“Lo que a nadie le importa” es cosa de Sergio del Molino

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SERGIO DEL MOLINO

ABUELOS DE ESPAÑA. Publicado en Blisstopic

Texto y fotos de Santiago García Tirado

 

No amanecen héroes en la última novela de Sergio del Molino (Madrid, 1979). Lo que hay son tiempos y tempestades que lo anegan todo y, entre los restos, gentes que a duras penas levantan la cerviz por una bocanada de oxígeno. El escenario es España, ese diorama: ojos alicaídos de dependientes, señoras rozagantes, Celia Gámez y los maricones del régimen, el sagrado matrimonio, el caldo de cascarón, las ansias y las insatisfacciones, todas. No es difícil adivinar un impulso unamuniano en esta saga intrahistórica de familia gris; tampoco que hay mucho Umbral, y que con él vienen su Madrid y su poética. Pero a quien invoca la novela desde el principio es a Proust, y Sergio del Molino decide ser francés en su juventud, aunque tal vez se quede tan solo con la Francia de los libros y acabe por establecerse como un zaragozano que cuenta la vida de los suyos, de esa gente que se parece tanto al resto que, claro, a nadie le importa. Nos encontramos para hablar de su novela en la librería +Bernat, donde se ha hecho tarde y están a punto de cerrar y apuramos unas cervezas para facilitar que fluya la conversación. No estamos solos; en los anaqueles veo muchos ojos que nos miran.

 

Procedes del ámbito periodístico, y eso se evidencia en tu trabajo de selección de temas y documentación. En la novela relatas la vida de tu abuelo, pero necesitamos un marco interpretativo: ¿Cuánto se puede esperar de crónica en este libro?

Pues se puede esperar mucho, porque es lo que me han dicho, pero es una cosa inconsciente, y que he reflexionado después cuando ya veo el resultado, porque no soy autoconsciente, soy mucho más intuitivo. Creo que la parte de mi yo cronista se va a encontrar una especie de mirada distraída y una tendencia a mirar a los márgenes constantemente, que yo creo que era mi forma de enfrentarme al periodismo, un caminar intentando dejarte sorprender por lo que ocurra. Y este libro está lleno de meandros, de desvíos de la trama principal y desvíos del personaje principal, de cosas que me van sugiriendo y que me van llevando a otras cosas. Creo que eso tiene mucho que ver con mi pasado cronista. Y bueno, esto no sé si se lo va a encontrar el lector; eso me lo encuentro yo. Es mi necesidad de palpar y de sentir las cosas antes de poder convertirlas en literatura. Yo necesito pasarlas por el tamiz de mis sentidos para poder hacer algo literario con ellas, no puedo partir de una fabulación pura o de un material puramente intelectual. Necesito estar en contacto con lo que estoy contando, tener una conexión directa y ya casi física, y eso tiene mucho que ver con mi aprendizaje, o con mi pasado periodístico.

 

La escena es: una cama de hospital, tu abuelo, José Molina, la muerte próxima. Al acercarse su mujer, él la aparta en un gesto helador. No quiere nada de ella en su hora final. Y tú escribes: “Toda mi literatura se expande a partir de ese instante primordial”. No sólo novela, sino… ¿toda tu literatura?

Sí, yo creo que sí. Aunque yo me recuerdo con una vocación literaria muy fuerte desde que tengo uso de razón, siempre me he recordado queriendo ser escritor, no he querido nunca ser otra cosa, sí que es verdad que todo converge más o menos por esa época, cuando yo soy un chaval muy letraherido, muy tontorrón…

 

Con 16 años.

17, 17. Muy raro, muy idiota, muy lector, muy enamoradizo y muy diecisieteañero. Muy tópico y a la vez muy raro. Entonces, el impacto que causa esa frase en mí es la que me impele a narrar, a buscar, a tener la certeza de que detrás de esa aparente vacuidad de mi abuelo hay algo que se me escapa, que no logro entender. Y tengo la intuición de que, a través de la literatura, si no entenderlo, puedo acercarme a ello. Me parece que es el instrumento para explorar todo aquello que no me parece obvio. O sea, creo que es una intuición que tengo en ese momento, que luego desarrollo, intelectualizo mucho, pero que empieza ahí. Estoy hablando de que este libro tiene esa frase como eje, como big bang, como detonador fundamental, pero también es mi vocación. Ahí hay un momento de toma de conciencia, eso que dirían los marxistas de antes. Un momento en el que yo me doy cuenta de lo que soy, de lo que quiero ser, y de para qué quiero la literatura.

