El bandido (de nuevo) adolescente

Ramón J. Sender, reeditado

EL BANDIDO ADOLESCENTE

En el año en que Sam Peckinpah estrenaba Major Dundee y Sergio Leone La muerte tenía un precio, Ramón J. Sender irrumpía en el género del western con una novela que recreaba la vida y muerte de Billy the Kid. Corría 1965, el western ya había dejado atrás su apogeo y se acercaba a la hora crepuscular, en los kioskos los incondicionales seguían proveyéndose de novelas de Zane Grey, y en Italia y España eclosionaba esa versión autóctona del género cuyos seguidores habrían de ser legión. La novela de Sender se tituló El bandido adolescente, y enseguida tuvo un éxito sonado. Acaba de ser reeditada, revisada y puesta en limpio, por Contraseña editorial. Y sí, pese al correr del tiempo, se mantiene en forma.

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La nueva edición se abre con un prólogo a cargo de Fernando Savater, que diserta en torno a la figura del aventurero en sentido amplio. Si la narración es connatural a la evolución humana, dice allí Savater, la narración de aventuras es el modelo textual por excelencia de toda otra narración. Y así es como define El bandido adolescente, cuyo protagonista es aventurero en el sentido de que asume el riesgo y rompe con la grey (o sea, es egregio por elección), aunque reniegue de la vocación del héroe. Sin ocultarse, haciendo valer una ética propia, Billy the Kid será un modelo acabado de justiciero, “ese brazo del instinto social que precede históricamente en todos los pueblos al establecimiento de alguna clase de orden jurídico ―dice Ramón J. Sender; y añade:― El rifle hacía la ley y a veces la ley era casi razonable”. Con conclusiones discutibles, envites polemistas, no cabe duda de que el texto de Savater es un aliciente añadido para enfrentarse al Kid en pleno 2015.

Es un tipo peculiar de biografía la que construye Ramón J. Sender. Para empezar, se toma la licencia de recrear escenas y diálogos, no gratuitamente, es cierto, sino basándose en lo que dicen textos anteriores como la crónica escrita por el propio Pat Garret, y no menos en la tradición viva entre los mexicanos del Sur de los Estados Unidos. Refranes, dichos populares, modismos mexicanos son puestos  con naturalidad en boca del Kid, de quien se recuerda una vez y otra que hablaba con fluidez el español y de hecho tenía más cosas en común con los mexicanos que con los yanquis. Si se añade a ello un ritmo intenso, una ambientación justa y la construcción de escenas al modo cinematográfico, es fácil entender el logro de Ramón J. Sender al amoldar el western al gusto español. Y dentro de una tradición como la nuestra, tan elusiva con todo lo que suene a acción.

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No volvería Sender a la crónica basada en una biografía. Fue un impulso dentro de su larga trayectoria narrativa, el que va desde 1964 a 1965, del que salieron dos obras bárbaras: La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (otro relato liminal) y El bandido adolescente, de la que hemos hablado. La segunda es sin duda una obra mejor trazada, que nunca se le va de las manos. Fíjense, si no, en ese epílogo donde irrumpe el propio autor viajando por las localizaciones del texto, escuchando aquí y allá a gente que pretende mostrarle la auténtica calavera del Kid. Es un cuadro que funciona como cierre narrativo perfecto. Aparece allí un último testigo de los hechos del Kid, hombre ya muy viejo, que se presenta ante Sender para confirmarle de primera mano dónde estuvo enterrado el pistolero y qué fue de su calavera. Soberbio. Ramón J. Sender se ha guardado la carta muy sagaz, y da un golpe de mano para confirmar la autoridad de su narración. Es una especie de premio para quienes han sabido permanecer hasta el final, mientras otros se iban de la sala nada más aparecer la lista de créditos. Entonces es cuando sabemos que hemos hecho bien en recuperar esta versión de la vida y milagros de Billy the Kid, aka. El bandido adolescente. El western sigue siendo apto para hurgar en el hipotálamo, activando el viejo recuerdo de cuando vivíamos a la intemperie y nos arrastrábamos entre el polvo, cuando sólo los fuertes perduraban y a nadie se le había ocurrido aún nada parecido a la heroicidad.

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