El apéndice inútil

Ni para la familia. Ni en el amor. No sirve aunque nos empecinamos en usarla, tiene romos los filos, lo sabemos, pero seguimos empeñados en echar mano de ella. Tampoco sirve en el trabajo. Ni siquiera en un entretenimiento tan contingente como las conversaciones de barra de bar. Ni para las disculpas. La bofetada, el gesto airado, una bala son mucho más definitorias.
La lengua no sirve.
Después de treinta y pico años integrado en un mundo feliz de palabras esponjosas, ahora entiendo que ellas también eran aire, sobre todo. Que se ha tejido una obra deliciosa de declaraciones y organismos y derechos que dicen libertad, pero querían decirnos pobres imbéciles. Dame el voto, y piérdete. No te rebeles, o serás el enemigo.
Enseño lengua a diario, y no hago más que contribuir a que la Gran Mentira se asegure una larga vida. Esa es la cinta de Moebius en la que se desliza mi vida, y no sé romperla. Porque no hay nada que enseñar, no hay nada que creer. 
La lengua no sirve.
No sirve.


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