Auténticas entrevistas desde el interior: Javier Tomeo

JAVIER TOMEO, POR SUS HIJOS PÓSTUMOS

Tomeo & Tomeo

Dos títulos póstumos de Javier Tomeo se merecen una última entrevista con su autor. Y la conseguí.

 Fotografía de Páginas de Espuma / Fotomontajes de S. García Tirado y Milo Krmpotic’

No hemos querido resignarnos. No es nuestro estilo. Javier Tomeo se nos fue sin avisar, dejándonos una conversación pendiente en torno a sus obras póstumas, “El hombre bicolor” (Anagrama) y “El fin de los dinosaurios” (Páginas de Espuma) y eso no podíamos asumirlo. Tras evaluar distintas posibilidades y contactados diversos candidatos, hemos logrado la colaboración de un protagonista excepcional: nada menos que Hermógenes W., protagonista único de su última novela, quien con mucho esfuerzo y dedicación logró mantener con el autor esta conversación que ahora publicamos en exclusiva.

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Que se ha marchado, me dice su agente. Se ha marchado a dónde, pregunto. No sabe, su agente dice que no sabe y en un quiebro inesperado me devuelve la pregunta a mí. A mí. Ella. Yo me limito a exagerar mi habitual perplejidad, procedo a un autocacheo instintivo, me echo hacia atrás. Creo que sospecha de mí como una posible coartada de Tomeo, porque ella (que es californiana y por tanto tiene madera de sheriff) también está desconcertada desde su desaparición. No me mire, por supuesto que no sé dónde puede estar, digo tajante, y hago con la frase el equivalente a un molinete torero. Sobre la mesa observo una pila de libros. Coronándola destacan los dos últimos de Tomeo: “El fin de los dinosaurios” “El hombre bicolor”. Pero, ahora que lo miro, ¿usted no será…? ―me dice la agente―. No, qué va, yo a usted no la he visto nunca y no tiene por qué conocerme a mí, afirmo y me doy la vuelta con ganas de zafarme en el acto. Creo que he estado muy ingenuo al mirarla de frente y al final ha notado que mi ojo derecho es celeste y el izquierdo, esmeralda. Esos detalles delatan. Le dejo una tarjeta de la Delegación Periférica de Hacienda del Estado, y salgo de allí por piernas. Oiga, oiga ―me insiste―, si lo ve…  No estoy ahora para echar una mano a agentes literarias. Yo no me ablando, pese a que me persigue la brisa que levantan sus pestañazas. ¡Oiga, oiga! Nada, yo, a lo mío, y ella se queda con mi tarjeta. La tarjeta es una de mis mejores añagazas para estos casos. Consigo que la gente se quede confiada en que me localizará a través de ella, pero en realidad en ese cuadrado de papel no consta mi nombre ni ningún dato de contacto. El monograma, sin más. Yo mismo las fabrico recortando el cuadro superior izquierdo de los folios pautados de los que me surtía la Delegación Periférica antes de los recortes. Espero que la sola imagen de Hacienda sirva para desanimarla.

Me llamo Hermógenes W., aunque en mi biografía se alude a mí sistemáticamente como el hombre bicolor. Llevo varias semanas en busca de Tomeo para exigirle alguna explicación por haberme abandonado a mi albur en la ilustre Boronburg. Allí he tenido que pasar día enteros con la sola compañía de un perro (o dos, es algo que no tengo claro) que ladraba de un modo inconexo, más una campana que no sé quién tocaba. Añado: en ese pueblo no podía celebrarse misa porque no había nadie. Bien, acepto que fui con el encargo de poner al día a los ciudadanos de allí en sus obligaciones fiscales, era normal que me rehuyesen. Pero es que no vi un solo individuo en todo el tiempo que tuve que pasar allí. Se va a enterar Tomeo cuando lo localice, no digo más.

