Hoy he matado una hormiga gadafi

Ocurre en días de limpieza que aparecen detalles insólitos de tu propia casa. Yo he descubierto un hormiguero al fondo de un cajón, un cajón que en sí no era la casa de las hormigas, como se podrá deducir, pero que era como la entrada en mi espacio vital (e inconfesable) desde el hormiguero que se abría en la pared trasera. Una hormiga cabezona y vociferante comandaba a todas las de la fila, y a algunas las mordía en el cuello si no respondía inmediatamente a sus órdenes. He estado observando una hora larga ese sistema de imposición del orden.

Es gracioso que estas hormigas comandantes no tengan ninguna fábula propia, alguna historia apta para todos los públicos que se pueda contar a los niños desde pequeñitos para que entiendan lo que son los patriotas. Algo que complete la educación de las nuevas generaciones antes de que se entontezcan con las soflamas de los buenistas y todo su arsenal amordazante.

Para paliar esa falta, he querido yo protagonizar esta fábula liberando al resto de hormigas trabajadoras del incordio de tener que soportar los gritos y malos modos de su comandante. Luego las he visto marcharse de mi cajón con otro espíritu, mucho más aliviadas.

El mundo es hoy más feliz con una hormiga gadafi menos. Y ahora, vengan por mí si quieren.

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