Mecánicas de retorno

Puede que estemos diseñados mejor para abrir caminos, comenzar proyectos,  tomar la maleta y subir al tren. Somos capaces de hacerlo con el mejor de los ánimos. He empezado a entender a ese tipo de gente que hasta ahora me irritaba, la que responde al tipo de emprendedores-hacia-el-cero, que tanto abunda. Lo conocen sin duda, ese amigo que cada vez que encuentras tiene un plan nuevo por el que jura que va a dar la vida, hasta que llega el nuevo plan que deja al otro en vía muerta. Y así pasan la vida. Pero es que lo otro, hacer el camino, llegar al final, sentir la aniquilación en un microsegundo y luego tener que retornar a la rutina, a esa insípida forma de dejarse arrastrar, es un trago angustioso.
Alí era el chico que atendía la casa. Acudía enseguida al estertor de los habitantes de la casa al levantarse, en cuanto detectaba movimiento. Acudía a estar, simplemente. No echaba una mano, no ofrecía ideas. Acudía a no estar solo. A asegurarse de que al otro lado de su sonrisa hubiera un saludo, una evidencia de pequeña comprensión. Luego del desayuno me marchaba de la casa con mi gente, a hacer fotos y comprar las fruslerías de un turista que empezó el viaje con toda la animosidad, y el plan sobrecargado de trazos en el mapa. A la noche seguía ahí. Hasta que dejaba de oírnos. Y a la mañana siguiente, cuando todo volvía a comenzar de la misma forma, ahí estaba otra vez. Alí. El muchacho que no conocía el placer de comenzar proyectos.
Volví hace unos días. Volver es terrible. Acabar un proyecto es una faena para la que no estamos bien diseñados. En un solo día, cuando partimos, me tuve que despedir tres veces, en tres momentos diferentes, y en cada despedida volvía a sentir concentrada esa brevísima aniquilación que es renunciar a tu gente. Despedí amigos, despedí hermanos. No estoy bien diseñado para acabar proyectos. 
Alí nos dejó una carta escrita, y un montón de dinero (un montón de dinero, sí) dentro para dos chicas de nuestro grupo. Decía que no había podido comprarles nada como regalo. Alí es pobre. Tiene 20 años y solo trabaja seis meses al año. Malpagado.
Tampoco tiene proyectos. Vive solo en el lado desesperante donde acaban, cada vez que ha encontrado una cara amable que durante unos días le aseguró una pequeña comprensión.
Se enamoró con la candidez de los solitarios, y se lo dijo a una de las chicas. Le apuntó su teléfono, y le pidió que le llamara. Alí tampoco estaba preparado para los finales.
Pero sabía decir adiós sin romperse como su pequeño mundo feliz de dos semanas. 
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