, de repente se cuela en la conversación y dice “no quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre, que la boca podrida sigue pidiendo agua”. Yo, desde ese instante, dejo la conversación.  Me pongo en pie y voy a la barra para ver si empieza ya el partido. El jodido partido, digo, en voz alta, pero a lo sumo me veo un hecho un fantoche que quiere ser Bukovski. Y el subnormal se ríe desde una oreja del amigo que está ligando con una polaca. Me retiro ipsofactamente.
Trato por lo demás de hacer una vida normal, como si el capullo no fuera parte de mis circunstancias. Me levanto a mis horas, trabajo, hablo con mi padre. Mi padre habla mayormente y yo hablo con la taza del café. Lo que pasa es que mi malasombra es insistente y me va buscando. Una vez me llegó en la propaganda de un papel pintado que iba a comprar por internet.
Es así de retorcido. La carta venía de Alemania, observen.
Decía así: “sólo una vez estuve casado, y fue a causa de un mal entendido entre cierta joven y yo”. Me destrozó los planes de una semana. Yo andaba
por entonces detrás de una idea inteligente para un relato sobre las parejas mal avenidas, y lo di por perdido. Rompí las notas. No he querido volver a intentar otra estrategia sobre el asunto de las parejas, porque todas me parecían pedestres. Mis ideas, claro. Es así el grandísimo. Demoledor.
Me he aplicado para ganarle alguna partida, siquiera una, una que me devuelva la fe. Para ello he probado siempre a tomarle ventaja como sea. Verán: cuando sospecho que él está frío y distante, se expresa como si esputara palabras, ya saben, el aire americano, entonces me he puesto a intentar algunas hojas intimistas. Miro el cielo, desgrano detalles que me producen nudos en la garganta, oigo hablar a los viejos y escucho los Amaya. Entonces él puede aparecer mientras me afeito, un suponer, con un par, y me susurra al oído “Se dio cuenta de que flotaba en una nube personal donde nada de este mundo ni del otro le importaba, como no fuera la imagen terrorífica de ella envilecida por el diablo. Huyó a la biblioteca, pero no pudo leer. Rezó con la fe exacerbada, cantó la canción de la tiorba, lloró con lágrimas de aceite ardiente que le abrazaron las entrañas. Abrió la maletita de la chica y puso las cosas una por una sobre la mesa. Las conoció, las olió con un deseo ávido del cuerpo, las amó, y habló con ellas en hexámetros obscenos, hasta que no pudo más. Es el demonio, padre mío —dijo— el más terrible de todos”. Cuando reacciono tengo ya dos cortes en la barbilla y la mano me tiembla. Es la ira electrizándome por idiota. Otra vez me ha cogido con el paso cambiado.
Un inmenso hijoputa, mi malasombra. Con dejarme noqueado a base de su palique, le basta.
Él insiste. Un día me aparece en la boca de un amigo enfermo, y me dice: “O tell me about Anna Livia, I want to hear all about Anna Livia”. Así, digo, insiste, cabrón, ya casi vas a lograr que cuelgue la costumbre de escribir. Pero no crean que se ablanda y me da un respir. Otro día aparece, pongamos, detrás de un cojín que cambio de lugar para hundirme en el sofá, cuando encuentro a mi mujer que me habla a un palmo de mi cara, contándome una historia de cierta amiga, o familiar de una compañera, alguien, no sé, que está pasando una crisis, algo a lo que no es necesario prestar mucha atención, pero está a un palmo y no tengo más remedio, y escucho:  “Ella soñaba, por ejemplo, que vendía su piso y otras dos propiedades que tenía en la ciudad, y su automóvil y sus joyas, luego soñaba que tomaba un avión a París, en donde alquilaba un piso muy pequeño, un estudio, digamos entre Villiers y la Porte de Clichy, y luego se iba a ver a un médico famoso, un cirujano plástico que hacía maravillas, para que le realizara un lifting, para que le arreglara la nariz y los pómulos, para que le aumentara los senos, en fin, que al salir de la mesa de operaciones parecía otra, una mujer diferente, ya no de cincuenta y tantos años sino de cuarenta y tantos, o mejor, de cuarenta y pocos, irreconocible, nueva, cambiada, rejuvenecida, aunque por supuesto durante