 

Ése es otro tema al que recurres en muchas ocasiones. En una de ésas, cuando saltas de tu abuelo a tu propia experiencia, dices que en tu juventud tenías asumido que había que ser escritor antes de escribir.

Sí, pero eso viene por mi talante vago. Sí, yo soy un vago vocacional, un vago desgraciado que ha trabajado mucho, y que se ha visto forzado a trabajar demasiado porque se ha equivocado mucho, pero mi verdadera vocación es la pereza. Entonces, para mí, encontrarme con que realmente para ser escritor había que trabajar muchísimo, algo me frenaba, me daba mucha pereza. Y en esa frase estoy jugando. Es un juego un poco irónico, un poco autoparódico, pero sí que estoy jugando con esa idea de que muchos escritores a lo que aspiran es a la vida de escritor, no a escribir. No les importa lo que es el trabajo literario, sino lo que hay una vez has hecho ya el trabajo literario, la vida que viene detrás. Estoy jugando con eso, porque a mí lo que me interesaba era escribir, pero era demasiado vago para emprenderlo, o tenía poco talento en ese momento. Es verdad que mitificaba, se trata de esa época romántica en la que mitificas, tenía figuras que no estaban de moda, o estaban a punto de estarlo, como Bolaño, gente que tiene la atracción épica del escritor, lo que creo que puede hacer daño a muchas vocaciones, porque puede llevar a muchos letraheridos a un malentendido sobre qué representa ser un escritor y llevar una vida inmersa en la literatura. Creo que yo estaba encerrado en ese malentendido, pero no por idiota, sino por vago.

 

En todo caso, ya existe un escritor antes de tus libros, ya hacías vida de literato.

Hay muchos así, hay gente que no llega a escribir nunca, o escribe por compromiso pero, vamos, ejerce. El libro es como una tarjeta de paso, como un rito que tienen que pasar antes de alcanzar eso, pero es una molestia más que un fin.

 

Analicemos el título: “Lo que a nadie le importa”¿Es irónico?, porque desde luego querrás que a alguien le importe tanto como para ir a comprarlo.

El título tiene varios niveles: por un lado es un mensaje a mi madre, que cuando yo le planteo “Uy, estoy pensando que voy a escribir la historia del abuelo, dándole vueltas a ver qué puedo sacar de ahí” ella me dice que no le va a importar a nadie. Me dice que estoy loco, que es una idiotez, que nuestro abuelo es una persona muy gris, que ahí no hay una historia, no hay literatura. Y yo intento hacerle entender a mi madre que la literatura no está en los temas, que no hay temas más literarios que otros, sino que todo está en las manos del escritor. Es el escritor el que decide que cualquier tema se puede convertir en literatura. Hay temas que en una sinopsis se presentan atractivísimos, y luego el escritor es incapaz de hacer algo con ellos; y temas aparentemente anodinos, que luego el escritor puede convertir en gran literatura. Yo intento demostrarle que puedo hacer que importe, todo es cuestión de un punto de vista, y ella lo está viendo desde el lado que no es. Y yo puedo reorientar su mirada para que pueda entender que la vida del abuelo puede tener su importancia y conectar con muchísima gente. Es, por un lado, un desafío personal. Y luego, el título esconde un juego de provocación y de sinopsis de lo que es el libro. Es una de las tesis que mantengo. Estoy contando la historia de unos personajes que no se consideran importantes. La Historia no les ha considerado dignos de mención y están al margen de todo, son seres marginales en el sentido más absoluto del término, aunque estuvieran perfectamente integrados socialmente. Incluso los escenarios son marginales. Son entes que no han importado a nadie. Por eso me gustaba, a pesar de que no era el primer título del libro.

 

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Sí, ahora recuerdo que en la propia novela comentas otras propuestas de título, como “El campo del gas”.

