Platicando largo con Antonio Ortuño

ANTONIO ORTUÑO

Ortuño-Graffiti

Una radiografía al paso de “La Bestia”

Santiago García Tirado

“La fila india”, la nueva y esperada novela de Antonio Ortuño, apareció en México apenas unos días antes de la FIL y acabó siendo uno de los libros más sonados del evento. Concedamos que jugaba en campo propio (Ortuño es “tapatío”, de madre española y padre mexicano), y que basta hacer un repaso de sus obras anteriores para entender la expectación que precedía a esta nueva entrega. Pero la obra en sí se basta para justificar ese éxito: “La fila india” aúna tensión y buena narrativa al recrear el mundo vertiginoso de la migra centroamericana a lomos de ese tren conocido como “La Bestia”. Ortuño, así, nos regala otra razón de peso para seguir afirmando que estamos ante uno de los nombres mayúsculos en la nueva narrativa mexicana. 

En “La fila india” encontramos el relato de unos hechos que muy bien podrían ser la crónica real de un periódico de cualquier ciudad por donde cruza “La bestia”. La protagonista, Irma la Negra, es la asistente social que asume nuevo destino en Sta. Rita, precisamente en sustitución de otra que acaba de ser asesinada. Su puesto de trabajo se halla en un despacho de la CONAMI (la Comisión Nacional de la Migración), pero, con tales antecedentes, sobra decir que no va a disfrutar de una estancia muelle en la ciudad. “¿Su viaje es de placer?”, se abre el primer diálogo del texto. “No”, responde Irma. Fin del diálogo.

Hay en la obra una voluntad de denuncia evidente, una intención que la coloca cercana a la crónica periodística, y que sin embargo no opaca su calidad literaria. El trazado base del relato, donde se plantean las líneas de fuerza que irán cruzándose en la narración, refleja una inteligencia narrativa excepcional. Luego vendrá el desarrollo, la creación de la atmósfera adecuada, el diseño de unos personajes que provocarán la fermentación de la trama hasta alcanzar su punto; en todo ello Ortuño confirma lo que ya habíamos visto en obras anteriores: que el suyo es un oficio de narrador bien entrenado, y no solo dotado. Sin embargo uno no deja de ver en esta historia de corte social esa otra condición de Antonio Ortuño, la de periodista, que parece haberse cruzado en el empeño. ¿Será esta novela reflejo de esos nuevos bríos que toma la crónica periodística en el México actual?

“No lo sé y quizá no ―responde―. Es decir, he sido periodista durante tres lustros y siempre he escrito con un pie en una visión periodística. Pero también he sido un poco un escritor camuflado en el periodismo. Respeto mucho a gente comoDiego Osorno pero lo que hago va en otro sentido. Me parece que la mezcla de letras y periodismo puede provocar horrores pero también ha provocado a Otto Dix o Karl Krauss (y aRodolfo Walsh, Arlt, Ibargüengoitia). Y en esta segunda lista, así sea en un rincón oscuro, quisiera contarme”.

Ortuño-La Bestia

Narración y “nueva crónica” mexicana

Nos encontramos conversando vía internet, y reducimos nuestro contacto al puro lenguaje. No cuento con el concurso de la semiótica para analizar poses, el tono de su voz, su coquetería intelectual. Aun así noto en él, ya desde los primeros compases, una voluntad de afirmación como escritor y nada más que escritor. Le comento algo acerca de la larga tradición de autores mexicanos que contaminaron sus obras de una cierta denuncia de hechos de su tiempo y me responde que así es, que siempre ha habido en la tradición mexicana esa vertiente cronística del relato a lo largo del s. XX. Yo hablo de Mariano Azuela, que publicó en prensa sus “Cuadros de la Revolución” antes de que fuesen recogidos como novela en “Los de abajo”. Él me habla de un autor que no conozco, Martín Luis Guzmán, “que era un genio”, muy crítico con la Revolución y que tuvo que exiliarse a España, donde publicó varias de sus obras. Tomo nota, me extraño de que aquí no sea conocido, pero guardo silencio y juro investigarlo. Desde el otro lado, Ortuño sigue a lo suyo,  hablando de autores que denunciaron su sociedad por medio de su literatura: “Lo hizo, de algún modo Rulfo,totalmente Revueltas y hasta el equívoco Salazar Mallén, lo hizo Ibargüengoitia o Leñero. Y ahora mismo Yuri Herrera o Carlos Velázquez o Emilano Monge oFernanda Melchor. Ahora bien, uno no viene solo de la tradición de su país. A mí me ha influido más Fogwill queRulfo”. De modo que también hay una voluntad de afirmación en esa línea identitaria, la del que se niega a que lo encierren en la casilla localista, la del que conoce otras literaturas y con ellas se reserva el derecho a dialogar. Eso también lo anoto.

