“LIBRERÍAS” DE JORGE CARRIÓN

Publicado en Periódico Irreverentes

2013-10-06 10.47.51

Con Librerías, obra finalista del Anagrama de Ensayo 2013, Jorge Carrión emprende viaje a esos establecimientos de los que tantos en los últimos tiempos auguran su extinción. No parece, a tenor de lo que se observa en el libro, que esa sea la opinión del autor, cuyo viaje en el espacio y en el tiempo parece haberlo pertrechado de razones para seguir confiando en la buena salud de las Librerías.

A la cultura española se la ha uncido siempre con malas consejeras. Malos ministros. Doñacuaresmas diversas de gesto adusto y mirada displicente. Ídolos del formalismo y lo académico. Rigor, pero no el que ordena el trabajo de los artistas, sino el otro, el que es síntoma inequívoco de muerte. Con estos antecedentes y puestos a hacer un enfoque sobre la endeble situación del libro en nuestra tesitura actual, habríamos entendido la  llegada de una obra que tuviera como objeto de estudio la biblioteca. Acaso ahí encontraríamos datos de juicio para revisar su función a lo largo de la historia, su cometido como custodia del saber o como tranquilo mausoleo de autores que, tal vez siendo glorificados en vida, no lograron seducir lectores más allá de su muerte.

De modo que lo que nos sorprende y, por descontado, seduce es que Jorge Carrión se haya decidido a escribir la historia de las Librerías, esas hermanas venales de las bibliotecas (siempre en el bando de lo institucional). Es una muestra más de la lucidez con que Jorge Carrión dialoga con la literatura española y la del resto de las tradiciones, lo que le permite mantener la mirada sobre el hecho literario por encima de compromisos y de exigencias de pasaje. En el asunto concreto de las librerías su análisis se revela certero: mientras la literatura va lentamente varando sus restos ante el abandono del oficialismo (la crisis, esa patente para todo), donde se mantiene viva es en estos comercios que han sido históricamente parte de nuestro paisaje urbano. Es en ellas donde se han dado a conocer autores a los que la cultura oficialista les negaba el reconocimiento, ellas son las que han ejercido de motor intelectual en lugares donde los poderes públicos mostraban desgana, en ellas se ha debatido siempre y se debate, en ellas se dictamina y, en fin, se va forjando al hilo de los días lo que más tarde el oficialismo acabará aceptando como canon literario.

De todos estos asuntos se ocupa Libreríasy lo hace de forma tan amena como rigurosa; no se dejen espantar por la anorexia del título. Librerías es mucho más que una mera visita turística a lugares emblemáticos de la distribución de libros, aunque también algo de eso habrá. Lo que van a encontrar, si miran bien al fondo de cada mostrador, de cada escaparate, al final de una escalera de caracol que les baja a un sótano inundado de volúmenes, o les sube a un altillo habitado por escritores en ciernes es siempre un nuevo jirón de historia de la Literatura, un cuadro menor tal vez, marginal, pero siempre suculento. Encontrarán retazos de la vida de autores que, como Bolaño, experimentaron la vida entre libros, y no menos el sexo, incluso la cleptomanía en esos comercios ocupados por montañas de papel y pródigos en recovecos. E historias de libreros, marchantes de cosas ilusorias que pudiendo invertir en bienes más rentables se dieron en cuerpo y alma al negocio de la literatura. Algunos lo hicieron bajo la amenaza de ideologías hostiles militando contra el terror, contra la estulticia armada (a ellos les dedica Librerías el capítulo 5, todo un ensayo en sí); otros (cap. 4) por placer: el de poder contar entre sus clientes a los mismos escritores que les habían deparado tantas horas de felicidad. Hay mucho de crónica, y de geografía y de historia en LibreríasMucho también de romanticismo, tal vez más del que el propio autor previó liberar cuando comenzaba a redactar esas páginas. Los últimos capítulos (13 y 14) sobre las librerías cercanas, las del barrio, son un ejemplo perfecto de esto que les digo.

No lo dejen pasar. Ciudades grandes o pequeñas, ciudades extremas, pueblos rudos, locales acosados por la especulación y la crisis conforman el horizonte de otras tantas librerías que son ya estaciones necesarias en una ruta por el comercio librero: Shakespeare & Co. y La Maison des Livres en París, City Light, en S. Francisco, Librairie des Colonnes en Tánger, Laie en Barcelona. Cada una de ellas ha sido la obra de uno o varios libreros, en muchos casos libreras (otro perfil muy bien dibujado en el libro), todos en alguna medida intelectuales de calle que decidieron poner su creatividad y su dinero al servicio de la obra de otros. Uno termina de leer estas páginas y acaba llegando a la conclusión, fascinado, de que un mismo circuito sanguíneo las recorre todas sin entender de épocas ni fronteras; que la vida de los libros ha dependido de estos precarios lugares azotados por la incomprensión, o la incuria, o los vaivenes del mercado. Aquí, y no en las bibliotecas con todo su empingorotamiento, se renueva de día en día, y se inocula en los bolsillos, y corre con vida propia la Literatura.

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