Es uno de los muchos títulos que ha podido tener, pero estaba desechado desde el principio. Eso forma parte de la historia secreta de los libros. La realidad es que yo no estaba nada convencido. Esta es una idea vaga que me vino, pero no llegó a estar en la mesa. Durante buena parte del proceso de escritura, en la carpeta donde trabajaba los archivos del libro (yo trabajo con muchísimos archivos, y mezclo luego mucho, hago un proceso un poco complicado de estructura) se llamaba “Lar”, y lo tenía como proyecto: “Lar”. No era el título, ni mucho menos, pero sí quería que tuviera esa cuestión de volver al hogar, a la figura de barro, a los ancestros… una cosa como muy romana, muy de la tierra. Entonces buscaba títulos en torno a esa idea semántica. Tuve un título provisional espantoso (porque ya me volví loco con los títulos), y cuando mandé el libro al editor lo hice con un título del que yo no estaba nada convencido. Le puse el título provisional en letras rojas, para que quedase claro que tenía mis dudas ante ese título que sonaba horrible, y la respuesta del editor fue la esperable: “Bien: el libro estupendo, maravilloso, pero el título no. Ni de coña. No”. Entonces hubo que cambiar y buscar, me obligó a replantearme todo el libro. Ahora estoy contento con el título. Creo que engarza muy bien con toda la explicación que te he hecho antes.

 

Esa reflexión tuya de que la literatura no está en el tema, sino que es la literatura la que acaba por someter a cualquier tema, me lleva directamente a Proust. Como escritor consolidado, ¿sientes, como el joven Sergio del Molino, que tu literatura parte de Proust?

Sí, por supuesto, aunque no creo que éste sea un libro proustiano. Y Proust está deliberadamente puesto, como casi todas las referencias culturales del libro, que vienen cargadas con pólvora, no son casuales, ninguna. Y aquí creo que puede haber un juego, y cualquiera que haya leído a Proust va a entender el juego de cariño y distancia que hay respecto a él. Es verdad que es arriesgado apelar desde la primera página a un grande como Proust. Él apela a un mundo aristocrático perdido, y yo no estoy haciendo lo mismo que él, aunque en parte sí, con un mundo antiaristocrático. Donde él lo que hacía era recuperar un linaje que estaba desapareciendo, y un mundo ya perdido, yo lo que hago es reconstruir, en un tono no proustiano, pero sí con la dignidad que tiene un linaje, algo que es un mundo diametralmente opuesto al suyo, con un concepto de belleza, de memoria y evocación radicalmente distintos. Hay una declaración de amor proustiano, intento situar mi obra dentro de esa órbita proustiana, porque a mí me interesa mucho. Desde el momento que estás en la memoria, la evocación, estás dentro de Proust, pero dialogando con él, no haciendo un ejercicio ni de imitación ni de superación, sino un diálogo. Y no sólo con Proust, sino con toda la literatura en la que ha influido Proust, que es mucha.

 

También hay mucho Umbral.

Mucho Umbral inconsciente. Sí.

 

Y mucho García Márquez. Lo veo en esa concepción de la literatura como algo que se crea y se degusta con placer.

Es que ése es el gran legado de García Márquez. Y yo, como hijo o nieto del Boom (y más hijo que nieto), tengo una relación problemática con el Boom, como creo que todos los autores de mi generación. Pero sí creo que uno de sus grandes legados es recuperar el respeto al lector y proporcionarle placer, que leer sea una cosa placentera, no una cosa antipática en la que se esté todo el rato intentando culpabilizar al lector, haciéndolo sentir incómodo.

 

Veo que te posicionas contra la literatura-tortura, que es la que se eleva a los altares de la “genialidad”.