Avanzada la novela, irrumpe en la trama un periodista, Joel Luna, al que se le ha encomendado una investigación de los turbios acontecimientos que han tenido lugar en Sta. Rita. En esa ciudad ficticia, hito en el viaje de “La Bestia”, un grupo de migrantes ilegales pasa la noche en un albergue estatal, cuando se produce un ataque que acaba en incendio y no pocos de ellos mueren. Joel Luna juega un papel catalizador en varias líneas de fuerza: una tiene que ver con el bloqueo emocional de Irma,y otra, con el propio desvelamiento de la trama antimigrantes. Pienso que en algún grado ese tipo está ahí como un homenaje al oficio de periodista, y voy más allá al suponer que en Joel Lunase agazapa el periodista Ortuño, aunque no me atrevo a formularlo así delante del autor.

Cambio de tema, hacemos apreciaciones intrascendentes, hasta que por fin me lanzo y le pongo delante mi sospecha: Joel Lunaeres tú. Se ríe (me teclea una serie onomatopéyica como una dentadura bien blanca). Dice: “Espero que no. Joel es un tipo decente pero que no deja de estar presionado por la necesidad de dar la campanada y de ser exitoso más allá de los alcances de sus investigaciones. Y por otro lado es extraordinariamente torpe para acercarse a Irma”. En los segundos que tarda en llegar el siguiente mensaje mi cabeza vuela malignamente y me imagino al propio Ortuño en acción como periodista. Está insinuando que se considera más audaz, y no sé si más avieso que su personaje, e incluso formulo imágenes de un Ortuñoseguro y seductor con su fila de dientes onomatopéyicos asomando bajo una sonrisa canalla. Él me ignora, a todo esto, y sigue ejerciendo con solvencia su oficio de escritor. Lo compruebo en el mensaje subsecuente. Ahora marca la distancia con su criatura, y delinea qué función le ha atribuido en la novela: “Traté de poner en perspectiva un discurso muy arraigado acá sobre la heroicidad periodística empleando un personaje de tres dimensiones, que viera la corrupción pero también mirara por sus propios intereses”.

Joel Luna es secundario, pero un secundario de excepción, uno de esos tipos al que los americanos en el cine llamarían actores de carácter. Su presencia contribuye a matizar actitudes de otros, para los que Ortuño no admite un corte maniqueo, una definición terca que los agrupe tan solo en buenos o malos.

Ortuño-Serpiente

A la literatura la tientan tantas causas

Lo que parece fuera de toda discusión es la implicación política de este relato, en el que detona una carga potente de denuncia frente a esa lacra social que supone la migra de centroamericanos. La novela no se detiene ante ninguna puerta, e indaga por igual en casas de vecinos o en despachos de la administración, entre bandas mafiosas o en corrillos de bares. Ahora bien, política y literatura suelen ser mala pareja de baile cuando el escritor confunde su misión, aunque no es ese el caso de Ortuño. Sin embargo malicio si con esta novela arranca una veta nueva de agitación política, y así le lanzo la pregunta. Unos segundos después, responde: “La mirada hacia la política ha estado siempre allí. Mi primera novela, “El buscador de cabezas”, tiene que ver con la instalación de un fascismo a la mexicana (vio la luz en 2006 y luego muchos se han referido a ella como profética) [tabletea de nuevo la onomatopeya]. Lo mismo, en muchos cuentos de “La Señora Rojo”, que ya es de 2010. Así que no es tanto un giro temático como quizá estético: uso ahora un lenguaje que echa mano de lo libresco tanto como de lo coloquial. Al principio era quizá demasiado deudor de mis lecturas de traducciones”.

