Fin de año con Willy Uribe

Se trata de una opción, de acuerdo. El escritor debe o no debe jugarse la reputación incursionando en temas políticos. Cualquier cosa que diga podrá, llegado el momento, ser usada en contra de su canonización secularísima. Asumir opciones conlleva riesgos. Yo conozco a pocos capaces de asumir riesgos en el mundo literario, que se lancen tras una opción convencidos y sin reparar en posibles facturas ulteriores; uno de ellos es Willy Uribe. Se trata de una opción, de acuerdo, pero es una opción que le honra. El grueso de razones que se pueden aducir en su contra lo sabemos, y aburre: que una huelga de hambre no servirá, que esas bestias que ejercen el imperio seguirán con su involución de manera implacable, lo sabemos. No se trata más que de un gesto, algo minúsculo lindando con lo irrelevante, pero es que pocas veces ha sido tan necesario un gesto.
Desde esta página honramos el gesto minúsculo e irrelevante de Willy Uribe al declararse en huelga de hambre por un ciudadano, David Reboredo, a quien no le une lazo alguno, y a la vez tantos lazos. Estamos con Willy, como estuvimos antes cuando era tan solo el potente narrador que nos seducía con historias de seres irrelevantes a quienes agitaban fuerzas cósmicas. Y seguiremos estando si, llegado el caso, la polémica le guarda facturas ulteriores al autor, el pensador, el artista, con esa lógica turbia y tan nuestra de acabar demoliendo a quien rehusa ajustarse a patrones. Y la literatura los tiene, y bien rígidos.
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