Mis pesquisas me llevan a hoteles indecentes, a comunidades de vecinos de renta antigua sitiados por las mafias del desahucio, en fin, a toda suerte de lugares cerrados, asfixiantes y poco frecuentados por el bullicio y la posmodernidad. Como es de suponer, al fin todo va a ocurrir en el lugar menos pensado. “Ese golfo de Tomeo”, dice una voz que no sé de dónde viene, “te mete en una situación absurda y ahí te deja la novela entera, para que bregues por ti mismo”. No veo a nadie por más que miro, pero no tengo duda de que alguien me ha hablado. Oigo el ulular de un mochuelo, pero sinceramente dudo que haya sido él. Con todo, el timbre de su ulular suena extrañamente similar a la voz de antes. “Ahora piensa: si te ha colocado en ese lugar extraño, por algo será”, dice la voz de nuevo. A mi espalda, me encuentro a un tipo vestido de Napoleón. Inopinadamente. Y me da un vuelco el corazón, como era de esperar. No me gusta que nadie me reconozca cuando entro a un sex shop, pero ahí está el tipo, sentado en un sofá de terciopelo rojo y con ganas de conversar. Espero que no sea porque me haya reconocido; tengo que mantener el control. Seguramente no sea más que: a) un viejo jubilado del barrio que pasa el rato cortejando a las dependientas, o b) el dueño del local en persona, que emprendió este negocio hace años y ahora se dedica a disfrazarse, lo que, como todo el mundo sabe, es común en esta gente que se dedica al negocio de la alegría; claro que cabe además la posibilidad c), que sea un cliente y se halle esperando a que le envuelvan un encargo muy exigente que habrá realizado por internet. “He pedido una muñeca de goma, de esas japonesas tan complacientes, con cara de geisha”, me aclara, supongo que para evitarme la molestia de ponerme a mistificar sobre los motivos de su estancia aquí. Observo que para descansar se ha quitado la pantufla izquierda, y que del agujero del calcetín asoma un dedo que, a lo que se ve, está ejerciendo de interlocutor. Se trata de un tipo raro, claro que no voy a negar que en este caso él tiene motivos para pensar lo mismo de mí. Raro se encuentra con raro, observo; Tomeo es un raro oficial (todo el mundo lo dice), ergo no descarto que este tipo pueda albergar alguna información útil para conducirme a mi objetivo. No pierdo nada por intentarlo. “Busco a Tomeo digo, sugerente, al tiempo que bajo la cremallera de mi chupa de cuero y me voy acercando al tipo. “Déjese de mamarrachadas”, me frena, tajante, y añade: “Siéntese a mi vera. Llevo solo tanto tiempo que estoy a un tris de perder el oremus. Conversemos de lo que quiera. ¿Le han hablado alguna vez de las jirafas? Las jirafas con esos cuellos tan largos, y tienen las mismas vértebras cervicales que usted y yo: cinco”. Sobre la barra donde a veces he visto un papagayo, delante del expositor de lencería, hoy me encuentro con un mochuelo que me mira fijamente. Parece que esta conversación puede abrir horizontes. Me dejo llevar, y pregunto.

 

Hermógenes W.: Míreme bien. Se habrá fijado en que tengo un ojo de cada color, ¿verdad?

Napoleón: Sí, eso a buen seguro es cosa de Tomeo. A todos nos coloca en un dualismo pertinaz. En “Constructores de monstruos” habla de un monstruo de dos cabezas: una se llamaba como Félix Romeo y la otra, como Ismael Grasa, ja ja, dos cabezas, y además una es gorda y no le dan de comer. En mi caso me he solucionado el problema yo mismo. [Ahora se esmera por impostar la voz de un hombre grave, y prosigue.] Yo, desde que he renacido como Napoleón, discuto las mejores estrategias con mis hombres, aunque siempre de uno en uno. Soy más de diálogo, mucho más que de debate o de mesa redonda. Dos es el número perfecto cuando se quiere hablar. Observe: cada uno de mis hombres aparece por ahí cuando quiere hablar conmigo. Son todos unos bromistas.

