Hoy me he levantado solipsista

(Grito. El banderín de enganche está enfrente, y a mí me revuelven las tripas estas causas. Ya todas las causas. Y todos los banderines. Grito).

Vamos, chicos, tenéis que soportar esta campaña sin entrar en su juego. No piquéis otra vez. No es vuestra guerra.

Los telediarios son una estrategia. Las consignas de las oenegés, otra. Enredos verborreicos y éticas fungibles. La moralina de siempre, ahora en envase 2.0. Hay que aguantar como sea, fingiendo poses de mármol si no queréis que acaben con vuestro nombre escrito en su lista. Os harán bailar su milonga. Os vestirán con sus banderas. Lo que quieren es veros formando en sus filas y clavando tacones bajo su atenta mirada. Que vistáis los botones brillantes de sus consignas. Que aprendáis esa lírica espesa que les pone la piel de gallina. Que lloréis con sus melodramas y sus pastiches. Su poesía de gerifaltes, su épica de busilis.

Les gusta vender gloria, como a todos los salvadores.

Y sólo sirven para quemar esa cuenta breve que es la suma de vuestros días.
Si sois tan estúpidos como para creer que aún hay algo que se pueda cambiar.

(Para la correcta interpretación del discurso, debe sonar música populachera de fondo. Algo entre Ismael Serrano y el Novio de la muerte. Para la pose del cínico que ladra frente al banderín de enganche no puedo apartar de mi mente la figura de un entrenador que palmea en el culo a sus jugadores antes de saltar al césped. Con la contundencia y la pasión de un Mourinho recién exaltado).

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