Si lo dice Candeira, Todo irá bien

 

 

SANTIAGO GARCÍA TIRADO

Desde hace apenas un mes las mesas de nuestras librerías parecen alborotadas por una portada apoteósica que podría subtitularse El ataque de la gallina de 50 pies. Es una obra de John Brosio, extraña, como portada de un libro. Sobreescrito el título, Todo irá bien, multiplica su efecto irónico, y no hay duda de que eso era lo que buscaban el autor, Matías Candeira, y su editorial, Salto de Página. Soy muy de portadas, en todo. En los libros (esos artefactos artísticos tan renuentes a la audacia estética) también. Que la finalidad de una buena envoltura es la seducción es cosa evidente, pero hay también allí un valor semiótico que yo quiero reivindicar. Este libro es un ejemplo acabado de lo que digo. Texto y portada se conciben como un todo y aportan recíprocamente datos para guiar su interpretación.  Entre la gallina que amenaza con picotear a cada gusano transeúnte y cagarse en cada coche aparcado, y el título, existe una perfecta colusión para adelantar la clave del texto que es, claro, la ironía.

Diez relatos escritos bajo un influjo común conforman este volumen de literatura extraña que acaba de presentar Matías Candeira (Madrid, 1984) y editar Salto de Página. Se trata de un libro desconcertante por diversos motivos: por su temática, por su ingenio narrativo, por ese imaginario de tan poca prédica en nuestras letras, pruebas todas de que nos encontramos con un autor que atesora un mundo propio y original. Donde decimos desconcertante podríamos haber escrito raro, en línea con lo que Javier Calvo dice acerca del asunto en su Mapa de la Nueva Literatura Extraña en español. En efecto, el libro de Matías Candeira se inscribe en esa tercera vía o slipshare que toma elementos de la literatura de género sin descuidar una vocación exigente de gran literatura. La propuesta de Candeira son diez relatos que hablan de amor en sus diversas vertientes, de sueños deshechos, de frustración existencial, de esa incapacidad de redimirse con la que bregan los humanos; que habla, en fin, de aquello que se espera en el ámbito de una literatura de calidad. Los elementos de género (ese arsenal de recursos de fantasía que es común a los relatos de Matías Candeira y que con acierto se despliega en la obra), no deberían servir para desviar la atención del hecho de que cada relato hurga en los grandes temas universales, en los que el autor se lanza a indagar con la dignidad que se exige a un creador (sea lo que fuere lo que entendamos bajo ese término).

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Desconcertante es el diorama monstruoso sobre el que despliega el texto, y no menos desconcertante (o raro) es el ensamblaje de cada relato. Por cierto, tal vez sea en esa rara forma de ensamblaje  donde se halle uno de los grandes aciertos de la obra y, a la vez, uno de los factores que causan la dificultad de su lectura. Porque no voy a engañarlos: estamos hablando de un libro difícil. Cada relato es otro artefacto complicado, donde la línea temporal casi nunca es evidente y donde los personajes se van definiendo y emborronando siguiendo una lógica endemoniada no apta para lectores sobre-la-marcha. A esa dificultad se añade una experimentación continua en la sintaxis, con frases que rehuyen una línea de coherencia simple, lo que obliga a ejercitar la atención al máximo, so pena de quedarse en el limbo a mitad de página o reduciendo el sentido a un vistazo general y empobrecedor.

