Crónica de la Feria de Valencia

La Feria del Libro de Valencia
Santiago García Tirado
Es malo estar de Feria del Libro en Valencia y no poder sustraerse a esa dimensión que es encontrarse en Valencia. No hay nada que objetarle a la Feria. Es un mundo de luz y de color, y lo puebla gente festiva, abundante. No hay uno, sino seis, siete espacios entre los que elegir cuando uno se cansa de mirar casetas. Por ejemplo, si uno se deja caer por la caseta de la organización, es posible que incluso pueda charlar un rato con Nacho Escolar, de lo que quiera y sin prisas. La gente pasa, y hay mucha, es cierto, pero pasa sin sobresaltos. Nacho Escolar está mano sobre mano. Tiene en el mostrador una novela, 31 noches, y veo que es obra suya. Acaba de lanzarse a la ficción con una negra nada menos. Hablamos de su paso por Público, y de su proyecto en ciernes, eldiario.es. Lo dejo y sigue sin aparecer nadie a tomarme el relevo. 
 
Un rato antes había estado igual el premio Alfaguara Luis Leante, y supongo que no ha sido muy diferente con los demás autores. A lo mejor esa imagen define bastante bien lo que es Valencia y me permite justificar por qué no consigo sacarme de la cabeza la dimensión Valencia, por qué me siento inseguro, tan vulnerable.
 
Las chicas X. Puede que alguna culpa la tengan las chicas X, pienso. Aparecen en cualquier parte y se llevan lo que sea, un apéndice de tu cuerpo, un pedazo de tu bocadillo. Un pedazo de siesta, tu riñón, si es que estaba en lista de espera. Son insaciables. Las chicas X de hecho pasaron por la Feria antes de ser instalada y se llevaron parte de las subvenciones. En los últimos 4 años, no menos de un 75 % de las subvenciones. Lo dijo la directora, Glòria Mañas, durante la presentación ante la prensa. Si se tiene en cuenta que las chicas X nunca han osado entrometerse en la vida valenciana en presencia de Papas, Calatravas, y afines, pero sí en los presupuestos de escuelas públicas, y hospitales, y centros de investigación, tal vez se entienda mejor lo que es la dimensión Valencia. Llevo dos horas visitando casetas y no me atrevo a ir al baño para no constatar que en mi ausencia libresca tal vez hayan privatizado el servicio. 
A primera hora del día he estado en un espacio habilitado como plató de TV entre las casetas. He encontrado tres o cuatro personas y me he sentado a escuchar. Con tan poca gente, Luis Leante me ha reconocido enseguida. A mi espalda el tráfico era fluido. Los perros se comportaban. Los niños estaban peor adiestrados, pero la convivencia era llevadera. He escuchado la entrevista. Luis Leante presentaba Cárceles imaginarias, una novela ambientada en la época de la colonia española en Filipinas. Pienso que es un tipo honesto al que nadie le ha regalado nada. Mientras otros se lamentan, Leante es un narrador de método, con horario de trabajo, fase de documentación, en fin, todo eso que otros más estridentes menosprecian por antiguo. Con Cárceles imaginarias llega a su tercera novela en Alfaguara, después de Mira si yo te querré (premio Alfaguara 2007) y Luna roja (2009). No es mediático, no se le ve cabildear entre camarillas. No deja de trabajar nunca. 
A unos metros del Espai plató se encuentra otro similar, pero sin cámara de vídeo, ni focos, ni mobiliario de jardín, que según el plano se denomina Espai micro. En el espai micro el micro funciona mal y yo empiezo a acordarme de las chicas X. Miro a todas partes y no las veo, pero ni así consigo calmarme. Hay prevista una mesa redonda con Mónica Oltra, Sergi Durà y Ana Noguera. Me siento a esperar. También hay promesa de que vendrá Carmen Alborch, pero al final no va a llegar . Tendrá hora en la pelu. En todo caso, soy comprensivo. Somos todos tan comprensivos y tan valencianos. En este caso se produce el efecto mímesis, y la gente se va sentando cuando ve que otros nos vamos sentando. Llegamos a un número de treinta por lo menos. La charla tiene como motivo la presentación de un libro en el que participan varios políticos y pensadores: Voces democratistas, un libro que reúne artículos en los que se indaga en el estado actual de la democracia española, y la valenciana en concreto. Se habla de las chicas X. Se habla de delincuentes travestidos en políticos. Se dice que la democracia está enferma, y entonces se me disparan las alarmas. Es mal momento para caer enfermo en esta comunidad. Me niego a aceptar ese diagnóstico. Lo que no dejo de hacer es mirar a todos lados por si en algún momento llega esa banda de salteadores vestidos de azul que suele aparecer en esta ciudad cuando a alguien se le identifica como enemigo. Pienso: estoy en una concentración en espacio público, he respondido a esta convocatoria en internet, me encuentro sentado en una silla en actitud pasiva: cumplo por tanto con todos los requisitos para ser llevado a Picassent en una lechera. Empiezo a sudar. Bueno, hace sol y me está dando de lleno en la cabeza, tal vez tenga también algo que ver.
Los rumores que apuntan a la llegada de Miss R.B. comienzan a propagarse con el sol bien alto. Es la hora de comer, y hay buena luz para las fotos, condiciones suficientes para que Miss R.B. haga una aparición pública. El aire lleva en suspensión esporas malignas y la gente comienza a estornudar. Yo me mantengo entero. Aventuro incluso que no va a venir Miss R.B. El día de la inauguración ya pasó por aquí y dijo cosas muy interesantes con las que quedó suficientemente retratada para la posteridad, y no creo que vuelva a intentarlo. Dijo algo en torno a la imaginación y los nuevos retos. De dinero no dijo nada. De emprendedores, tampoco. Los libreros son un segmento empresarial aún sin definir en el argumentario de Miss R.B. Qué verbazo, por Dios, el de Miss R.B.
Por la tarde, las propuestas en el recinto ferial se disparan. Hay tres, cuatro a la vez. Paso por delante del baño y sigo sin fiarme de ya esté privatizado, declino la sugerencia. En varias dependencias del Museu de Ciències se preparan mesas redondas, todas andan a vueltas con la política. Hay motivo, más allá de las chicas X. Elijo la sala donde actúan Rosa Mª Artal, Lluís Bassets y Nacho Escolar. Todo está muy animado, se esperan cosas. En el jardín un cisne me ha seguido con la vista y se me ha atravesado la idea de que esa noche el cisne va a cantar. Veremos. 
 
