Next Level: Are you ready?



Los chicos jugaban. Los chicos amaban jugar todo el tiempo que tenían disponible. Las chicas también, pero las chicas se enredaban en cosas incomprensibles en las que nadie ganaba, como la comba o la goma. Los chicos amaban ganar. Llegar más lejos. Meter más goles.  Si no había perdedores no había fiesta en la que dar botes de alegría. 
Los chicos crecieron, pero el amor por el juego no los abandonó. Cambiaron de imagen, la testosterona repercutió en su aspecto; la afición por el juego seguía intacta. Desde la fase del espejo habían sido idénticos, con Lacan o con Hofstadter.  Con los años comprendieron que las coordenadas habían variado, el escenario, las herramientas. La esencia no. Había un salto simple entre el monopoly y estudiar Administración de Empresas. Entre echarle huevos a un partido de alevines y negociar una comisión en una concejalía cualquiera. Un recuerdo vago de su primera fase del espejo en cada negocio que implicara una deformación de la realidad (especular es lo que hace un espejo). Se hicieron tan maravillosos que ya no cabían en el tablero. Mierda de tablero, dijeron; hay que hacerlo más grande. Y hay que pensar en otras reglas. Reglas veloces, reglas S. XXI. Mejor que eso: hay que ampliar la visión. Ahora todo va a ser campo de juego. Lo llamaremos mercado. Chicos traviesos, pero listos. Cómo decirles que las cosas de comer no servían para jugar, ¿cómo hacerles esa Gran Faena?
Llegó la hora de cambiar de juego. A los estados les dijeron que tenían que quitarse de en medio, que no encajaba en sus reglas que los estados ejerciesen la cosa lúdica. Así se llevaron las compañías de teléfonos, las compañías eléctricas, las petroleras. Alguno dijo que los chicos no deberían meter baza en esos sectores estratégicos, pero ellos consiguieron desacreditarlo con suma facilidad. El juego era postmoderno, y el juego iba en serio. Al final decretaron: la mentalidad, todo estaba en la mentalidad. Y la mentalidad del pasado era un rescoldo de puritanismo sensiblero, eran remilgos inoculados por aquellos mismos que en los recreos de la infancia se habían acostumbrado a perder. Había una característica exclusiva de chicos jugadores llamada Mentalidad Empresarial. Y era lalecheenbote.   
Todavía recuerdo el día en que aparecieron los chicos en los institutos y universidades con un ISO 9002 debajo del brazo. Eran grandes. Eran jugadores, sí, pero visionarios como ninguna otra generación los había conocido. La Mentalidad Empresarial entró arrasando en los colegios y universidades, y luego llegó de forma natural a lugares inverosímiles como los hospitales. La gente se preguntaba: ¿Qué beneficio podía dar un hospital?  Pero eso eran detalles sin importancia para los chicos. Así llegaron a la gestión de las pensiones. Y llegaron al teatro. Y llegaron a la música. Y a las librerías. A las religiones. Y al sexo. La Mentalidad Empresarial lo tiñó todo del color de los chicos.


Desde hace un tiempo parece que los chicos están pidiendo el próximo nivel. Ahora todo se ha quedado en negro y no se oye más que un pitido continuo, como el de un cardiómetro que se para. 
No sé si los perdedores estaremos listos para el próximo nivel.


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