Los huérfanos carrionitas ya tienen vida propia

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JORGE CARRIÓN

LA MEMORIA HISTÓRICA DEL FUTURO

Santiago García Tirado / Fotos de Milo J. Krmpotic’

 

Frente a Jordi Carrión uno se siente lento de solemnidad. Vive rápido, viaja nerviosamente, lee tres veces más de lo que indican los estándares y ve todas las series de televisión. Vayan haciéndose una idea: ustedes viven en 2014 pero él acaba de regresar de algo así como el 2049 y bien cargado de información. Lo que van a leer aquí les da algunas claves de ese universo en el que ha habido una Tercera Guerra Mundial; internet, como una nueva biblioteca de Alejandría, cayó casi por completo, y sólo algunos a quienes el azar puso en el lugar adecuado, lograron sobrevivir. Esa es la historia que narra en “Los huérfanos”(Galaxia Gutenberg, 2014), donde encontramos ciertos efectos de “Los muertos” (2011, reed. por G.G.) y sospechamos que alguna relación tendrá con la anunciada “Los turistas” (próx. edición). Esta vez sí nos hemos entrenado a conciencia, y no dejaremos que se zafe de nuestras manos sin dejarnos antes algunas claves necesarias en esta entrevista. 

Encuentro algunas concomitancias en el planteamiento de la novela con el de la “Ilíada”: la historia ha comenzado un decenio antes (trece años en este caso), el relato arranca a partir de ahí y todos esos años anteriores parecen haber sido irrelevantes. Enfrente, el enemigo, expectante, aunque… ¿sabemos aquí quién es el enemigo?

No, no lo sabemos. Por una parte, hay un enemigo que está dentro, y es alguien de quien sabemos que no está bien y que ha pasado diversas crisis en las que ha perdido la cordura. Ése es precisamente el narrador de la historia. Por otra parte, sabemos que ha habido un conflicto internacional que ha hecho estallar la Tercera Guerra Mundial, pero donde no han existido dos bandos claros. Hasta ahí sabemos, pero no tenemos idea cierta de quiénes son los enemigos.

Habrías podido seguir la moda de las distopías mostrando ese mundo en descomposición que ya es parte de nuestras imágenes de uso corriente, sabes a lo que me refiero: óxido abundante, cascotes por doquier y manadas de humanos obsesionados por la caza y el hurto, pero has optado por un camino que parece condenado, todos los personajes están encerrados en un búnker y no saben nada de qué está ocurriendo fuera.

No sé por qué decidí hacerlo así. Es verdad que hay modelos de distopía en los que los protagonistas recorren un mundo en descomposición, como “La carretera”, de Cormac McCarthy, o “Plop”, de Rafael Pinedo, pero yo no tenía claro cómo quería enfocarlo. La primera imagen que tuve fue la luz amarilla, y a partir de ahí fui definiendo el espacio en el que se iba a ubicar la historia.

Ah, y en el búnker, además, hay toda una selección de personajes de diversa procedencia, algo así como una ONU en miniatura. ¿Son once personajes individuales, o los planteas como vicarios del resto de la Humanidad?

Por un lado hay una especie de paradoja que tiene que ver con el búnker, que es un mundo cerrado y minúsculo, mientras el narrador, Marcelo, fue un ciudadano del mundo y viajó por todas partes. Hubo una época en la que fue dueño de un espacio infinito, y ahora está condenado al encierro, fue dueño de lo macro, y ahora está en lo micro, y eso es lo que lo ha enloquecido. En ese mundo micro hay una especie de condensación simbólica de gente de todos los continentes, incluso de Australia, gente de América, de Europa, de Asia, y me interesaba que ese búnker que había sido construido para proteger a los chinos fuera ocupado por personas de origen occidental; porque se puede leer como una especie de metáfora postcolonial, y también porque el líder, el que orquestó todo esa comunidad, el que la definió, Chang, es un chino que odia todo lo chino, y que consigue crear una comunidad en el idioma que le gusta, que es el inglés, que es la lengua franca, el idioma internacional. Por otro lado, me interesaba mucho que la novela fuera internacional a todos los niveles, en cuanto a referentes literarios, procedencia de los  personajes. Fíjate en el protagonista, que es argentino, de familia italiana, estudió en Salamanca y trabajó para las Naciones Unidas. Esta novela quiere ser una respuesta a la pregunta de si es posible una “novela global”.