Los planteamientos son disímiles , si bien mantienen el nexo común de que todos circulan del lado oscuro de la existencia. Eso, añadido al hecho de que al fondo aparezca siempre un horizonte borroso, un paraje social en proceso de corrosión evidente, es una prueba más de que el libro ha nacido de un planteamiento único. Se trata, pues, de un libro-de-cuentos, y no un libro-con-cuentos, a la manera que distingue Rodrigo Fresán en su teoría de lo que debe ser la composición de un libro de relatos. Sin embargo insisto en que cada uno de esos relatos es de una originalidad meridiana. De “Gólgota” parece a todo el mundo llamarle excesivamente la atención la anécdota de las incisiones sangrantes que la familia se practica, pero hay un tema más inquietante oculto tras ese motivo de impacto: la idea de dolor ha desaparecido del mundo, y el secreto que comparte esa familia que se practica tajos escandalosos es, bajo esa óptica, el regreso a su humanidad. Un gesto compartido de puertas adentro que puede entenderse como un modo de salvación. La familia es, como sabremos después, miembro de una secta subversiva que se hace llamar “los vivos”. En “No se lo enseñes a nadie” hay de nuevo una familia, con fondo de otra familia que fue borrada del mapa en un accidente de coche. Sobre la presente dos amenazas se ciernen con peligro: la enfermedad que acecha al hijo, y la frigidez de la esposa. El narrador protagonista ensaya métodos desquiciados para protegerse de una y otra (y del recuerdo, a veces): dibuja un retrato de su hijo en posición de muerte; se masturba junto a su mujer, o le prende fuego a sus tarjetas en una serie de turbulencias privadas que parecen movidas por el miedo a que todo ese espacio de seguridad vuelva a saltar por los aires como ya ocurrió con su familia, a la que perdió en el accidente. “Destrucción” es un título obvio: otra vez un mundo que se descompone y una pareja que sobrevive a duras penas en la inundación final que, como un nuevo castigo cósmico, cae sobre la raza humana. Un segundo título de extracción religiosa es “Purgatorio”, y otra vez en ese relato reaparece el mundo familiar amenazado en su seguridad, esta vez por unas piscinas futuristas que acaban siendo la trampa mortal de esos niños a quienes el protagonista tendrá que ir salvando. Lo terrible es que no lo hace sin perjuicio: un agujero en su abdomen crece y crece minando su propia vida, en una clara referencia hacia su misión salvífica.

Junto a estos que acabamos de mencionar y en cuya temática hallamos un claro interés en lo sublime, un puñado de relatos parece haber desconcertado a cierto tipo de lector por su apariencia frívola: se trata de “Babette”, “Los que vuelven” y “En la antesala”. Probablemente el desconcierto surja de su intención irónica, o abiertamente humorística, dentro de un libro de relatos que tal vez alguien ha querido limitar a la categoría de terroríficos. Parece que el malrollismo de los relatos más sobresalientes deba imponer idéntica tensión al resto, de lo contrario cualquier reseñista se verá tentado a declararlos fallidos. Esa actitud me parece injusta. Podría decir que también torpe. Un libro de relatos es sus claves semióticas de conjunto, pero en no menor medida, la peculiaridad de sus relatos, de cada uno como obra en sí. Lo que parece que escandaliza a ese tipo de críticos y lectores de ideas preestablecidas es precisamente la variedad de tono, y entiendo que es esa variedad la que pretenden descalificar. Digo que es una actitud injusta y torpe, como lo es también la de ciertos lectores que en Kafka (pongamos un ejemplo somero de malrollismo) están negados para ver su predilección por las situaciones humorísticas, y no solamente existencialistas, cuando sabemos por el testimonio de Max Brod que esas situaciones inesperadas y cómicas eran fuente de placer para Kafka cuando leía sus relatos y novelas delante de sus amigos.

Y hablando de placer, quédense ante todo con ese modo de narrar marca de la casa que depara momentos de este jaez:

“La próxima semana, en una hora caliente, ellas servirán los platos en un salón sin amueblar. Una bombilla con forma de víscera colgará sobre nosotros y quizás oiremos el viento allí, en la oscuridad, moviendo los huesos del jardín”.

Porque en todo momento lo que distingue a la narrativa que hallamos aquí es un estilo de raíz romántica, a tramos untuoso, pero siempre a la búsqueda de una imagen perturbadora y original. El resultado es feliz, seductor, y casa bien con la idea que ya apuntábamos en el sentido de que lo que busca el autor no es el mero entretenimiento sino la creación de una obra literaria exigente.

Sirva todo lo anterior para presentar ante ustedes Todo irá bien, la nueva obra de Matías Candeira. Adminístrese en pequeñas dosis. Manténgase alejado de lectores anémicos. Tienen en sus manos diez unidades de literatura altamente vitaminada. Muy recomendable.

TODO IRÁ BIEN

Matías Candeira

SALTO DE PÁGINA

14,50 € – 160 págs.

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