Por ahí, ¿qué quiere decir? ¿Por dónde dice que aparecen?

Por ahí, hombre, no se haga el despistado [dice, a la vez que señala el dedo que asoma por el agujero del calcetín]. Ese que ve ahí en concreto es Bourraine, mi secretario. Ahora precisamente estaba comentando con él la mejor estrategia para invadir Rusia. Pero perdone, no quiero interrumpirlo. Seguro que en su relato de usted hay más fenómenos de dualismo.

Pues ahora que lo dice, sí. El pueblo donde debo recaudar impuestos, Boronburg, se me ha presentado vacío, excepto por un perro que ladra desde una parte de la plaza y al que le contesta otro desde el otro lado.

Pues es así, Tomeo. No sé si ha leído ya “El fin de los dinosaurios”, por ahí también hay gente extraña, de esa que se pelea con su propia sombra, lo que viene siendo un caso de dualismo innato. Incluso hay un tipo que se enfada con un amigo porque este le pregunta: “¿Eres tú?”. El muy bruto le responde:“Sí, en este instante soy yo, pero no vuelvas a preguntármelo dentro de cinco minutos porque a lo mejor te digo que no soy yo y que me he convertido en otro”. Ja ja, ¿qué le parece? Dualismo fino, ¿no? [Albergo mis dudas ahora, porque este Napoleón que habla con conocimiento de causa no deja de mirar a su dedo y parece comunicarse con él. La verdad, no sé a qué atenerme].

¿Me está preguntando a mí, o a su dedo gordo, quiero decir, a Bourraine?

Ja ja, es usted un hombre divertido. Se nota a la legua que viene de parte de Tomeo, ¿eh? Pues le estoy hablando a usted, hombre, a usted.

Como veo que usted es un connaisseur, voy a aprovecharme. ¿Ha caído en la cuenta de que esos personajes que hablan consigo mismos se reproducen en todas las novelas de Tomeo?

Es consecuencia de la soledad, y en esas novelas soledad hay mucha. Uno pasa tanto tiempo solo que acaba por debatir con uno mismo. Míreme a mí, que estoy aquí esperando mi muñeca de goma para tener un nuevo motivo que me permita seguir hablando sin nadie más. Tomeo lo dibuja muy bien, pero lo desarrolla à la Kafka, poniendo a cada protagonista en situaciones próximas al delirio. No, no es Machado que habla solo porque espera hablar a Dios un día. Es un poco más silvestre lo suyo, supongo que porque es aragonés. Y Machadoera sevillano; por mucho que dijera, seguro que se pasaba el día en la calle hablando con todo quisque. La vida en la calle es vacuna de la locura, pero también fomenta la inanidad. La gente de Tomeo es como él, más de espacios cerrados. No me extraña que acaben todos como acaban.

Me dirá a mí, eso de volverse loco. En “El hombre bicolor” me envía a un pueblo fantasma, me obliga a pernoctar en un hotel vacío y, aunque no veo a nadie por la calle, sí noto que ocurren cosas extrañas, como que me respondan desde el ayuntamiento cada vez que telefoneo. Eso sí, me dicen que allí no hay nadie, lo cual incrementa mis sospechas, porque al menos tendrá que existir ese funcionario que me responde, digo yo. Pasar así unos cuantos días es el camino perfecto para acabar con la cabeza como un sonajero.

Herralde, que ha sido editor y sin embargo amigo, dijo eso de que Tomeo es un cruce de Kafka con Buñuel. Ya sabe que enKafka también las situaciones son de mírame y no me toques, pero luego todas ellas han pasado a la historia de la literatura como metáforas terribles de la condición humana.

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Perdone, eso que ha dicho ¿me lo dice como usted o como Napoleón VII? Me parece que le he oído de pronto subir un poco la tonalidad, como si ahora quisiera hablarme con una voz más corriente.

