Profecía de la muerte del Japón

Kanji de dolor

Ocurrió desde millones de años atrás, lo cual es una fecha imprecisa e inexacta. Porque el tiempo no mide la vida de los dioses. Los dioses discutían un día sí y otro también disputándose los territorios de su jurisdicción sin ponerse de acuerdo. El Dios de Abraham polemizaba con vehemencia por hacer valer su ascendiente sobre los kami, pero éstos eran muchos (un número indescifrable y oculto) y lo mareaban con argumentos traviesos, y a veces lo zaherían con puyas insolentes. Ocuparon su lenta existencia en estos debates (porque los dioses no pueden vivir si no sienten que su palabra es incontestable) hasta que un día oyeron que desde la tierra subía un llanto desgarrado que llegaba hasta los cielos. Luego oyeron dos explosiones como nunca antes habían oído (como no fuese antes de haber nacido ellos mismos). Después un silencio espantoso.

Y cuando quisieron mirar hacia abajo, en la tierra ya no había nadie que se pudiese poner en pie para adorarlos. Sólo una nube blanca que crecía sin mesura.

Y todo era como si el sol hubiese abortado, y ya no fuese posible esperar la mañana.

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Este relato ha aparecido recientemente en la antología Hiroshima, Truman (Eds. Irreverentes, 2011). Su sentido, hoy, resulta tan inmediato que estremece. Ayer era un cuento, y hoy parece una profecía.
La literatura anda en otras dimensiones. Las suyas.

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