Sí, pues yo no estoy en esa órbita, ahí sí que estoy con García Márquez, y aspiro a que la prosa sea placentera, aspiro a transmitir sensaciones, y eso también es muy proustiano. Y también es umbraliano. Umbral también era un adicto de Proust, era un lector empedernido, pero de los obsesivos en su juventud. Esto lo cuenta mucho en sus primeras novelas. ¿La influencia de García Márquez? Puede ser, yo no soy consciente de su influencia en este sentido. Las influencias uno no las elige, te vienen dadas, y las descubres mucho después cuando alguien te las señala. Yo soy un escritor intuitivo, vocacionalmente intuitivo, intento forzar la intuición todo lo que puedo, y en esa intuición se te cuelan las cosas, fraseos inconscientes de cosas que has leído y que están ahí, y que en otros autores quizá son buscados, y en mi caso son reminiscencias que me quedan. La de Umbral es mucho más consciente. Hay un pasaje largo de la novela que suprimí (yo suprimo mucho) en el cual hablo de la imagen de Madrid, de cómo es imposible ver Madrid porque está llena de literatura; un poco le pasa lo mismo a Barcelona. Me hace gracia cuando un autor quiere todavía escribir la gran novela de Barcelona: después de Marsé y Casavella, Barcelona está ya contada, no puedes mirar a Barcelona con ojos limpios, hay mucha literatura de por medio. Y a Madrid le pasa lo mismo, creo que en menor medida, pero le pasa. No puedes pasear por Madrid y ver Madrid, hay demasiada literatura que te lo impide, demasiados ojos ajenos que están ahí. Mi Madrid está contaminado de otros Madrides, y yo en ese pasaje lo que intentaba era ver cómo hago para quitar toda esa prosa, para desbrozarla, y ver la ciudad, y digo: no voy a ver la ciudad nunca, voy a ver los libros de la ciudad. Umbral es muy poderoso porque, para mí, el Madrid de los 50, de los 60, es Umbral, yo lo he conocido a través de sus libros. Cuando narro ese Madrid, estoy narrando el Madrid de Umbral, no estoy narrando otros.

 

Y ahora comienza a despuntar Zaragoza en mucha y buena literatura: en tu novela es protagonista, como lo es en obras de Manuel Vilas, o Ricardo Bosque.

Y está Miguel Serrano Larraz, que acaba de publicar en Candaya “Autopsia”, que es absolutamente zaragozana.

 

Pues llegados a Aragón, hablemos con todas las consecuencias. En la novela, cuando mencionas Aragón, dices: “No creo que exista una región en el mundo tan propicia a la épica y que la haya rechazado con tanta vehemencia”.

Sí, eso es curioso, y forma parte de su encanto, y de cómo se hace vivible. Las tierras cuyos habitantes son conscientes de su paisaje, y lo valoran demasiado, son lugares donde la vida acaba siendo asfixiante, acaban dejando poco espacio para la expresión individual y para la marginalidad. Sin embargo, los lugares más pasivos, o que viven más de espaldas a su historia y a su entorno, creo que son más vivibles para alguien con mi actitud, mi sensibilidad. Eso me hace atractivo Aragón: es una tierra que no tiene mitología, llena de paisajes extremos, con montañas altísimas y desiertos horrorosos, paisajes tremendos, sobrecogedores en toda su dimensión, y sin embargo parece que sus habitantes son indiferentes a eso. Eso me admira mucho, parece una virtud del lugar. Y es una ventaja poder tener a Zaragoza que, a diferencia de Madrid, apenas tiene una imagen literaria. Gran parte del éxito o de la atracción que tiene Josep Pla es que, en lugar de contar Barcelona (que la cuenta también), lo que cuenta sobre todo es el Empordà. Está cogiendo un territorio virgen. Es un lugar que estaba sin explorar, él lo conquistaba literariamente, podía hacer con él lo que quisiera, y podía crear un canon, una imagen. Y él era consciente, o tenía que serlo cuando ya su obra empezó a crecer, de que todos los que escribiesen después sobre el Empordà tendrían que ir a él. Iba a ser un referente, él iba a marcar el tono. Y los que tenemos la ventaja de emerger de lugares anodinos hasta ahora, podemos marcar el tono, podemos establecer un discurso, y un canon literario, y una imagen que luego, los que vengan detrás, van a estar obligados a dialogar con nosotros, para refutarla, o para confirmarla. Estamos investigando un territorio nuevo, y eso literariamente es muy interesante. Nos da oxígeno, no estamos asfixiados por autores anteriores.

 

Pues, aclarado ya el tono, los personajes, incluso el decorado, es hora de abrirnos a la novela. Y al personaje sobre el que orbitan los demás, incluso tus pasajes autobiográficos. ¿Tanto te marca la huella de tu abuelo?