No, no, le he respondido con mi voz natural. Oiga, por mucho que quiera confundirme, mire usted, no lo conseguirá. Y aquí tiene usted a Bourraine ―dice, y a la vez agita el dedo que aparece por el calcetín―, que le puede confirmar punto por punto todo lo que le digo, incluso le puede certificar mi identidad, si así lo quiere. Otra cosa no, pero con mi identidad no juego. Soy tan buen conservador de mi identidad como cualquier presidente derechón lo es de su criterio moral.

Vaya, ahora encuentro en usted también cierta afición al tema político.

Debe ser un juego de espejos. Ahí debe de reflejarse mi parteBuñuel. Y mi parte de gente de bien, qué cojones. De un tiempo a esta parte los ciudadanos estamos hartos, hartos y exprimidos; mientras tanto, los que cobran por representar la voz de la calle resulta que se han erigido en portavoces de las eléctricas, de los bancos. ¿Ha leído usted Constructores de monstruos? Recuerde que allí hay también política: el markgrave, tío deRaimonius, el protagonista, le encarga que construya un monstruo capaz de meter en cintura al pueblo. Porque el pueblo necesita orden, y en el orden se halla su libertad. Eso dice el tío, que es un estadista afterpop, como los que se prodigan ahora. [“Mi parte de gente bien” ha dicho, y otra vez he creído notar que le cambia la voz cuando habla de Tomeo. Sospecho. Sospecho mucho, pero no digo nada y lo dejo que siga, a ver si se descubre pronto].

Hablábamos de su último libro de relatos, “El fin de los dinosaurios”, y creo que, precisamente en el relato homónimo, expone una teoría original sobre cómo acabaron los dinosaurios. Parece ser que, siendo tan grandes, tenían problemas para que les llegaran a tiempo las informaciones enviadas por los sentidos a través de su sistema nervioso. Las informaciones les llegaban con mucho desfase al cerebro, cuando alguna fiera ya les había comido parte de una pierna, o se les había encaramado al cuello.

Estoy de acuerdo con que la información es crucial para seguir vivos. Y eso lo saben las fieras, que actuarán a traición siempre que puedan. Es una metáfora de nuestro tiempo, ya lo ve. Si la información no le llega a tiempo a la gente, o se le escamotea, o bien se le emborrona para que no sea capaz de entenderla, entonces puede ocurrirle cualquier cosa, como a los dinosaurios. Mire la clase media, o lo que queda de ella. Como no reaccione con urgencia, la clase media va a ser pienso compuesto para esas fieras hambrientas que no van a dejar ni los restos. Los bichos del Jurásico al menos dejaron fósiles, pero la clase media se va a esfumar sin dejar ni rastro. En el futuro no encontrarán más de cuatro fósiles que cabrán en un museo de bolsillo, o tal vez en una maleta como la de Duchamp.

 

Ahora que lo dice, a lo mejor esa es la razón por la que la gente que tiene que pagarme los impuestos ha desaparecido. Aunque cómo esperar otra cosa, si sus próceres van dando ejemplo. Mire el conde Breeworst, hace 350 años que no paga, y no por ello ha dejado de veranear en un castillo del sur (donde, dicho sea de paso, toma el sol pese a ser vampiro). Ah, la impunidad de los vampiros, eso sí da miedo. Al final del relato el pueblo entero se lanza a entonar cantos patrióticos, en algo que es un momentazo lírico que eriza el vello:“¡Cantad a la libertad donde reina la pobreza!―dicen―. ¡Cantad a la libertad donde reina del despotismo!”.

Pedazo granuja este Tomeo. Se lo tengo que decir en cuanto lo vea aparecer por aquí: Tomeo, eres un granuja. Y un azote de los poderosos, también. Y un monstruo redomado, pero en este caso de los buenos”.