En la novela se explica que ese búnker había sido planificado por el propio Mao, preocupado por las suspicacias internacionales, y sé que lo has visitado en alguno de tus viajes. Pero coincidirás conmigo en que un búnker es lo más inapropiado para el progreso, puesto que donde no hay movimiento aparece la muerte, como ocurre con las aguas que se estancan.

De algún modo era una oportunidad para la utopía (como lo era la isla de Mario Álvares y George Carrington [protagonistas de “Los muertos”], igual que lo era la propia Reanimación Histórica

[Jordi empieza a aligerar el paso, hace un excelente juego de cintura, pero no vamos a dejar que se vaya de rositas: de aquí no saldrá sin que nos aclare quiénes eran Álvares y Carrington; y qué cosa es eso de reanimar la historia].

El ser humano se ha dedicado siempre a destrozar esas posibilidades de utopía. Podría haber habido una evolución más positiva, pero vamos descubriendo en la novela que va a ser difícil, por ejemplo, por el hecho de que aparezca Thei. Desde el momento en que nace, y es la única niña en un lugar lleno de adultos, sabemos que va a haber tensión (por educarla, por su cariño, por el futuro). Hay otro elemento que es el suicidio. Hay personajes que se suicidan y eso introduce la muerte: Et in Arcadia, ego. La persona con la que mejor se entiende Marcelo, que es Carmela, muere también. Y el día que se cierra el búnker ya muere la primera mujer, lo que hace que se considere el búnker como maldición. En un momento dado, Mario Álvares dice que “una utopía es una utopía más Tiempo”. Y en trece años hay tiempo más que de sobra para destrozar la posibilidad de una armonía.

Demasiado pesimismo, ¿no?

Yo creo que tanto “Los muertos” como “Los huérfanos” tienen una lectura positiva que está enterrada bajo varias capas de apocalipsis y de oscuridad. “Los muertos”tiene que ver con la cultura del rescate y con la conciencia que la humanidad adquiere de la importancia de “Los muertos” de ficción; y “Los huérfanos”tiene que ver con lo que yo ahora diría que es un “eco lorquiano”. El final de la novela recuerda (de forma consciente o no) ciertos poemas de “Poeta en Nueva York” que acaban con la figura del Mesías, como “La oda a Walt Whitman”, o “El rey de Harlem”, y de algún modo Thei tiene esa connotación al final, de modo que leyendo el libro no podemos más que pensar que las cosas van mal y siempre han ido mal, pero en el arte me permito abrir algunas rendijas para que aparezca la luz.

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Por si pareciese poca tensión la que aflora, además surge el ajedrez en varios momentos del relato. Y no es un juego cualquiera, sino el juego de la especulación por excelencia. ¿Cuánto hay de especulación y cuánto de análisis en “Los huérfanos”?

Yo creo que el hecho de que Marcelo se haya olvidado de que jugaba al ajedrez se puede entender como que también se ha olvidado de leer especulativamente y racionalmente el mundo, se ha encerrado en sí mismo y ha perdido la capacidad de interactuar y de desarrollar tácticas sociales para la vida. Sin embargo, sí hay otros como Xabier y Changque sí han jugado y han sabido continuar observando. El ajedrez además me interesa como correlato de la Guerra Fría. Uno de los personajes importantes de la novela es Bobby Fischer, quien con Spassky mantuvo unos conflictos muy importantes que simbolizaron el conflicto de EEUU y la URSS. De modo que el ajedrez me sirve para ir de lo micropolítico en el búnker a lo macropolítico, e incluso lo sentimental, porque una de las historias entrañables de la novela tiene que ver con un chico que jugó con Bobby Fisher una partida de ajedrez.

