Hoy comí pollo e hice este razonamiento sobre el ser humano

Fue el pollo. El origen de mi teorema fue el pollo. Me lo quedé mirando en el plato, semioculto por la guarnición y la crema de manzanas, coqueto y sofisticado como sólo sabe serlo un pollo sobre la mesa. Pese al hábito en que se me mostraba no pude por menos que recordarlo en su estado original. Desnudo. En un largo lineal refrigerado y acostado sobre una bandeja de poliespán. En formación disciplinada y marcial, sólo superable por la de un ejército chino.

En ese instante recordé que el pollo, muchos años atrás, era un animal que tenía plumas, se criaba con maíz, y cagaba compulsivamente. Se parecían sospechosamente (pero sólo de lejos) a estos pollos que ahora (todos los sabrán ya) salen de la máquina en bandeja y cubiertos de un film transparente, con glam y discreción, sí, aunque resulte difícil de creer en la síntesis del glam y la discreción. Los pollos lo logran.

Daban mucha más grima los de antes: preproletarios, asindicados y desconocedores del plan Bolonia. El capital los engordaba contra su voluntad, en granjas cerradas donde jamás se ponía el sol, para un día venir por ellos y de una forma nada metafórica, darles la puntilla. Fin del juego. Pensé, arrobado por la inocencia de mi pollo en mi plato, cuántas veces escuché a intelectuales haciendo encendida defensa de la clase trabajadora humana, y de sus derechos y aspiraciones, a la vez que reducían a la nada platos de pollo abundantes, rebosantes, adiposantes. Imaginé luego a todos los intelectuales del mundo, y a quienes escuchaban sus arengas, sentados en filas interminables, en mesas de banquete en línea, de forma paralela a como los pollos del mundo habían sido engordados, y engatusados y entregados a mejor vida, y luego esos pollos llegaban a sus mesas ya doraditos y escoltados de patatas (en sus diversas versiones) y de arroz o manzana o judías o choucroutte, y de salsas, salsa cazadora, tandoori, a la manzana, a la mostaza (con o sin dijon), y luego desaparecían entre las fauces humanas proletarias, entre sus dedos, cuya grasa relamían una y otra vez, es decir, aniquilando en interés propio y nada metafórico lo que en cierta forma era una metáfora ostensible y terrible del propio género humano, y más concretamente, de la clase trabajadora a.k.a. proletaria.

En ese punto de mi razonamiento se desvaneció mi apetito. Pero no por el pollo en cuestión, que era tentador. Ni siquiera en solidaridad con los miles de pollos de los que he dado cuenta en mi ya larga existencia, sino asustado. De mí propio, de ser hombre y de vivir rodeado de hombres que comen pollo en estas circunstancias y todo.

El hombre es un animalillo corto de vista y animoso que mide su acción ética en virtud de unas pocas variables, de entre las que sobresale el interés propio. Dicho de otra forma: el hombre sólo se rebela y actúa cuando el atropello lo sufre en sus mismas carnes, valga la redundancia. Al hombre le importa menos que se coman al de al lado, llámese pollo, cerdo o cabrón. El hombre.

He querido dejar constancia aquí de este razonamiento mío, nacido casi del estupor, por que quedara registrado y público el motivo por el cual llamé al sindicato esa tarde para decirle muchas cosas que yo llevaba tiempo rumiando, y que en un golpe de clarividencia, por fin había sabido plasmar. Y para que mis lectores comprendieran la diferencia entre el mundo tangible y dimensionable frente al mundo metafórico e insoportable. Como era de esperar, los del sindicato no entendieron ni papa. Lo suyo es más la metáfora.

Pero me di de baja.

Desde entonces decidí que comería de todo, y mucho más libre de prejuicios, dónde va a parar.

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