Por cierto, ¿de dónde cree que le viene a Tomeo esa afición al monstruo? No sé, me parece obsesiva. Incluso usted, ahora que lo observo, me recuerda a un monstruo (no me lo tome a mal). Diría que yo mismo tengo algo de monstruo también. Y Tomeo, con ese cabezón descomunal y esas facciones de patata, parece otro monstruo.

Aguarde un instante. Le preguntaré a Murat.

Murat, ¿quién es Murat?

¿Quién va a ser? Cuarenta siglos de historia se quedaron observando a mis tropas, y entre ellas estaba Murat, mi general favorito. Si se fija y deja de hablar de esa forma tan destemplada lo verá aparecer en cualquier momento. [El tipo señala hacia el calcetín, donde ya no está el dedo gordo pero comienza a asomar la punta del dedo medio del pie izquierdo.] Mírelo, Murat es un hombre con temple, y sus opiniones son en todo momento fruto de un pensamiento lúcido, como conviene a mi ejército.

¿Y qué dice al respecto de mi pregunta?

Dice que la gente perfecta, feliz y simétrica carece de interés literario, nada que ver con aquellos individuos que revelan algún tipo de anomalía. Y que los monstruos son difíciles ejercicios de amor. Son metáforas, en todo caso.

Napoleón, debo suponer, fue otro monstruo.

Y los que se enamoran de sus mamás son monstruos. Incluso las madres son monstruos amados. En mí mismo considero que anida un monstruo al que un día acabaré amando, sin remedio.

Eso lo dice porque me habla como Napoleón… [lo miro a los ojos, veo que le tiembla el párpado superior izquierdo. Se siente acosado por mi astucia. Si sigo así, sin desviarme de mi propósito, voy a conseguir que confiese. Mis maniobras empiezan a dar fruto.]

No, señor, se equivoca. El que ha respondido ahora ha sido mi general, Murat. No presta usted la debida atención, oiga. Lo que acaba de escuchar acerca de los monstruos es una opinión de este hombre mío de confianza que, a grandes rasgos, comparto.

Entonces, podría decirse que se siente a gusto considerándose un “raro”, alguien comprensible, aun no tratándose de un ser normal.

Qué es normal, dígame. ¿Lo que más abunda? Pues entonces no hay duda, soy raro. Ser raro, sin embargo, no es malo. Puede incluso ser un piropo.

Quevedo decía que el sol, para hacerse estimar, no habría de salir cada día. [Ahora se provoca un silencio incómodo. Ni habla Napoleón ni habla el general Murat, que esconde su cabeza pelada en el calcetín del tipo. Creo que mi ataque ha sido, al fin, demasiado brusco. Casi lo tengo atrapado. Atentos.]

¿Cómo sabía usted que iba a decir esa frase a continuación?

¿Qué frase?

La de Quevedo, esa cita que viene a decir que, mirándolo bien, el propio sol es un raro. ¿Cómo sabía que iba a decir eso? ¿Cómo se me ha podido adelantar?

Bueno, lo he leído mucho a usted. Porque ahora sé que usted no es otro que… ¡Tomeo! Pero no es preciso que se avergüence de nada. Desde el primer momento he sospechado que el que se escondía tras esa casaca bonapartiana era mucho más que un viejo acosado por la murria.

Mire, muchacho, aprovechando que voy de Napoleón le voy a ser franco. Soy Javier. Soy Tomeo. Y si he abandonado el mundo a la francesa es porque ahora me toca a mí disfrutar de mi soledad. En esa cincuentena de libros que os he dejado está todo cuanto esperabais de mí, y por si fuera poco, a ellos hay que sumarles esos dos que dejé listos antes de mi fuga. Tomadlos como una actualización de mis temas, a ver si os sirven de algo en medio de esa jodida crisis que os han endosado.

