Diseccionando la existencia en la poesía de Elías Gorostiaga

TIERRA DE INVIERNO

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Publicado en Blisstopic

Elías Gorostiaga escribió en 1994 un poemario a partir de sensaciones ligadas al mundo rural leonés que ya no habitaba. Escribió el poemario en Barcelona, no lo publicó. Veinte años después esa obra sale a luz cuando ya no existe el Elías que la anduvo rumiando ni tal vez el mundo que allí se canta. Hablamos, pues, de un libro que no es de ahora, y que ni siquiera reconocería como autor al mismo que hoy lo presenta como suyo, lo que nos puede llevar a considerar en alguna medida el libro como un ectoplasma capturado y exhibido a su pesar. O como la calcificación de unas emociones y de un espacio-tiempo que han logrado salvar el lapso de veinte años sin las consecuencias asociadas normalmente a ese paso. El libro acaba de ser publicado por Playa de Ákaba y se titula “Tierra de invierno”.

Desde un planteamiento ontológico, cada poema rastrea en busca de sentido en el diaporama de la vida rural: las casas de piedra, los aperos de labranza, los nombres muertos de cosas que se esfumaron, los verbos que dejaron de ser útiles años atrás. Hay algo también de balada a un mundo acabado, algo que se complace en la nostalgia, eso es evidente, pero creo que hay por encima de todo un ejercicio de indagación acerca del ser. “Cuando se han ido todos”, dice el primer verso,

“¡qué negra es la piel de los árboles cuando se han ido todos!”. El poemario comienza con un verso que inequívocamente funciona como premisa: la soledad se exige como condición para la búsqueda del sentido. Luego, sin más ropaje que el propio instinto de conservación frente al medio, el poeta enfrentará al lector con un ejercicio de verdad, bajo la forma aparentemente inofensiva de un viaje al pasado. Y es curioso, porque en ese trance el tiempo que abunda en los poemas es el presente, y la sensación que más se repite, la de que “Ninguna luz es capaz de alumbrar tanta oscuridad, ni tanta desazón”. En esos pasajes Elías Gorostiaga dibuja imágenes que podría firmar el mismo Solana: la mujer sola, ciega y sorda que conversa con la noche, la vieja atormentada de recuerdos, el frío que todo lo inocula y mata, los perros que ladran a la noche, los furtivos que pescan barbos en las pozas. En esa indagación poética la conclusión a la que parece llevarnos es que “Nada es posible esperar bajo las nubes grises”. O peor: que “Nadie puede soportar siete veces el silencio sin convertirse en tierra”. El mundo muere porque, pese a nuestra ridícula soberbia, morimos paulatinamente cada día (lo dijo Quevedo, lo dijo S. Pablo), y eso es lo que proclama el invierno que todo lo atraviesa, lo vivo tanto como lo inerte.

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“No es visionario, sino atmosférico”, dice Luis Artigue en el prólogo de este poemario. Sin embargo, “Tierra de invierno” no se deja explicar como mero grabado de una era perdida. También interpela, confronta, actualiza, urge: “Es la preocupación (…) crecer antes que el frío enyese los campos del invierno”. Y esa intención apelativa viene reforzada por la aparición a mitad del libro del verbo en futuro: “Habrá risas asesinas”“los pechos se hincharán de humo negro” (Poema XIV) por tanto “Ten cuidado” (Poema XV). Como es sabido, el futuro es el tiempo del tú, el adecuado a la apelación, al mandato. Ésa es la razón por la que el libro acaba con la mirada puesta en el día después, cuando formula el envite al debe responder el tú lector: “Recuerda, ya es marzo”. Pese a lo que ha sido el poemario, ese último grito no logra reprimir un latigazo de optimismo.

Gamoneda y Julio LlamazaresMedardo Fraile y Claudio Rodríguez: son muchos los autores que tal vez transiten estos versos, donde también se recuperan palabras del terruño (garlonear, atolladas, mechinal, zades, sebe, lavijas) y se recrea un mundo mercurial. Con todo, Elías Gorostiaga ha logrado una voz y un enfoque propios dejando fuera la saudade y proscribiendo la resignación. Eludiendo tópicos, en suma. Por todo ello está bien que haya regresado ese poeta que fue Gorostiaga a la altura de 1994. Sólo falta que el Gorostiaga de ahora se decida por fin a explicarse y explicarnos qué fue de toda esa elipsis de la que no tenemos noticia, que abra de nuevo versos como surcos y vaya descubriendo cuánto queda bajo su piel de aquel Gorostiaga que en León temía al invierno. Si es que ha aprendido a transitar los inviernos sin hacer caso del dolor, si se ha resarcido del óxido que lo envenenaba todo, si es que ya dejó de buscar restos de sentido entre los muros sordos, o si ha asumido su siglo urbanita y viajero. Y, sobre todo, si se atreverá a hablar de todo ello en algún momento en otro poemario que ya esperamos.

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