Recaredo Veredas retrata la generación cínica

Una charla con RECAREDO VEREDAS

Recaredo Veredas

Publicada originalmente en BLISSTOPIC

Fotografías de Luis Daza yRecaredo Veredas

Osmundo es un tipo de vida alegre que observa el declinar de su estrella con el advenimiento de la crisis. Hasta la fecha, su vida ha sido un camino holgado por donde soplaban vientos favorables, particularmente en lo económico. La nueva tesitura lo obliga a reaccionar, a tomar una decisión valiente que conjugue arrojo con la sagacidad necesaria para interpretar los signos que se muestran en el paisaje. Pero no solo en lo económico: su relación con Míriam ha entrado en una fase de madurez rutinaria con indicios alarmantes; y dos: su obra literaria no ha alcanzado reconocimiento, mientras él sí ha alcanzado con creces los 40. Una vida compleja esta, la de ser abogado, marido ejemplar y escritor con ínfulas anticapitalistas, y pretender además triunfar en todo. Pero es la vida auténtica de Osmundo, tal como lo presenta Recaredo Veredas en “Deudas vencidas” (Salto de Página), su primera novela y quinto libro publicado.

Es la noche de su presentación barcelonesa, en que ha estado arropado por una selección de altura de entre lo mejor de su generación; una noche en que acaba confesándose conmigo en un cuarto consecuente con el nombre de la librería que la alberga (Pequod, en el barrio de Gracia), pues se asemeja a un camarote de barco ballenero. No hay otro entorno más tranquilo en varias manzanas a la redonda, y a la postre resulta una elección excelente, adecuada para hablar de muchas cosas, pero empezamos hablando de perdedores, y de éxito.

 

¿Cómo vive esa dicotomía Osmundo?

¿Ese tío? No es exactamente un perdedor. Él se considera un perdedor, pero también es un símbolo de la avaricia continua a la que nos vemos sometidos en esta sociedad. Nada parece suficiente: una vez que se ha conseguido una meta viene la siguiente, y luego la siguiente… hay envidia del que está arriba. No nos permitimos disfrutar de lo que tenemos.

Pero ya hemos dicho que Osmundo, tu personaje, es un ser complejo y aspira a más que cualquier mortal medio. También en el mundillo de la ideología. No en vano forma parte de un grupo filosófico-político denominado El Colectivo, con el que trabaja intelectualmente. Y económicamente, puesto que es su principal patrocinador. De sus contradicciones podría nutrirse toda una antropología marxista del éxito en estos estertores del capitalismo clásico como siempre lo hemos conocido. En algo parece coincidir este personaje con el Lazarillo resultante de un largo camino de decepciones y fatigas.

Sí, hay bastante de eso. [La del Lazarillo] era una sociedad muy distinta; esta tiene un bienestar bastante mayor que aquella, pero a la vez vive un relativismo moral muy importante. Y de eso que se ha denominado posmodernidad está muy impregnado el personaje de Osmundo, que es una vida sin valores. Él tiene sus prioridades, que son publicar y vivir bien. Y lo consigue. Y bueno, una vez que lo ha hecho, el resto le importa un carajo.

El retrato de Osmundo es el de un personaje atípico en la narración de esta crisis: no se trata de un desahuciado, no es un ahorrador talludo esquilmado por las preferentes, no es un parado, no es un joven sin futuro; es un triunfador. La crisis le ha puesto al alcance de la mano una oportunidad de hacer dinero, y la va a aprovechar.

Quería mostrar ese lado de la crisis. Quería mostrar que hay muchísima gente que se está beneficiando de ella. Y este no es de los que más se beneficia. Hay gente que está ganando auténticas fortunas, y este solo consigue unos miles de euros. Y, además, por la experiencia que había tenido en los anteriores proyectos de novela, he visto que es muy difícil meterse en la cabeza de alguien que no está viviendo tu realidad, de alguien que está vitalmente muy alejado de ti. Yo tengo una existencia más o menos confortable y, entonces, me resulta muy difícil meterme en la piel de alguien que está viviendo en la precariedad.

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De lo que sí tiene queja es del peligro latente que amenaza su vida sentimental: Míriam está en su mejor momento y todavía la siguen más ojos que al clavel temprano. Ahí están, sin ir más lejos, los ojos de Borja Ortiz de Echagüe, su compañero en El Colectivo, líder intelectual del grupo, chico bien del barrio Salamanca y con fama de desbraguetado. Observando a Osmundo se diría que el ser humano no se concibe si no es con referencia a sus amenazas. Y algunas de las peores tienen que ver con la enfermedad: el cáncer, las degenerativas, las venéreas, y otra vez vuelta al cáncer. El libro es un catálogo de amenazas inminentes en forma de enfermedades varias. Seguro que ahí sí hay mucho de Recaredo V., ¿o no?