Sí. Tajantemente, sí. Quizá no sea así en el caso de todas las relaciones de abuelos y nietos (no siempre es posible, por muchísimas razones, fundamentalmente biológicas) pero yo tuve la suerte de compartir diecisiete años con él. O sea, tuve la suerte de hacerme casi adulto con él, y tener una relación, si bien muy silenciosa, hecha de un afecto que un nieto impresionable percibe con mucha intensidad. Para mí, la relación entre abuelos y nietos es muy interesante, porque no está contaminada por el conflicto que puede haber entre padres e hijos; ahí hay una serie de conflictos que limitan mucho, no el afecto, sí las relaciones de interés entre unos y otros. En cambio, la relación de abuelos-nietos es catártica para ambos. El nieto no se da cuenta, a no ser que viva lo suficiente para entenderlo (lo que creo que es mi caso); y para el abuelo es alucinante. El abuelo está en ese punto en que ya tienes todas las certezas hechas, toda la vida vivida y revivida, y lo sabes todo, o crees saberlo todo, y tienes tu lugar en el mundo ya muy dibujado, y estático, y piensas que ya va a ser así hasta tu muerte, de repente te enfrentas con algo inesperado que te cambia tu posición en el mundo, te obliga a verte a ti mismo de otra forma. Es que mirarte en los ojos del nieto es ver una imagen distorsionada de ti, de alguien que no sabe nada de ti, pero a la vez lo sabe todo. Yo creo que es una catarsis muy grande para quien lo sabe disfrutar. Es una sensación inexplorada. Por mi parte, yo tuve esa suerte. Él murió y presencié su muerte en un momento muy impresionable de mi vida, en un momento cuando está cambiando todo y están pasando muchas cosas, y a mí eso me impacta mucho. Hay muchas cosas que me dejan en estado de shock, y he tenido que pasar mucho tiempo para poder digerirlo y para poder enfrentarme a ello literariamente, porque yo era incapaz, creo que era algo tan grande que superaba todas mis capacidades, creativas y vitales. He tenido que vivir un poco, y me han tenido que pasar cosas, y he tenido que aprender, y estar iniciado en un oficio, para poder tener las armas para enfrentarme, literariamente, a algo que a mí me venía muy grande.

 

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En el relato de su biografía arrancas desde antes de la guerra, y dejas entrar episodios cercanos al realismo mágico. Una de las hermanas de tu abuelo es disminuida psíquica, y tu bisabuela culpó siempre a su leche materna, alterada después de haber vivido un episodio de violencia de los anarquistas.

Es que de ahí bebe García Márquez, bebe de las mitologías familiares, del mundo rural, él decía (igual lo decía por decir) que él le debía mucho a su abuela gallega.

 

Luego, en esas primeras páginas, se abre el período de la guerra, y pensé que tu novela iba a hundir raíces en esa parte. La Guerra Civil, ¿te interesa literariamente, o vitalmente hablando?

Vitalmente hablando. Es un episodio del que me interesa lo que tiene sobre la vida de mi abuelo. Desde luego, historiográficamente está ya todo dicho, y literariamente quizá no esté todo leído, pero sí está todo escrito. Hay mucho escrito, y puede que sólo se haya leído una parte sobredimensionada del conflicto. Existen todos los puntos de vista, todas las formas posibles de abordar el conflicto. Hay muchas novelas olvidadas. A mí, literariamente no me interesa. Me interesa el impacto que tuvo sobre mi abuelo, el shock que recibe alguien como él. Sobre todo lo que tiene de presión social sobre una persona a la que le molesta mucho verse presionada. En un momento dado, en un momento de crisis, de guerra, la sociedad se ideologiza mucho, se crean muchos bandos, y obligan a todo el mundo a significarse. Y hay mucha gente, yo diría que la mayoría, que lo que quiere es vivir una vida lo más sosegada posible, y no es que no quiera significarse porque no tenga nada que significar, sino porque le incomoda el solo hecho de tener que significarse.

 

Es parte de la libertad que podamos intervenir o no en política según decidamos, no cuando nos exijan ser políticos.

Claro, igual sin presión lo serían. Igual yo me expresaba y militaba en algún sitio, lo que me jode es que me obliguen a ello.

 

Toda vez que en este país siempre se te impone que te decidas por un bando u otro, se trata de lo que se trate.

Es que es eso. Ahora creo que conecta mucho con la España actual. Creo que este país ha tenido un breve momento en el cual ha estado lo más cerca posible de ser un país habitable (finales del s. XX y principios del XXI), y ya se ha fastidiado, ya nada, se acabó, ya volvemos a ser patriotas, a gritar, a berrear, a la historia de siempre.

