Juan Carlos Márquez finiquita el mundo en “Los últimos”

Publicado originalmente en Blisstopic

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LOS ÚLTIMOS

JUAN CARLOS MÁRQUEZ

Salto de Página

8,9

184 págs.

14,90 €.

Santiago García Tirado

 

Por si aún no se daban por aludidos, la literatura a diario se empeña en recordar que el fin del mundo está ahí, acechante al final de algún fin de semana, o al fondo de un buzón vomitante de facturas, escondido tras un plebiscito, o en un virus tercermundista y letal. O. Recapitulemos: en los últimos meses han tratado el particular Jordi Carrión en “Los huérfanos”,Dave Eggers en “El círculo”, los doce relatos de “Mañana todavía”(AAVV, Fantascy), y a ellos hay que sumarles todas las aportaciones narrativas en materia de distopía, e incluso esa otra versión cotidiana de la literatura apocalíptica, el telediario. Bien, pues añadan desde hoy a Juan Carlos Márquez con “Los últimos” (Salto de Página), una novela de título parco que vuelve a enfrentarnos con el desasosiego del día después.

El relato parte de una breve pieza en la que, en coherencia con el estilo lacónico y nada especulativo de Juan Carlos Márquez, y casi como si de un fragmento bíblico se tratase, se consignan los hechos que dieron lugar, durante siete días, a un génesis inverso. Sólo quienes se hallaron a cubierto el día en que el sol se desintegró fueron capaces de sobrevivir, aunque más les habría valido perecer en ese instante. El empeño de estos relatos será demostrar que lo peor de llegar al fin del mundo es no darse por enterado y pretender, pese a todo, seguir vivo.

Presentado como una novela, el libro va armando sus diversos bloques a golpes de elipsis tan abruptas que igual se podría entender como un conjunto de relatos, a los que una tenue línea temporal y unos mismos personajes le otorgan la necesaria unidad temática. En una primera parte los relatos tienen la Tierra como marco espacial, y en la segunda ese marco se traslada a Marte, adonde llegarán los protagonistas tras un viaje de locura desde Cabo Cañaveral.

Juan Carlos Márquez vuelve a los Estados Unidos después de haberse ganado una buena sarta de reconvenciones con “Norteamérica profunda”(Salto de Página, 2012, sobre textos de 2003), precisamente por esa ubicación que no parece tener cabida en nuestra literatura. ¿Qué necesidad tenía, pues, de reincidir en la experiencia? Dilatemos de momento la respuesta, y tomemos nota de algunos detalles iluminadores. Nos encontramos en estos relatos con unos personajes que distan de ser americanos corrientes; más bien parecen traslaciones de los modelos que el cine de Hollywood ha ido consolidando en el imaginario colectivo: matrimonios fieles, hijos que se harán fuertes superando la ausencia de padres, militares pérfidos que penarán sus diabluras, vecinos de rifle fácil y ancho espíritu, aventureros natos aptos para todos los públicos. Más que por norteamericanos, la novela está protagonizada por actores que se disponen a vivir una aventura. Precisamente para que se produzca la aventura, el guionista (el autor) necesita arrancar la trama del plano real-prosaico y elevarla a un plano distinto, levitante y épico. Observemos cómo se concreta el escenario en el momento de huir por las calles heladas tras la muerte del Sol. Los protagonistas se van constituyendo como pequeño comando de resistencia, recogen víveres en un centro comercial, buscan una vía de salida. Así alcanzan el único lugar donde el ejército ha logrado establecer un punto limpio y a salvo de la corrupción, y ese lugar se halla nada menos que en el interior del Walt Disney World de Florida. No hay nada original en ese periplo que va de los hogares de telefilm al centro comercial, y de ahí al parque de atracciones, pero conviene aquí ponerlo de relieve antes de escuchar los anatemas de cierta crítica: ese itinerario derrocha ironía.  En efecto, lo que Juan Carlos Márquez quiere remarcar con estos detalles es que lo suyo es la ficción ficción. No un término medio, o una ficción asumible por nuestra tradición realista, sino una ficción pura, irónica, autoconsciente y, a ser posible, subversiva. Como si tratara de decirnos que no cuenten con él para cubrir esa deuda con el contexto inmediato que todo autor parece tener contraída con su tiempo. Como si remarcar la distancia fuese, en su caso, la mejor manera de poner en entredicho lo que aquí se considera una seña de identidad irrenunciable.

“Somos los buenos”, dice un protagonista cuando el grupo arranca de la desolación una última oportunidad para reír. Son un grupo de personajes duros, y aguerridos, y han encontrado unos patines en el centro comercial con los que deciden que la huida será más fácil. Se los ponen y echan a reír al unísono. No hay nada que añadir. Cualquier otra interpretación de estas escenas que no pase por asumir la ironía y la ficción pura, a la manera como se acepta en el cine, llevará a engaño. Y es ficción lo que encontramos en “Los últimos”, no el sagrado lugar del pensamiento en que la tradición crítica española parece poner el valor de toda literatura. Así leída, la obra parecerá llena de grandes momentos para el placer del lector. De otra forma, resultará decepcionante. Pero sólo faltaría que ahora también hubiera quien quisiera vivir literariamente por encima de nuestras expectativas. Frente a esa crítica de intenciones excluyentes, el mejor camino de los posibles es la pérdida del respeto, la insolencia. Y, en eso, Juan Carlos Márquez vuelve a dar pruebas de que es uno de los autores más duchos.

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