[Me siento satisfecho de mi astucia: lo he maniatado, lo he acogotado y ha acabado por descubrirse. Por fin he dado con Tomeo, cuando ya estaba por abandonar. Pero ¿qué queda de ese enfado descomunal con el que llegué hasta aquí? ¿Tan fácilmente me he dejado seducir? ¿No voy a exigirle daños y perjuicios después de todo? Me quedo observándolo en silencio. Con ese disfraz barato de emperador se me figura tan igual a mí, tan parecido a todos sus monstruos en general, que me emociona.] Le voy a ser sincero, Tomeo: yo venía a denunciar la situación de soledad extrema en que usted me colocó. He pasado un mal trago, no creo que me mereciera tanto rigor en esa novela. He sido en todo momento un tipo bonachón y cumplidor, nunca respondón, y he observado siempre escrupulosamente los refranes  que me dejara mi tía Rosamunda. Pero, ahora que lo tengo a usted en mi presencia, siento que algo me retiene. Me parece que no soy quién para reclamarle algo que ni siquiera usted ha tenido en su vida.

Mire, Hermógenes: yo, como todo escritor, he puesto en marcha mi pensamiento a través de mis novelas, que se me dan mejor que hablar. Allí está todo lo que sé y lo que creo. Dicho esto, le recomiendo que no se enoje, y si puede lea un relato de mi último libro que se titula“Soledad”, y que creo que resume honestamente la vida que me ha tocado vivir.

Lo conozco. Es un relato que habla de un hombre y una mujer.

Eso quería decir, que habla de la soledad. Lea ese relato. Difúndalo. Guarde una copia entre sus facturas del banco para que cualquier otro día, al repasarlas, vuelva a aparecérsele esa historia. Si quiere saber por qué mis personajes viven solos, ahí se encontrará una buena explicación.

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Tomeo se incorpora con un gesto que revela dolor. Dolor en general, no solo en las articulaciones, también en el aliento, en las neuronas. Recuerdo, mientras lo miro, que en uno de los relatos de “El fin de los dinosaurios” Tomeo sueña con un reloj que avanza al revés, y que gracias a ello opera el portento de ir rejuveneciendo a cuantos se hallan en ese sueño. Ahí, además, aparece su madre subiéndole el embozo de la colcha para que duerma bien. El cuento acaba cuando Tomeo se despierta en su edad avanzada, y comprueba que todo era un espejismo, que su madre no ha regresado del Más Allá. En esta entrevista, en cambio, el cuento acaba justo a la mitad, cuando todavía el reloj camina hacia atrás; cada día vuelve un poco más luminoso el tiempo que vamos viviendo, y el horizonte se va poblando de amigos que conocimos un día y ya habíamos perdido. En uno de esos quiebros, Tomeo se me aparece y formula la idea delgallitigre. El día que un tigre pueda inseminar a una gallina se llegará, según él, a la expresión definitiva de la armonía universal, a la unión final de los contrarios. Una vez lleguemos a ese esplendoroso entendimiento entre fuerzas opuestas sabremos que, por fin, nos hallamos en puertas de una nueva edad de oro. Pienso que alguien que formule esa idea no puede menos que ser considerado un gamberro, pero que un gamberro por necesidad, incapaz de renunciar al optimismo.

 

Se ha puesto en pie y camina en dirección a la calle. Lo hace trabajosamente, arrastrando esas pantuflas viejas que no casan mal con su uniforme napoleónico de todo a cien. ¿Dónde va,Tomeo?, le digo. Tomeo se encoge de hombros y sale al exterior, donde la luz es tan blanca que lo engulle, sin que yo logre enfocar mi visión. Unos segundos después puedo ver, pero ya no hay nadie en el quicio de la puerta.

No sé por qué pienso que, desde ahora, ese monstruo lo va a tener más fácil para elegir si toma el sol en Barcelona o en Quicena, provincia de Huesca. Como si lo quiere tomar en ambos sitios a la vez. Parece que el mochuelo ha entrado en éxtasis, porque no para de ulular sobre su barra. Me veo muy solo, y apago la grabadora.

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