 

Y a mí me parece que tu abuelo trataba de refugiarse en su pequeña cápsula para soportar la locura exterior, que es una metáfora perfecta de lo que ha sido siempre el pueblo español.

Sí, el español creo que ha sido paciente y resignado: se resigna y sobrevive, no es más. No es que cree una burbuja… pues avanza, sobrevive, y ésa es la moral con la que se desenvuelve en la vida, la moral del superviviente. Mañana habremos amanecido vivos otra vez, pues habrá que agradecerlo, y ya está. Es todo lo más que puedes esperar de la vida y, encima, agradecido, porque te pueden matar en cualquier momento, en este país. Es una actitud resignada que viene de antes, no lo provoca la brecha de la guerra. La brecha de la guerra es un trauma muy grande que este país no ha terminado todavía de asimilar, pero creo que es una constante. Si revisas esto, son mucho más habituales, y mucho más largos, los períodos en los cuales el país está crispado y donde a la gente se le exige, y se le fuerza, que los períodos más o menos plácidos en los que los marginales pueden vivir tranquilamente y felices, sin que les anden pinchando. Yo no soy muy hegeliano, no soy del espíritu de los pueblos, pero si es verdad que hay un espíritu de los pueblos, está claro que el desasosiego permanente forma parte de aquí.

 

Esa actitud de política individual frente a la política general la focalizas en ciertos momentos, como cuando tu bisabuelo se queda sin trabajo, curiosamente, al llegar la República.

Es que me interesa mucho la gente que no tiene nada que celebrar cuando todo el mundo está celebrando algo. Eso es algo que me llama poderosamente la atención. Hay una expresión que a mí me repele, que es “Para todos los públicos”. Cuando veo eso, sé que yo no voy a estar ahí. Siempre digo: “Mentira, yo soy público, y esto no es para mí”. De los momentos de euforia, de unanimidad, de consenso, desconfío mucho, porque me fijo en la gente que no está en la fiesta. Esa gente estará jodida, probablemente por motivos ajenos a ella. Me interesan mucho los desubicados como actitud vital, y como personajes.

 

Es una propuesta original, la tuya. Rompes la linealidad del relato y lo vas jalonando de referencias en las que desde la experiencia de tu abuelo lo lanzas a lo que va a ser en el futuro tu propia vida.

Sí, la conexión entre ambos es evidente. Al final confluyen las dos vidas, porque es un intento de explicar mi vida en la suya. Hay una tesis al principio, que se desbarata luego, que es la tesis del libre albedrío, en la cual yo intento hacerme una identidad absolutamente libérrima, y al margen de  mis raíces, reniego de donde yo provengo y, conforme voy indagando y voy viendo la vida de mi abuelo, sobre todo voy viendo momentos en los que cobra conciencia de su fragilidad, como yo la he cobrado por los dolores que ha habido en mi biografía, veo que hay un núcleo intrínsecamente humano que nos une, que estoy muy ligado a esa historia. La estructura del libro son esos puentes a través de imágenes, de metáforas (y la textil es la más poderosa); intento, no sé si cinematográficamente, con imágenes que en cine serían raccords, pasar de una biografía a otra, y al final las dos confluyen. De la tesis del libre albedrío y de la huida, al final hay una conciencia del destino, un tema literario anticuado, prácticamente abandonado por todos, que yo creo que convendría recuperar en clave laica.

 

No entiendo, ¿sería algo como azar?

Sí, incluso como determinismo genético. Si lees ciencia, te das cuenta de que la ciencia cree en el destino. Es verdad que tradicionalmente el destino ha estado ligado a Dios, y Dios ahora no tiene ningún sentido, lo matamos hace mucho, en la literatura al menos.

 

Debió languidecer de pena.