un tiempo iba vendada a todas partes, como si fuera la momia, no la momia egipcia sino la momia mexicana, cosa que le gustaba, y salir a pasear en el metro, y luego bajarse del metro y entrar en un museo o en una galería de arte o en una librería de Montparnasse, y estudiar francés dos horas diarias, con alegría, con ilusión, qué bonito es el francés, qué idioma más musical, tiene un je ne sais, quoi, y luego, una mañana lluviosa, quitarse las vendas, despacio, como un arqueólogo que acaba de encontrar un hueso indescriptible, como una niña de gestos lentos que deshace, paso a paso, un regalo que quisiera dilatar en el tiempo, ¿para siempre?, casi para siempre, hasta que finalmente cae la última venda, ¿adónde cae?, al suelo, a la moqueta o a la madera, pues el suelo es de primera calidad, y en el suelo todas las vendas se estremecen como culebras, o todas las vendas abren sus ojos adormilados como culebras, aunque ella sabe que no son culebras sino más bien los ángeles de la guarda de las culebras, y luego alguien le acerca un espejo y ella se contempla. ¿Hacia una nueva vida? —dice él—. Supongo que sí —dice ella—. Tú a mí me gustas tal como eres, dijo él. Una nueva vida sin mexicanos ni México, ni enfermos mexicanos, dijo ella. Tú a mí me vuelves loco tal como eres, dijo él”. Yo le dije lo mismo a mi malasombra que entonces era mi mujer, aunque ella ni se lo imaginaba.
Le gustó la frase y esa noche hubo fiesta.
A veces gano en la vida, pero siempre de rebote.
No sé si se hacen cargo de mi situación. En este caso salí ileso porque la historia de mi mujer la ignoré desde los primeros dos minutos fingiendo una atención máxima, pero dirigiendo mis sentidos al documental de la tele, que estaba a 45 grados, justo en mi visión periférica. Un reportaje sobre música sacra que no escuchaba, porque hasta ahí llega mi falta de escrúpulos, pero sabía que era música sacra, ya ven el milagro de la música, y en el momento de regresar al relato, exhausto, agotado de una prosa tan perfecta en boca de mi mujer, entonces escuché lo de México y enfermos mexicanos, que fue mi salvación. Si hubiese entendido que se trataba de un relato original de mi mujer me habría tocado de muerte la autoestima. Pero era él, que también me toca, sí, pero es que él es el malasombra profesional.
Hoy he vuelto a encontrarlo en portada de una revista literaria. Acaba de publicar una novela, radical, innovadora. Confiesa haber bebido de la literatura inglesa de entreguerras. Hoy mismo he sabido por Facebook que otra antología también lo recoge como el máximo exponente del conceptismo literario, ese que echa raíces en autores como Josep Pla, Borges, Pessoa, y a través de ellos enlaza con Voltaire, Villiers, De Quincey. También de mi malasombra hablaba un post publicado por un crítico de los que acojonan. Describía a mi malasombra como el maestro del humor, y con ese ditirambo presentaba una selección de sus mejores columnas diarias, publicadas recientemente en formato de libro por una editorial de culto barcelonesa. De las que escasas que siguen vivas. De esas por las que yo traicionaría mis principios y mis finales. Cuatro. Cuatro libros ha publicado el Gran Hijo en apenas dos semanas, que yo haya tomado nota.

Me voy a rendir.
He dicho a quienes me quieren que hagan todo lo posible por tratarme como si cada día bajase de un asteroide distinto, como si cuanto aparece en el mundo a diario me resultase de una vanidad despreciable. No quiero saber nada de cuanto pase en este mundo que es el reino de mi malasombra. Pero hoy una amiga se acordó de mí, y me trajo un cuaderno de notas, un cuaderno en blanco, que me había comprado en Bolonia. Bien por ella, pensé, y por su buena memoria de no regalarme nada en que poner los ojos que no me fuese recuerdo de la muerte.

Ahora entenderán que vivo estremecido. Sudo a todas horas. Ya no hablo con nadie. Las únicas palabras inteligentes que sé decir ya las ha dicho antes mi malasombra.

No sé si volveré a escribir.

Mi malasombra es un tío muy grande y jodido.

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