Todo lo que llevamos hablado tiene que ver con uno solo de los tres planos. Si la obra hubiera sido tan sólo el búnker habría acabado en algo muy beckettiano, pero por suerte hay más: en un segundo plano podemos leer los informes de Marcelo al servicio de la ONU, cuando viajó por todo el mundo recabando informaciones en relación con el fenómeno de la Reanimación HistóricaEl viaje es uno de los grandes temas Carrión (el otro es las teleseries).

Para mí, el viaje es una forma de leer: leer la realidad, leer la historia, leer la geografía, y leer la propia literatura también. Siempre que viajo leo mucho, y leo muchos textos que tienen que ver con los lugares por donde viajo. De algún modo, mi mapa del mundo se ha completado viajando. Yo no soy capaz de decirte dónde está Birmania en un mapa mudo, pero no hay ningún país de América Latina, o de Europa, o del Norte de África que no sepa ubicar, porque he viajado, he transitado el territorio, he pisado y he ido creándome un mapa a partir del viaje. No soy bueno para la geografía abstracta, pero sí tengo un cierto talento para la geografía recorrida. En cambio, para Marcelo el viaje fue una huida (él no soportaba ser argentino, igual que Chang no soportaba ser chino), un modo de escapar del vínculo familiar, un modo de erotismo (puesto que utiliza el viaje como seducción). Y en algún momento él cree que puede ser un cosmopolita, lo que de algún modo es un espejismo, y acaba dándose cuenta de que no lo es. Cuando él cree que se ha convertido en cosmopolita, llega la hecatombe, y durante toda su vida como superviviente se va a arrepentir de no haber estado más tiempo con su hija. Por otro lado se va a ver confinado en el búnker, que es lo supermínimo. Después de haber sido dueño del espacio del planeta, quedará confinado en una cárcel.

[Definitivamente, Jordi Carrión no va a explicarnos quiénes son Mario Álvares y George Carrington, de modo que me pongo a revisar mis notas del año 2010: “Los muertos”, obra de J. C. acaba de ser publicada en la llamada otrora Ed. Mondadori; la historia recrea una teleserie en dos temporadas obra de (lo sabremos hacia la mitad del libro) Mario Álvares y George Carrington. Hartos un poco de su éxito, y buscando la forma de alcanzar un nuevo nivel en su obra creativa, se retiran a una isla con unos pocos actores, a los que les hacen firmar un dudoso contrato por el que se comprometen a no volver a actuar nunca más en serie alguna. En esa isla, todavía en 2012, creyeron tener a tiro la Utopía. El futuro de la isla, sin embargo, será pasado en “Los huérfanos”, verán algo más adelante].

Seguro que alguno de tus autores de viajes te marca en esa parte de la novela.

En esta novela la escritura fue mucho más intuitiva que en la anterior, no hubo un plan predeterminado… hice mucho ensayo de la disposición de los capítulos, de cómo alternar búnker, crónica y diálogos con Mario Álvares. Supongo que en medio de esa atmósfera he tenido como referente alguno de mis autores de viajes, pero no te podría señalar en concreto cuál.

Bueno, toda la literatura que un autor lleva dentro entra en reacción con la literatura que ese autor genera.

Fíjate que Marcelo, veinte años antes, no escribía igual que como escribe ahora. Antes estaba cuerdo, y era joven. Lo que sí te puedo decir es que en las crónicas de viaje hay una voluntad de que cada texto sea autónomo, sea uniforme, sea un cuento, tenga su propia estructura.

Algo en el mundo ha cambiado, y un papel importante lo ha jugado el fenómeno conocido como la Reanimación Histórica [nos lo explicará ahora, seguro que ahora sí]. ¿Hace Jordi Carrión en la obra una valoración de lo que fue aquí la llamada Memoria Histórica?