Lo consigue otra vez: de un solo regate me obliga a girar la cabeza en otra dirección, la que él quiere recorrer. Es hábil, esteOrtuño. Recuerdo (pero no expreso nada) que buena parte de la originalidad que se le adjudica a Bécquer se debe a eso precisamente, a que su verso imitaba la cadencia de las traducciones de autores alemanes que habían hecho circular los libreros de su época. Recuerdo que Ricardo Piglia le imputa una tara a la prosa de Roberto Arlt como consecuencia de haber leído a los extranjeros en traducción, mientras otros, conBorges a la cabeza, leían la literatura foránea en su lengua original. En el fondo opino, como Ortuño (pero no expreso nada), que Roberto Arlt es un innovador, que sus obras son también una puerta a nuevos modos expresivos, aunque tantos argentinos se empeñen en relegarlo al papel de los segundones.

Vuelvo a leer el mensaje para no perderme en divagaciones. Ah, ya, el giro estético. Reviso mis notas, hojeo el libro por enésima vez. En efecto, el libro puede compartir una cierta técnica común con la crónica, pero le sobran prendas en el plano estético que lo definen como artefacto literario: la variedad de registros, sin ir más lejos. La obra aparece atravesada de una infinidad de registros que incluyen lo coloquial del centro y sur mexicano, los burdos malabarismos de los locutores de radio con toda su carga de mal gusto, la expresión redundante y huera de las notas de prensa oficiales, y, a destacar, los giros audaces del propio narrador: “Me salaba la boca el ustedes”; “El agua caliente me recibió sin quejas”; “El café pululaba de raza burócrata”. Ahí nomás queda eso.

La conversación se adensa, y creo que voy necesitando algo, una bofetada, un té. Un té, mejor. Me levanto y preparo uno al estilo americano, con leche, que me tomaré sin ofrecerle, y recurriendo a la imaginación para observar que no hay entre Ortuño y yo más que una mesa, que sigue sentado al otro lado y tampoco ha sido muy cortés, y ni me ha dado a oler su pozole. Y yo adoro el pozole.

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La coartada políticamente correcta

Vuelvo al teclado. Apago la imagen del refrigerio, y repaso notas. Me asalta de nuevo una duda que surgió durante la lectura. Me pregunto si esta novela disfrazada de crónica podría haber nacido como transcripción de un hecho real. En sí el detalle es irrelevante frente a la condición literaria de la obra, pero me dejo llevar de la curiosidad, y tecleo la pregunta. Me contesta: “Más que un parte de hechos, es decir, una denuncia en forma, se trata de mirar hacia lo que hacen y piensan los mexicanos sobre el paso de centroamericanos por el país y el absoluto salvajismo con el que los tratamos o, dado el caso, los ignoramos. Me parece que un texto literario no funciona como una carta abierta en el diario. Debe tener otros alcances. Ahora bien, también puede servir para ampliar y profundizar la discusión y para darle visibilidad a un tema que fuera de un círculo de periodistas y organizaciones civiles en México es totalmente pasado por alto”.

Lo que dice Ortuño define más que bien uno de los planos de la novela, el que aparece bajo el epígrafe reiterado de “Biempensantes”: narrado en primera persona, el que habla allí es el exmarido de Irma, que a cientos de kilómetros de allí y en un tiempo simultáneo va a vivir otra historia, la que Ortuñoutiliza para dar cauce a la opinión de un mexicano medio modelo, con formación académica para más señas, y un cierto estatus económico. “La contraposición de ambos planos narrativos ―añade― trata de dar cuenta de dos caras de la relación de los mexicanos con el asunto. Mientras en Santa Rita se persigue y extermina a los centroamericanos, en la ciudad del Biempensante, a cientos de kilómetros, se les ignora y aparta del camino y se les desprecia. Y ambas reacciones son parte de lo mismo. México es un país que se victimiza siempre ―ante Europa, ante Estados Unidos― y que no se reconoce como verdugo”.