 
Nacho Escolar toma la palabra para hacer un repaso a lo que fue el movimiento del 15-M. Sus orígenes. Su evolución. El cortejo a que fue sometido. Habla de Valencia, donde aparecieron los vándalos del mono azul con aquello de la #primavera. Le da la réplica Rosa Mª Artal que se ha abonado a la sonrisa revolucionaria. Me la imagino de vuelta de una mani del 68, y me la imagino así como está hoy. Cree en el futuro, y yo me alegro de que crea tanto, y le pido que siga creyendo y que lo haga también por mí y por todos mis compañeros. Menos bullicioso se muestra Lluís Bassets que se dedica a hablar de la primavera árabe. Mucha primavera. Nos dicen los tres que algo está cambiando, lo dicen como un coro de Bob Dylan, y me provocan unas ganas incontenibles de cantar. Me están excitando con las feromonas de la fe en el futuro. Luego interviene el público, y la excitación crece hasta el punto de que consigo olvidarme de que esto es Valencia, y aquí no vale nada, ni siquiera la primavera, para exorcizarse del desespero. Vamos pisando terreno sólido. Sin embargo, alguien lanza la pregunta sobre cuál ha de ser el próximo paso. Alguien pide que entre tanto experto en el tema por fin se formule dónde y cómo habrá que actuar para detener la locura de esas gorgonas del neoliberalismo que son las chicas X. Pero nadie dice nada. Nadie sabe nada, esa es la realidad. Las chicas X saben todo y siguen arrasando, pero aquí nadie sabe nada. Le guiño un ojo a la Artal y le pido por lo que más quiera que siga creyendo, y que no deje de hacerlo por mí, y por todos mis compañeros. Todo esto me pasa por haberme metido en la sala donde se trataba de no ficción. En la de al lado está a punto de arrancar una performance poética. Es mi oportunidad de rociarme de literatura. I’m a fucking poet, se titula. 
La poesía no es antídoto. La poesía no cambia el mundo. La poesía no decepciona. 
 
 
El grupo Poetiks despliega un espectáculo variado, desopilante, insidioso. En la puerta alguien les ha preguntado que qué van a hacer allí dentro, y uno de ellos ha respondido que lo suyo es polipoesía. ¿Como Accidents Polipoètics? Sí, pero nosotros lo hacemos mucho mejor, ha dicho. A este le he pedido también que siga creyendo, y que también lo haga por mí. Aunque sea un poquito cada noche antes de acostarse.
En el exterior nada se ha inmutado en el tiempo en que he desaparecido, constato. La gente sigue pasando. Ajena. Hay un grupo que toca sobre un escenario poemas musicados. Hay más niños y bicicletas por todas partes. Y papás que berrean más que los niños. En las casetas se observa movimiento de gente que mira y hojea libros y a veces compra. Nada me anima a abandonar la intranquilidad. En el parque he vuelto a cobrar conciencia de mis coordenadas. Es 1 de mayo. Y esto es Valencia. Y nadie sabe lo que hay que hacer para acabar con esta deriva morbosa en que estamos bien encauzados. 
Los libros no nos salvan, pienso. No, al menos en ese sentido. 
Se me ocurre, sin embargo, que habría sido bello hacer un ejercicio de literatura en vivo a eso del mediodía. Aprovechando la incertidumbre de la hora, habría sido maravilloso si de repente alguien hubiera puesto fin a las inconcreciones de tanto debate programático. Pongamos por caso a Mónica Oltra, si se hubiese puesto en pie y hubiera dado la orden de seguirla al tiempo que se sacaba una teta al aire y se lanzaba a la masa con una bandera en ristre, la que fuese. Eso habría sido cotidianidad y habría sido literatura en un solo plazo, como ese momento fuera del tiempo en que vive una fábula. Me habrían faltado montañas de muertos para seguirla a donde dijese. De hecho tengo siempre listo mi sombrero de copa y un rifle para cuando las palabras ya no sirvan frente a las chicas X y alguien diga que por fin hay que marchar hacia delante. Si luego en una noche así canta el cisne o no, me la pela. Lo digo francamente.
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