O se murió olvidado, sí, es verdad. Creo que una idea laica del destino a la generación de mis padres les parecía una aberración antidemocrática, pero tiene muchísimas posibilidades. Nos hemos precipitado al abandonar la idea de destino, porque tiene muchas implicaciones, y creo que además ayudaría a reconectar la literatura con las grandes corrientes intelectuales. Creo que ése es uno de los problemas de la literatura, que se ha desconectado. No sé si era Ovejero (lo leí en extracto) el que en un ensayo sobre arte contemporáneo en Galaxia Gutenberg hablaba de cómo hay una divergencia tremenda entre el arte contemporáneo y el pensamiento duro de la Física, por ejemplo. Mientras la Física ha avanzado muchísimo y ha hecho una aventura intelectual tremebunda, nosotros llevamos cien años debatiendo sobre un retrete. Claro, hemos perdido. Necesitamos ideas potentes para volver a reconectar, para volver a recuperar el tren perdido. La literatura tiene que plantear desafíos intelectuales desde su emotividad, y desde sus armas, que son las emociones. Tiene que estar ahí, para eso necesitamos ideas poderosas, no ideas naífs; si no, estaremos hablando de retretes y ya está, mientras los científicos miran el Big Bang.

 

Me has tocado un tema por el que tengo debilidad: la vena creativa es importante, pero también la indagación. Uno en Filología solo estudia lo muerto y lo caduco, eso es el súmmum. El futuro no es tema de estudio, ni casi lo es el presente.

Sí, es un asunto de ambición intelectual.

 

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Hay en el texto una línea melódica que va y viene, como en el jazz.

La estructura de jazz para las novelas procuro imitarla mucho. El tema de la improvisación, el tema que vuelve otra vez, esa cosa be-bop me gusta mucho, le da mucho aire a las novelas.

 

Lo haces de forma inteligente, porque casi siempre lo usas en referencia a elementos culturales: Ava Gardner, Celia Gámez… parece que ahí está la plasmación de lo que dices, que la cultura tiene que estar en consonancia con su momento.

Claro, establecer un diálogo cultural, meter las referencias culturales con naturalidad… forma parte del paisaje, y así las trato. Para mí un libro no es una experiencia desligada de la vida, no es algo que yo pueda apartar, forma parte de mi vida, es una experiencia que yo siento y así la incorporo, todo lo que viene por mis sentidos forma parte de eso y procuro que se integre con mucha naturalidad. Son referencias que juegan con el lector, y hay unas más obvias y otras muy encriptadas que no todos los lectores van a ver, pero yo aspiro a que no les molesten a los que no las vean; y los que las vean, que las perciban como una nota que son capaces de reconocer, y que les premie un poco. Me interesa salpicar las novelas, pero no como un juego esnob, sino como parte esencial de lo que se está contando.

 

Volvamos a José Molina, el protagonista. ¿De verdad tuvo esa relación extraña con tu abuela?

Sí, extrañísima. O no tan extrañísima.

 

Desde luego, tampoco tú transparentas una simpatía especial por tu abuela.

No, nadie sentía una simpatía especial, era un mal bicho. Era divertida si no la sufrías. Puede ser muy rara, o puede ser muy normal. Forma parte de la historia de los matrimonios desgraciados. A mí lo que me extraña es la idea de compromiso que manejaba mi abuelo. No se podía divorciar, aunque podía haberse ido a por tabaco, como se iba mucha gente. Él se iba a por tabaco, pero volvía. Y a mí eso me extraña, esa conciencia de que eres muy desgraciado pero no haces nada por cambiarlo, desde la perspectiva actual me parece un planteamiento vital muy exótico. Y fueron muy desgraciados.

 

Esta obra, como la anterior, parece insistir en tu vocación cronística. ¿Va a seguir Sergio del Molino en esa línea?

En el corto plazo, sí. Es arriesgado hablar de “mi próximo libro” cuando ni siquiera me he sentado a escribirlo, pero mi intención es incluso ahondar más en la vertiente cronista de mi narrativa. Esa es mi intención hoy, pero hace tiempo que aprendí a no hacer planes porque son el camino más corto al fracaso. Además, prefiero que sean mis libros quienes formen mis ideas estéticas y no al revés, por lo que estoy muy abierto al desvío y a tirar a la papelera proyectos incluso trabajados. Ahora mismo, me gustaría mucho escribir un libro del que tengo ya cierta idea formal y estructural, y sería un libro con muchas deudas periodísticas. Pero quizá dentro de un mes me suceda algo en la vida que cambie por completo esas intenciones.

 

Por cierto, que esa vocación realista no resta ni un ápice de fuerza al empeño lírico que llena la obra. Aquí hay sentimiento, mucho, y explícito. ¿Te da miedo ese exceso de emoción en tus obras?

