La benévola, de Laird Hunt

Del  odio, la zafiedad y otras taras humanas

Publicada en QUIMERA, abril 2014

La benévola-Quimera

 

La sobreexposición a la narrativa USA y, para ser más exactos, a la torrentera de elogios que esta suele despertar acabará provocando más pronto que tarde una desconfianza general en la que corremos el riesgo de dejar caer a víctimas inocentes. Valiosas e inocentes. Algo que rogamos no suceda con el autor que nos ocupa, Laird Hunt que, de la mano de Blackie Books, acaba de llegar a España con una singular propuesta titulada La benévola.

 

Los albores de la Guerra de Secesión americana constituyen el eje temporal sobre el que se extenderá la vida de una familia joven de colonos al sur del estado de Kentucky. Sus vicisitudes, pocas y aparentemente irrelevantes, proporcionan la materia de esta novela, pero multiplicados sus efectos gracias a un relato proteico en el que cada nuevo narrador introduce elementos que amplían las versiones precedentes. Es en esa orquestación de voces donde Laird Hunt muestra su calidad de narrador excepcional al desplegar un juego de perspectivas altamente convincente, tejido, además, sobre una forma lírica que va más allá del ejercicio de neorromanticismo que parece. Ese lirismo inesperado es la ocasión perfecta para el muestrario de tensiones animalescas que (luego, muy hacia el final, lo sabremos) parece lo único esencial en el ser humano.

 

En la gestión de su relato, Laird Hunt aplica una batería de recursos de gran sofisticación (relatos dentro del relato, descripción de sueños, elipsis, dilación de pistas) que logran en el lector una dependencia emocional en relación al texto. Así las cosas, al lector no le queda sino perseverar hasta la última página, si es que se quiere recuperar el aliento que habrá perdido ya desde los primeros compases. La historia visitará la incomprensión, el miedo, la zafiedad y la violencia, en fin, todo un catálogo de las fuerzas que el ser humano no ha llegado a someter, pese a los millones de años invertidos (o malgastados) en su evolución. Que una novela de ambiente decimonónico como La benévola mantenga intacta su capacidad de asombro en pleno S. XXI tiene que ver directamente con esa extracción temática.

 

En el aspecto formal, la obra está atravesada de certeros hallazgos, aquí en forma de imágenes (como cuando la protagonista se desangra para así “poder viajar al interior de Kentucky”), allí en forma de personificaciones (“el pie de mi padre salió de los estómagos de los cuervos y, reconstituido, me hizo compañía”), o bajo la forma de símbolos (el pozo, presente incluso desde la original Obertura). Con una inteligencia artística de primer orden, todos estos hallazgos devienen con naturalidad parte del relato y aportan, cada uno a su manera, su particular dosis de seducción para convertir a La benévola en una experiencia narrativa de las que ya echábamos en falta.

 

Una recomendación final antes de enfrentarse a la novela: no se detengan en la contraportada del libro. Declinen cualquier interpretación previa a la lectura de esta historia. Como verán esta misma reseña se ha cuidado mucho de revelar quiénes son los personajes, cuáles los trazos que los definen, porque La benévola es una novela que se construye a la manera de un cuento, con unos hechos sucintos y un final revelador. Cada nuevo relato parcial en el texto añadirá un detalle nuevo que se irá sumando a los anteriores, así hasta cerrar la última línea el mosaico que constituye esta historia de alta carga emotiva. Para que la experiencia sea cabal nadie debe vedarles el placer de ese desvelamiento progresivo. La benévola es un regreso a la narración que exige una cierta inocencia, una predisposición a la sorpresa en el lector. De otra forma se mitiga su efecto, su capacidad para la laceración y, lo que es peor, su función catártica. Porque, en esencia, eso es lo que ofrece la obra, a la manera clásica: el reencuentro con la experiencia de un sufrimiento que, al final, acaba por ser curativo.

 

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