Retrato sobre asfalto con ruido a lo lejos

“Sucesivamente fui alcohólico, misántropo y misógino, masoquista, ambiguo, excesivo, lacónico, huraño, neurótico, astuto y torvo. Fui un amante perverso de cientos de mujeres. Fui traidor de los que me auparon al éxito. Fui un intelectual de la nueva economía, y fui un inversor engolosinado con gadgets empresariales que acababan en fiasco. Tuve una vida de homosexualidad reprimida, y una infancia escabrosa que la explicaba. Tuve un affaire con la camorra napolitana. Tuve intención de matar a un adversario. Quemé todo un verano en una clínica suiza para superar una crisis depresiva. Intenté suicidarme en cuatro o cinco ocasiones. No hubo nada en mi leyenda escrita que no hubiese estado antes en la mente de Guillermo Establier. O en su cámara.

De todo lo que se publicó entonces sólo fue verdad una cosa: que ardí en deseos de matar a un hombre. A mi demonio, por supuesto. No me quedó más remedio, si es que quería cumplir mis deseos, que terminar convirtiéndome en su amigo.  Lo invité a la cafetería. Le juré que después de un arábica de Kenya la vida volvía a su estado primigenio, que era como renacer en el Edén, y que proseguiríamos la velada en uno de mis apartamentos, pero el café era impostergable. Le prometí una tarde entera posando para él. Accedió, pero  hizo oídos sordos a mi cursilada del café y pidió para acompañarse una copa de Bombay, sin hielo, no ofenda, le aclaró al camarero”.

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