Hoy escribía de un escritor que escribía… (pero mi blog no sabe escribir los titulares en círculo)

El caso es que no le importa el griterío de la calle, ni el calor de la habitación. El caso es que ni siquiera le importa haber escuchado otra vez que su nombre anda enmarañado en un hoax que corre por la red (otro, tantos, y por qué ahora lo llaman hoax), ni le importa la incomprensión, ni la fama que ya le van endosando de anticuado, de prescindible, de retranco. El caso es que el escritor pone los dedos sobre el teclado y arranca a escribir otra historia, otra vez. En su narración describe un palacio ancho y frío, atravesado de alfombras como de una carretera que concita a los demonios del voyeurismo, al viaje terco a la caza de las mariposas que tal vez llenan las salas, y que siempre llevarán a otras salas, y a otras,  y tal vez a alguna puerta entreabierta donde una prima joven, casi una niña, se quita lentamente una media. Si los espíritus concupiscentes del aire lo quieren. Ojalá sean propicios. En el jardín se ve la nieve cayendo, y aún baña una luz flácida la mesa del gabinete. Sobre la mesa otro escritor toma la pluma y comienza a escribir. Comienza a narrar la historia de una noche terrible en la que los hombres cantan borrachos y las mujeres corren a guarecerse. La única luz en las calles la ponen las teas que portan los soldados, y están nerviosos por las revueltas, por el sudor frío y maloliente del terror que cerca a los reyes. Porque la muerte pisa las esquinas. Corren hacia un lado, y enseguida otro pelotón aparece corriendo en la dirección opuesta. La locura ha vuelto. El orden cruje y está a punto de desmoronarse la fe. Si el ejército anda desnortado es que esa noche correrán ríos de sangre. Un resplandor delata una casa viva en un edificio de dos plantas, pero nadie reparará en ella. A la vela le quedan pocas horas de vida, y parece enferma. Como todo alrededor. Como el hombre que, con el papel bajo el cilindro de cera, escribe la historia de otro hombre. La historia de un hombre que no tiene sueño y mira por la ventana el amanecer. De un hombre que no sabe lo que es el frío, porque vive en una época futura en la que la naturaleza ya no sabe cómo morder al hombre por sorpresa, porque el hombre ya es inmune al frío, y al sueño. Ni casi ya recuerda ese hombre la leve entidad que es un hombre. Y está escribiendo. Para hacerlo, golpea las piezas negras en cuyas caras existen letras, y sigue un ritmo enérgico, como si fuera un pianista, un pianista de las letras. Y lo que escribe lo está viendo en un cuadro, que lee su pensamiento, que descifra la música de las teclas, que baña de luz su cara, que materializa las ideas y les da forma de frases. Un hombre que escribe una historia de un hombre al que no le importa el griterío de la calle, ni el calor.

Y así me he descubierto hoy escribiendo lo de siempre: una historia que es, como todas, un ejercicio de afirmación solipsista.

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