Hoy mi sexto sentido ha descubierto el aura

Voy a puntualizar: he descubierto la frecuencia en que emite el aura. Es que soy técnico, a diferencia de las mujeres, cuyo sexto sentido funciona mejor pero no se entretienen en tecnicismos. Un gran paso para la ciencia, y lo he dado yo solito. Sin embargo, eso fue lo de menos. Comparado con el placer de los días anteriores, el descubrimiento en sí no es gran cosa. Incluso sería capaz de decir que el final del camino decepciona casi siempre. Porque el hallazgo se sabe término. Punto y final. Y nada como haber pasado días y días tras la tentación, en un orgasmo demorado, atizado a todas horas con ese impulso entre infantil y gamberro de disfrutar buscando.

Ahora que lo tengo, pienso que debería comunicarle al mundo que he encontrado algo provechoso para las sociedades futuras, algo que cambiará su forma de juzgar, y que será el comienzo del fin de la hipocresía. El aura nunca engaña. Bien. La primera sugerencia que me hace mi olfato científico se dirige hacia lo filantrópico. Me dice que debería editar mis hallazgos en la wikipedia, con una licencia Creative Commons, que es una práctica comprometida y con visos altermundistas. Pero soy hombre, y mi hemisferio capullo me recuerda lo que todo el mundo sabe: que cuando se aspira a la gloria mundi hay que empeñarse en los métodos tradicionales. Los capitalistas. Son los que acaban llevándote lejos de verdad. Me encamino en esa dirección: el primer nivel es duro, y consiste en dar barrigazos frente a la puerta de la incomprensión, con tozudez de verraco. Dale y dale, hasta que algo ocurra. Hasta que alguien abra y responda. Es preciso porfiar: por ahí el ego crece mejor, vamos, es el único lugar donde crece, y de paso se abre la perspectiva de que también crezca la cuenta corriente, un efecto colateral nada desdeñable. Uno luego empieza a dar conferencias, escribe columnas de opinión, y si tiene dotes telefílicas se puede plantear realizar un programa televisivo en la línea Punset.

La única pega de este camino es que se vuelve farragoso al mismo ritmo que tu nombre va ganando peso en los media. Los detractores se multiplican, los Únicos Poseedores del Conocimiento arrugan el piquito en señal de desaprobación por tu intromisión espuria, y de ahí la llama se extiende a pequeñas fogatas a tu alrededor que reclaman tu atención sofocativa. Y tú, que querías ser conocido como un experto en la visualización y transmisión del aura vía web, te vas convirtiendo en un bombero alocado que gasta su energía y su atención en las docenas de fogatitas que te rodean, y que parece que no, pero queman. Te llaman de emisoras de radios, de televisiones, te piden opiniones escritas para medios en papel y digitales, te proponen charlas on-line con el público lector, se te ofrecen tipos de toda pelambre como posibles candidatos a representante tuyo (y tú no opinas del tema, te quedas mudo porque ni se te había pasado por la cabeza que existiera una especie de origen neanderthal llamada representantes), webs de todo el orbe comentan y destripan tus afirmaciones. Facebook copia las entradas de Twitter que hablan de ti, y los twitters se alimentan de enlaces acortados que te mencionan, enlaces acortados que a su vez son enlaces acortados de otros enlaces acortados, y así hasta el infinito.

Y es así como uno acaba de entender por la vía más corta lo que era realmente la red 2.0: el Laberinto del que quizás ya no logres salir nunca. El Laberinto que será tu casa, para siempre.

Hice un alto ahí. Luego me interrogué a mí mismo, y pensé si merecía la pena este empeño, debatir, ensayar la réplica, recoger los guantes, tantos guantes, qué tristeza de guantes por todas partes. Y todo por defender tu hallazgo sobre el mecanismo del aura, y que sólo tu sexto sentido ha sabido apreciar, un hallazgo sobre el que empiezas a estar menos convencido, porque a raíz de tu descubrimiento resulta que ha aparecido una legión de Expertos en Aura titulados por universidades de Gambia y de Madagascar y del Sur de Amberes, gentes que ya sabían lo que tú has creído una novedad. Entonces, entre debate y debate, te empiezas a obsesionar por una cuestión de matices, y ahí llegas a sentir la pistola rozando la sien. Porque ya nadie habla de matices y tú te agotas explicando que tu hallazgo es un asunto de matices. Pero el mundo ha cambiado tanto a tus espaldas, y nadie te ha avisado de que ahora los matices son fascistas, son anécdotas de huevones, jerga que engulle la nueva era de la información porque no se adapta al nuevo protocolo de la urgencia. Ahora todo es urgencia, ya lo sabrán. Y los matices son reacios a dejarse protocolizar. Por mucho menos se piden dimisiones y se diseñan lápidas con las que finiquitar carreras inteligentes. Matices No. Por la abolición de los matices.

Al final me vi fatigado bajo una losa pesada de estupidez. Es el momento propicio para que te asalte la crisis: uno se plantea para qué se pone a descubrir. O para qué se empeña en crear. Y sobre todo se pregunta qué necesidad tenía de contarle a nadie lo que iba descubriendo o lo que iba creando. Se impone la nueva tarea de ejercitar el silencio en adelante. Y así por ese camino va uno practicando de día en día el arte de callar a tiempo, y a destiempo. Callar, porque sí, y a todas horas. Porque ya hay demasiado ruido y duele la cabeza sólo con lo que dicen los demás.

Uno entonces mira sus papeles sobre la mesa, sus gráficas de representación,  sus encontradas partes, su botella de albariño, en fin, y le dice al otro que mira en el espejo que para qué se va a meter a explicarle nada al mundo. Mejor se guarda el descubrimiento para otro día, más adelante, con mejores perspectivas. El futuro siempre está rebosante de mejores perspectivas. Incluso en un alarde de bizarría uno se deja asaltar otra vez por la Humildad, esa llaga ruinosa, que de repente no deja de insistirle con que a lo mejor el descubrimiento maravilloso sobre esa gilipollez del aura en realidad no es nada del otro jueves. Que me debe bastar y sobrar con haberme hecho feliz unos días a mí mismo y en silencio. Y la Humildad habla muy bien. Qué piquito, la Humildad. Ya ni le replico.

He pensado en guardar mis escritos. Hace buen tiempo en febrero para salir a perder el tiempo. Y en la calle hasta alguna gente te sonríe aunque no seas nadie.

Porque no eres nadie. Y eso es más llevadero, dónde va a parar.

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