De modo que la violencia hacia el migrante tiene su coartada en la propia opinión pública, atrincherada detrás de todo un argumentario incontestable en apariencia. Nada, por otra parte, que sea privativo de un país emergente como México; en Europa nos sobran ejemplos similares en países reputados como cultos. Es cierto que esta misma semana he encontrado una nota de prensa (y ahora vuelvo a mi plano real) en la que se hablaba de una organización social contra los migrantes recién fundada en una localidad del centro mexicano, pero es una más de las noticias que leo y se mezclan en mi archivo con otras de igual cariz en Suiza, en Gran Bretaña, en Bélgica, como un continuumque luego no soy capaz de seccionar en mi memoria, y acabo confundiendo.

La burocracia: una clase al alza

Con el obturador muy abierto sobre los protagonistas, queda poca profundidad de campo para observarlos, pero ahí están, difuminados, otros personajes que dan cuerpo a motivos muy diversos y, bajo ningún concepto, menores. De hecho, gracias a ellos nos encontramos en “La fila india” con temas reconocibles en cualquier otra latitud, sean la corrupción urbanística, el salvajismo machista, el imperio de lo kitsch, etc. Entre ellos, uno adquiere especial relevancia en el texto, y es el mismo que se esconde bajo el título de la novela: la burocracia. Véase: la burocracia como brazo tonto y necesario de la corrupción. A eso parecen haberse encogido las democracias occidentales, a estructuras “legales” de cobertura a una serie de intereses que nada tienen que ver con el ciudadano. El ciudadano vota, el ciudadano sostiene el sistema económicamente, pero cada vez incide menos en la toma de decisiones. ¿Es el ser humano víctima o parte? ¿Está condenado a un círculo endemoniado de burócratas infinitos en los siglos venideros de su involución como especie? La pregunta se la dirijo a Ortuño, y añado: ¿Nos queda pendiente una revolución, o solo nos queda constatar en novelas que no hay nada que hacer con este mamífero brutal?

“Hay mucho que hacer. Para empezar, tundirle a esos discursos vacíos e hipócritas del poder. Las letras sirven para eso. Pero el poder no son sólo los políticos y los burócratas sino nuestras propias inercias y la bestial cultura del desprecio que alimentamos. Espero que haya mucho que hacer. Principalmente más allá de la literatura, pero también en la literatura”. No está mal para alguien que ha trazado nítida la línea entre arte y compromiso.

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Antes de matarlos, hablamos de padres

No soy de los que piensan que ante una obra, cual sea, siempre es posible encontrar deudas con autores anteriores. Esa vertiente de la crítica más bien me resulta enojosa y, la mayor parte de las veces, decepcionante. Por eso no le pido a Ortuño que señale puntos de partida, ni que cite deudas con autores del pasado. Doy por sentado que pugna con sus padres como hacemos todos y, si es que no lo ha hecho ya, en algún momento matará a los suyos. Me puede la curiosidad, eso sí, y le pregunto solo por sus referentes. Comienza, muy coherente, hablando de los clásicos y trae a colación otra vez que su madre es española. Ya se sabe, la tradición grecolatina viene en el ADN, y se manifiesta en esa lengua oriunda de Italia que pasa de madres a hijos en la leche materna. Me habla también de los realistas rusos, y de otros más próximos, como Céline, Bulgákov, Evelyn Waugh, Rubem Fonseca, Fogwill. Y de Borges (aunque Borges ya hace tiempo que es un axioma). Entonces vuelve atrás y menciona que pasó un año entero con Shakespeare, y acota: “Prefiero releer a los clásicos que aturdirme con posmodernos, a decir verdad”.