Sí, hay muchos elementos reales. En toda la parte final de “Los muertos” se habla de la literatura y el arte postraumático. Habría una primera generación de supervivientes, de víctimas, que son la “generación traumatizada”, y habría una siguiente generación, que son los hijos de los que vivieron el horror, que son la “generación postraumatizada”. Mario Álvares y George Carrington pertenecerían a esa segunda o tercera generación. En Argentina, por ejemplo, toda esa generación postraumatizada ha generado una serie de relatos, por ejemplo Félix Bruzzone con “Los topos”. Y aquí se da el caso de “El vano ayer” de Isaac Rosa, sobre el franquismo. Yo me identifico con esa mirada, distanciada, irónica, con respecto a la guerra, la dictadura, la tortura, etc. Otro tema es que en los 60 y 70, el lobby judío consigue que al fin se reconozca el Exterminio como lo que fue, la mayor masacre sistemática de la historia de la humanidad, y comienza una especie de obligación de memoria, o imperativo de recuerdo. Ahí se crea un paradigma institucional, museístico (que hace que en los países más importantes del mundo haya un museo del Holocausto). Del genocidio nazi vamos al genocidio armenio, luego al genocidio de los Balcanes, y se van creando conciencias y políticas vinculadas al recuerdo, que llevan a monumentos, museos, y políticas en varios países. En los 70 y 80, Alemania y Francia ya desarrollan su propia política, su propia industria académica y también su propio canon de grandes obras para recordar. Se recupera a Primo Levi, a Imre Kertész (que será premio Nobel), Jorge Semprún escribe sus libros sobre la Segunda Guerra Mundial, aparece Art Spiegelman con “Maus”, la serie de TV “Holocausto”. En esa época España se enfrenta a la Transición e ignora ese paradigma internacional.  Aquí se opta por el olvido, por el perdón, el pacto de silencio y la reconciliación. El gobierno de Zapatero quiso reparar ese error histórico, lo hizo con cierta torpeza y sin darse cuenta de que no puede ser sólo la acción de un partido. Si el PP no estaba de acuerdo, en cuanto llegara al poder eso iba a ser agua de borrajas. En el caso catalán fue lo mismo: el PSC hizo el Memorial Democràtic y todas las leyes de memoria, y cuando llegó CiU se borró todo eso.

Mi novela nace de este fenómeno, de mi yo como español (la ley de Memoria, y el modo como Zapatero quiso imponerlo); tiene que ver con el caso europeo de la Segunda Guerra Mundial, y con cómo los EEUU cambiaron ese modelo de atender a la memoria.

Parece que en la novela todo ese movimiento acaba provocando un conflicto internacional. ¿Es un diagnóstico que hace Jordi Carrión en torno a estos movimientos? Incluso muere asesinado cierto político español conspicuo y bigotudo. ¿Será que es peligroso tocar la memoria, como dice la derecha?

No, no es peligroso, es necesario, pero si se hace mejor de como lo hizo el PSOE o el PSC. Y habría que buscar algún tipo de consenso, aunque en este país parece que es imposible. Lo que se observa en la novela no es la Reanimación Histórica, sino el discurso que Marcelocrea en torno a ella. Estamos hablando de un historiador que da un discurso histórico y toma decisiones narrativas, o de casuística, más o menos arbitrarias, y su primer caso es el del Memory Book que empieza en Madrid, del que arranca su relato. Durante la segunda mitad del s. XX ha habido (y hay) asociaciones dedicadas a la Reconstrucción Histórica, personas que se reúnen para reconstruir momentos de la historia (una batalla, un mercado medieval, una cena romana). Lo que ocurre es que, en la época en que en España se empiezan a practicar esas leyes (que a Rajoy [en la novela, quiere decir J. C.] le interesan porque repercuten en una bajada del paro, una razón económica, no moral, en su política) se trata de ponerle límites, mientras en la Reanimación Histórica, como en otros fenómenos, hay una sintonía a nivel global.

La tercera narración que se entrelaza con las anteriores es la que se desarrolla vía mail entre Marcelo y Mario Álvares. Seguro que ahí Jordi Carrión va dejar salir todo ese flujo de conocimiento que almacena en torno a las teleseries [recordemos que es un experto; publicó “Teleshakespeare” (Errata Naturae, 2011), un manual de referencia obligatoria para los adictos].