Me da miedo que no se exprese adecuadamente, que parezca una caricatura. Soy un tipo sentimental, me importan mucho las emociones. Como lector, no busco sólo una experiencia intelectual, sino una reacción emocional. Leo para sentir, no sólo para pensar. No me da miedo el exceso de emoción, sino no saber manejarla, de la misma forma que a un artificiero no le da miedo el explosivo en sí, sino que explote por su impericia.

 

Pongamos un ejemplo: “La hora violeta”. ¿Volverías a escribirla tal cual la diste a la imprenta? ¿Qué evitarías en una hipotética versión nueva?

La sola idea de plantearme escribir ahora “La hora violeta me provoca malestar físico. No, rotundamente, no. La hora violeta es un libro surgido de un momento y un estado de ánimo. Es así porque se escribió así. Ahora sería muy diferente. Pero si lo que me preguntas es si me arrepiento de algo de lo que puse en él, te responderé que sí: cierta tendencia a la autojustificación. En varios momentos, La hora violeta intenta pedir perdón por existir, metaliteraturiza su discurso para adelantarse a la pregunta del lector: “¿Por qué me cuenta esto este tipo?”. Aquello fue una debilidad. Comprensible, pero debilidad. Hoy estoy convencido no sólo de que los libros no deben pedir disculpas por existir (ni los autores por escribirlos), sino que la pregunta es una gran impertinencia en dos sentidos: además de una grosería, está fuera de lugar.

 

Para terminar, permíteme que vuelva al título otra vez. He visto que la palabra “importante” y otras de su familia léxica se repiten 34 veces; siempre aluden a detalles cargados de significación. Te propongo un test: a partir de cada frase, di qué te viene a la mente como autor:

“Era importante asilvestrar a los niños, como si los niños de los Molina Bueno necesitasen más tiempo de maduración, en unas condiciones más extremas, al igual que los buenos embutidos”.

Esto es casi psicoanalítico. Veamos, doctor: yo creo que aquí se manifiestan inconscientemente ciertas obsesiones pedagógicas mías. Me debato entre un intervencionismo radical en la educación de los hijos y las virtudes del desapego y de que descubran el mundo por sí mismos. Creo que me estaba preguntando algo a mí mismo cuando escribía esto. La metáfora fiambrera es marca de una casa amante del buen jamón.

 

“Pilar vivió hasta los dieciséis años. Murió durante la guerra, cuando la muerte ya había dejado de importarles a todos”.

Me fascinan los dramas que pasan inadvertidos en medio de las grandes tragedias. Esas cosas terribles que suceden cuando todo el mundo está mirando hacia otro lado. A veces siento que siempre estoy fijándome en una esquina que no le importa a nadie, que miro en la dirección equivocada, que estoy más pendiente de la grada que del partido.

 

“Tras el verano de 1936, dejó de importar todo lo importante”.

Expresa una paradoja: una guerra es una cosa grave que no permite pensar en nada más. Frente a ella, todo es trivial. Incluida la vida, por supuesto, y esa es quizá la gran secuela que dejan las guerras: los muertos se lloran y su ausencia se calma, las heridas se curan y las ciudades se reconstruyen, pero queda en el ánimo de la gente una cierta insensibilidad, una indiferencia hacia lo bello y lo pequeño y lo íntimo, de la que se tarda mucho en recuperarse. De la guerra sobrevive gente dura, con coraza dura, de sensibilidad más que áspera.

 

“Las uñas como frontera de todo lo importante”.

Quien no ha sentido mundos ardiendo dentro de su cuerpo, quien no ha sentido alguna vez una indiferencia totalitaria por todo lo que no estuviera dentro de su piel, no ha vivido. Les compadezco.

 

“Lo que yo he vivido y lo que mi abuelo se empeñó en vivir es antihistoria que a nadie le importa”.

El título haciendo su cameo en el texto, ese momento que todos los lectores esperan con una sonrisa. Por un instante, hasta el lector más sofisticado se convierte en ese niño ingenuo de “Cinema Paradiso”.

 

“En el lar cabe todo. Es importante, el lar”.

Una revelación. No se puede explicar. Sólo cabe la enunciación. Son certezas irracionales, como el amor rabioso que siente un padre ante su hijo pequeño dormido en la cuna. Verdades que lo son porque así se sienten, más allá de cualquier racionalización.

 

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