Sí, mucho. Yo soy muy hipocondríaco, y la hipocondría varía desde el cáncer hasta las degenerativas, la esquizofrenia, diversas patologías, todas ellas horrorosas, y van topándose a tu paso. Y a la vez el cáncer como metáfora de esa sociedad, ¿no? El cáncer es algo que poco a poco te va cercando conforme pasan los años: cuando eres pequeño entre la gente de tu entorno, evidentemente, no hay, pero conforme vas creciendo, y conforme pasas los 40, ya empiezas a ver a gente que lo tiene. Cuando pasas los 50, no te quiero ni contar.

Lo que comienzo a ver es que en Osmundo hay más que un personaje, un retrato de toda una generación, de la que viene a ser un epítome, ¿o me he ido muy lejos en mi diagnóstico?

Con él he querido marcar un personaje. De lo que hay retrato es de una época. Sí es un retrato de una generación en cuanto al cinismo, en cuanto a la pérdida de la ideología, en cuanto a la desmovilización total y en cuanto a la apatía política (por mucho que él esté camuflado en un falso progresismo). En eso sí es el retrato de una generación. A lo mejor, como yo estoy metido en esa generación, me ha salido solo.

El tipo del que hablamos, Osmundo, tiene mucho que ver con la figura del pícaro, en tanto que suelta el lastre que suponen los escrúpulos para acabar mirando por su propio interés. El castigo, la responsabilidad, esas cosas de la vieja escuela ya no se las puede creer nadie en su sano juicio. Qué risa, el castigo.

En eso me influyó también una película que me llamó mucho la atención, que fue “Match point”, y también “Delitos y faltas”, las dos de Woody Allen y las dos sobre la impunidad, y él toca un mensaje similar, cómo el personaje sale adelante, el azar le favorece, y se ve que muchas veces no todos pagan las culpas.

No siempre aparece el castigo…

No siempre aparece el castigo. Muchas veces es el inocente el que paga las culpas, y el culpable sale airoso, e incluso beneficiado.

La novela esconde mucho más, pero soy buen lector y sé lo que duele amargar una buena sorpresa destapando spoilers a trochemoche. Osmundo es un canalla del género redomado y les hará pasar buenos momentos, que mejor no les adelanto. Oigo fuera un rumor de conversaciones y le digo a Recaredo que es hora de abandonar el camarote del Pequod. Me comenta entonces acerca de gente que conoce por motivos de trabajo, gente que está haciéndose de oro con la crisis y actúa como auténticos tiburones, lo que dicho allí, en el vientre del Pequod adquiere una resonancia inesperada. Hacemos un breve repaso a esos modelos de tiburón que la crisis ha puesto al descubierto y nos queda una galería de los horrores considerable, fea, ordinaria. Para olvidar. Su mejor efecto es que nos hace levitar de paz, extrañamente satisfechos de sentirnos grandes en nuestra conversación. Es cuando decido que hay que acabar con esa sensación de ingravidez volviendo a la cerveza. La cerveza nos hará humanos, pienso. En el exterior ya está Pablo Mazo, su editor, esperando. Lo cortejan otros escritores, muchos más que mujeres, (y no se me oculta que Pablo ocupa un puesto muy alto en la escala del deseo, veo que el deseo también es multiforme). No sé si el deseo lleva al mal, pero recuerdo que el protagonista de “Deudas vencidas” en una ocasión dice que quisiera hacer de una tacada todas las locuras posibles y no dejar una sola norma burguesa de conducta intacta, y añade: “Sí, eso es el mal, también conocido como la libertad”. Basta por hoy de filosofar, me digo, y una vez más renuevo mi fe en que la cerveza me traiga al orden de la gente sencilla.

 

Caminamos hacia la destrucción o el amor por las calles de Gracia ya oscurecidas. Da igual. Con luz o sin ella, el barrio de Gracia mantiene el tipo. Apoyaría que se constituyera como micronación y persistiera en sus señas de identidad como territorio a salvo de la locura, la presente y la por venir.Recaredo podría ser su primer mandatario. Tiene planta.

 

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Una respuesta a “Recaredo Veredas retrata la generación cínica

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