Marcelo no ve series, no ha visto “Los muertos”. Es alguien muy distinto de Mario Álvares, que sí creyó en el arte, y en el cine, y en las series, creó literatura, mientras que Marcelo cree en el lenguaje, pero no es un gran consumidor cultural. Sin embargo, se hacen amigos, puesto que no tiene por qué haber una compatibilidad total de gustos o de pasiones para que haya amistad. Mario me permite conectar con “Los muertos”, con lo que es para mí un creador del s. XXI, entender hasta qué punto se puede ser radical, vanguardista. En la reconstrucción que hace Marcelo de la Reanimación Histórica aparece todo tipo de manifestaciones culturales, por ejemplo la literatura del rescate, el coleccionismo de sillas de Ikea, o la ficción china, impulsada por el Ministerio de la Ficción, en una práctica de soft power, que es como una potencia impulsa su política cultural para imponer internacionalmente sus valores (igual que España creó el Cervantes con esa intención). China crea su Ministerio de Ficción y financia series de TV para influir en el imaginario global. El entretenimiento es un arte, pero para los americanos es, sobre todo, industria, su mentalidad no es la europea. Para ellos, el arte tiene interés si da dinero, de modo que sí encontramos series como “True Detective” o como “Fargo”, que sí son artísticas, pero la gran mayoría pueden ser más o menos buenas, más o menos interesantes porque reflejan el mundo y la mentalidad americanos, pero sus fines son industriales.

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Esto… has hablado de soft power, y eso creo que no lo aceptaría mucha gente. Te podrían acusar de conspiranoico. ¿Realmente hay una intención consciente de exportar valores o es puro efecto colateral?

Totalmente. En los años 40 la CIA, la Fundación Rockefeller y otras instituciones norteamericanas inventaron el Expresionismo abstracto norteamericano (Rothko, Pollock, Rosenberg) como la nueva vanguardia internacional y hubo mucho dinero para que esto fuera así. Y a partir de ahí siempre ha habido presidentes, o vicepresidentes, o altos funcionarios que han defendido los intereses de Hollywood en todo el mundo porque tratan de imponer el imaginario de la democracia liberal. Durante la Guerra Fría se pagó con dinero americano revistas culturales que no fueran comunistas (en París, sin ir más lejos).  Y todavía hoy, en la embajada americana en Madrid se trabaja en las cuotas de pantalla para las películas de Hollywood. Y el hecho de que aquí no se vea todavía Netflix, tiene que ver con ese tipo de negociación.

O sea, que no todo lo que les interesa es económico.

Les interesa exportar la democracia neoliberal: ahí hay un lucro económico y un lucro simbólico.

En el mundo que relatas en “Los huérfanos”se destaca la relevancia de las redes sociales, precisamente porque ya no existen, porque la Red Global ha caído. Las redes fueron canales primordiales en el desarrollo de fenómenos como la Reanimación Histórica, luego ¿debemos entender que son otro invento del Maligno?

No, no, al revés. Entre sus virtudes y defectos, me quedo con las virtudes: las redes las hacemos entre todos. No es que haya un Facebook que llega diseñado tal como es ahora y se impone desde arriba, sino que tanto FB como Twitter surgen de abajo, del apoyo popular que es el que los hizo crecer. El hashtag como fórmula de Twitter, lo inventaron los usuarios de Twitter. ¿Qué tiene de negativo? En primer lugar que intentan lucrarse con tu identidad, y trafican con los datos (sobre todo FB); 2, que en términos de derechos laborales y de lucha del trabajador han borrado los límites de la jornada laboral; 3, que en términos de producción intelectual han normalizado la no retribución económica; 4, han normalizado la extimidad y que tú cuentes en público tus cosas privadas (eso puede ser bueno o malo). Junto a eso, se ha aumentado la posibilidad de ejercer de presión, la comunicación e interlocución con personas que están muy lejos (y eso le salva la vida a Marcelo, que no habla con nadie en el búnker y sólo habla con Mario Álvares). Ha permitido que muchas personas sean más libres, personas que durante milenios, por su aspecto físico, estaban condenadas a no poder hablar con personas del otro sexo, ahora pueden hablar e incluso encontrar a su pareja. Se ha demostrado que las personas que somos más activas en redes, como tú y como yo, también logramos ser más sociables en la vida real. A mí me encanta estar en contacto con Yuri Herrera, con Antonio Ortuño, con Félix Bruzzone, y con tantos escritores de América Latina, que de otra forma sólo podría ver cada equis tiempo, o enviándoles un mailuna vez al año. De modo que para mí hay muchas más ventajas que defectos. A este respecto, Nicolas Bourriaud habla del Nomadismo Estético. Para ti, hasta los años 90, si eras escritor español, lo más evidente era el canon local: Cela, Umbral, Delibes, más tarde Almodóvar… Ahora Willy Mackey, el poeta venezolano, sabe tanto de cultura pop española como yo, a través de YouTube. Tú eliges ahora tu tradición cultural, tus referentes estéticos, tienes acceso al mundo, y eso da una libertad absoluta, y muy recomendable.

