Hoy diez me poseyeron en la ducha

Una detrás de otra. Lo sé aunque no había luz en ese momento. Y sé que estaba en mis cabales porque en ese instante hablaba nada menos que con Claudio López de Lamadrid, a quien yo trataba de convencer de que no se había equivocado de número, que no, y él insistía en que había llamado a Ellis, Bret Easton, a Los Ángeles, pero las interferencias se confabulaban en su contra, al parecer, y no había manera de acabar con la confusión.
Las interferencias, como siempre. Últimamente todo anda desmañado en el mundo, incluso en mis tuberías. Yo, la verdad, le había dado al grifo del vino caliente cuando me salió la voz de Claudio en el teléfono de la ducha, pero me dije es tu oportunidad, chaval. El destino es de los valientes, háblale en inglés y cuélale el embuste. Así lo hice durante un largo rato, en una conversación de compadreo intelectual que rayó a gran nivel pese a que yo no estaba en mi mejor momento, hasta que nos asaltaron, a él las dudas, y a mí las interferencias.
Me suele ocurrir. En los momentos favorables siempre hay un mal que conspira contra mí, para echarle cerrojazo a mi moral. Esta vez fueron ellas: las vi salir del teléfono de la ducha, una tras otra, espléndidas, de cuerpos turgentes y casi traslúcidas contoneándose entre el vapor. Dieron conmigo en el suelo de la bañera. Después se apagó la luz. Y una tras otra fueron poseyendo mi cuerpo extasiado. Perdí el sentido, dejéme llevar y olvidéme de mí. También del grifo, y de mis ínfulas, y de todos cuantos editores he deseado en esta vida.
He despertado mucho después, y claro, Claudio había colgado el teléfono. El agua seguía corriendo sobre mí, pero ellas ya no estaban. Sólo quedaba un leve hálito de vodka flotando en el aire y en el interior de mi boca.
Y yo nunca bebo vodka.

Estoy feliz, sin embargo, con mi experiencia literaria: a Maupassant los muebles se le fueron de casa sin permiso; al pibe Cortázar fuerzas ignotas consiguieron echarlo fuera de su propio hogar. A mí ya nadie me hace caso, es verdad, ni mis grifos.

Pero hay tanto placer en estos episodios literarios… Aunque confirmen sólo eso, que soy un triunfador del sexo acuático y que mis únicas lectoras son las que aparecen desnudas y bebiendo vodka en mis horas más bajas.

El mundo va a su bola, sí.

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