¿Y los gringos?, me pregunto. Como mexicano debe tener más urgencias que otros a la hora de hablar de gringos, pero no parece dispuesto a descubrirse. Me parece curioso, y pienso en la actitud de los españoles hacia los vecinos franceses. Y pienso en la de los franceses hacia los españoles. Y pienso en la más sintomática, en la de los españoles con los portugueses, esa relación difícil de vecinos que nos observamos por encima de la cerca con una mezcla de fascinación y superioridad. Al final propongo el tema de los estadounidenses, y espero que teclee algo interesante con lo que poder epatar entre los groupies de aquí. El correo va lento. Parece que al otro lado escribe, pero súbitamente la pantalla se borra. Mi té (americano) se queda frío, y no llega la respuesta. Por fin entra un nuevo mensaje, aunque parece seguir un método preventivo: cita a Poe, Twain, Whitman, Melville, Fitzgerald, Hemingway. Y quién no, opino. Son posiciones ineludibles en el mapa. Añade también aNathanael West, a Salinger… Dice que “no hay modo de negar o tapar eso”.

Sigo leyendo y, bueno, parece que llega a los actuales: Roth, Bellow, McCarthy, Doctorow, Ishmael Reed, “que son impresionantes”, pero raja al final: “Soy menos entusiasta de los gringos recientes” (OMG!, ¿a cuánta gente quiere decepcionar? Callo). “De adolescente me gustaba Bret Easton Ellis, que es bastante olvidable”. Transmito literalmente (esta parte no la he tecleado siquiera, la he copiado con euforia. Sigue). “He leído cosas de Michael Chabon o de Gary Shteyngart que me parecen bien. O de Safran Foer. Pero no es lo que más me entusiasma en el mundo. Me parece que leer autores por moda es un poco grotesco. Y siempre desconfío de quienes se enamoran de autores vivos, sin haber leído a los muertos”.

En vista de la decepción que esta parte puede dejar en más de unaftercrítico, me privo de insistir. Acaso ya mató al padre verdadero, y ni siquiera aparezca entre la maraña de nombres que hasta ahora ha ido desliando.

Otra vez la crónica

Voy a despedirme de esa forma extraña que impone la Red, y sé que es un adiós que no tiene nada en común con el que implicaba una carta en papel, y ni siquiera con ese otro que erróneamente nos parecía tan vívido del adiós telefónico. AOrtuño se le puede seguir a diario en las redes sociales, y casi hacerse la ilusión de que continúa con su conversación en la distancia, como en un gesto que nunca empieza y nunca acaba. Y en fin, tendré que despedirme, toda vez que la costumbre parece imponerse. Creo que no he dejado en el camino ningún tema que yo considere relevante. Nos cruzamos mensajes cortos en los que hablamos de gratitud, hablamos de un “hasta pronto”.Hablamos de críticos y acordamos dejarlos caer en el olvido, que es el destino que nos espera a los hombres, a todos los hombres. Como la loca mujer de Lot, entonces vuelvo hacia atrás y me quedo mirando el tema de la nueva crónica, que me interesa mucho.

No veo cómo cerrar esta entrevista sin preguntarle por la Red de periodistas de a pie, un proyecto aguerrido, inmenso, con el que un grupo amplio de periodistas ha querido plantar cara a la indiferencia, a la amenaza, a toda esa cuadrilla de enemigos de la información que ha convertido a los periodistas en pequeños héroes de un mundo necesitado de referencias. Y de información, claro. Y de análisis. En la respuesta de Ortuño hay algo de despedida cálida, y allí se cuela libremente el periodista que habita en él (parece ya sentirse off the record): “Toda mi esperanza en el tema está puesta en la posibilidad de hacer periodismo en los agujeros que deja el modelo reinante, que sustituye al periodista por el ‘trabajador de medios’, y en las opciones que puedan aparecer. Pero, a fin de cuentas, la Red en sí, las redes sociales, las nuevas plataformas, sólo son vehículos. El periodismo lo hacen personas, lo hace la gente, es lo que pasa en el cruce entre lo que el periodista informa y la gente recibe y opina. Y allí, y no en los ‘”contenidos de nicho’, va a seguir la utilidad del periodismo”.

“La fila india” no debe tardar en llegar a este lado del Atlántico. De esta entrevista se desprenden razones suficientes en apoyo de esa urgencia, pero la principal es esta: Ortuño es ya un nombre imprescindible en nuestras letras. Editores: hagan el resto.

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