En medio de ese maremágnum de tensiones, Marcelo encuentra un salvavidas poco convencional, el diccionario. De nuevo, ¿la palabra como salvación?

De algún modo, el diccionario surgió porque me metí en la psicología de Marcelo, y a él lo que más le asusta en ese momento es volver a perder el control del lenguaje. No sabemos cómo fue su crisis pero, por lo que él dice, es posible que tuviera que ver con balbuceos, con no poder hablar, con decir lo que no quería decir. Y hay una terapia en el hecho de memorizar el diccionario que le permite calmarse y estar más tranquilo. En algún momento él va a decidir reescribir el diccionario y repasar el contorno letra por letra, que es algo que aparece en otros términos en Mario Levrero, como ejercicio de control de la palabra. Quizá “Los muertos” es una novela donde se reivindica lo audiovisual, porque está “Blade Runner”, “Los Soprano”, porque es una serie, es una novela que está escrita con palabras, y sin imágenes (introducirlas me parecía contradecir el proyecto). En cambio, en “Los huérfanos” hay una apuesta por la palabra, por lo humano, por la literatura, por el estilo, por todo aquello que parecía proscrito en “Los muertos”. Tal vez, y lo pienso ahora, una novela sea la tesis, otra, la antítesis, y ya veremos si “Los turistas” acaba siendo la síntesis.

Sigue un orden alfabético, pero todo parece zozobrar cuando Marcelo se acerca a la “u” de “utopía”. Se acerca y página a página parece estar más lejos que nunca. Anthony, el personaje que pierde la cabeza, dijo al principio de la historia: “Esta es nuestra oportunidad para la utopía”. ¿Hay algo terrible en esa búsqueda? ¿Lleva la utopía necesariamente a una catástrofe?

La utopía sólo puede ser deseo, un horizonte que no se puede completar. Y la novela habla de dos comunidades utópicas, que serían la de la isla [donde se retiran Mario Álvares y George Carrington en “Los muertos”], y el propio búnker. Cuando se estrena “Los muertos”[la teleserie] en 2012, ellos pasan más de treinta años en la isla, y no consiguen crear la utopía. Y su búnker fue construido como broma, pero acaba siendo necesario por culpa de la Tercera Guerra Mundial. Allí había espacio para lo utópico, pero tampoco consiguen crearlo. No obstante, no hay en la historia de la Humanidad ninguna utopía que se haya realizado. Insisto, hay que creer en la utopía, pero no que se pueda realizar, hay que creer que es una fuerza que te atrae, que te imanta, pero que no conduce a una realidad.

¿Algo que avanzar de la obra que cierra la trilogía, “Los turistas”?

Los turistas relatará la historia de un grupo de viajeros, entre los que hay un inglés que se obsesiona con una anciana a la que empieza a perseguir y, como es millonario y tiene una tarjeta con muchas millas acumuladas, pues él consigue perseguirla de hotel en hotel, de crucero en crucero, en lo que es una persecución demencial. Tiene que ver con el viaje, la emigración.

¿Nos dará Jordi Carrión algo más optimista?

Recrea el mundo nuestro, 1999, y es la realidad. Unos diez o doce años anterior a lo narrado en “Los muertos”.

[1999: creo que eso fue mucho antes del optimismo, pero no digo nada. Seguro que en breve tendremos más información al respecto. “Los turistas”aparecerá en el catálogo de Galaxia Gutenberg como cierre de la trilogía, y será dentro de unos meses].

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