10:04, de Ben Lerner

10:04, Ben Lerner llamando a la Tierra (de nuevo)

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Una novela que se nombra con formato de hora digital sólo podía apuntar como tema al Tiempo, y al Tiempo como pueda ser explicado a la altura de nuestro 2015. Hay que añadirle a esa presunción una segunda sospecha que surge una vez transitadas las primeras páginas: que acaso pueda no ser novela lo que tenemos entre manos y acabe siendo lo que parece, una crónica real de unos hechos en los que el narrador-protagonista y a veces narrador-testigo comunica una experiencia de vida definida por una edad (la treintena) y unos retos problemáticos, en un mundo (el americano-globalizante) que ejemplifica como ninguno la aceleración de la Historia, con su proliferación de interrogantes y/o amenazas. Si sumamos a la ecuación el detalle de que 10:04 es también la hora a la que Marty Macfly deberá esperar el rayo que lo devolverá a 1985, tal vez podamos sugerir otra conclusión: que lo que el autor se propone con esta obra es confundir deliberadamente la ficción con algo que ni siquiera es lo contrario, y que ése debe ser el intento de un artefacto literario en la actualidad. La propuesta es de Ben Lerner (Topeka, Kansas, 1979) y la acaba de publicar en España de la mano de Reservoir Books. Como pueden observar, es un tipo que asume riesgos, y en la misma medida los propone como experiencia literaria. La novela admite también una lectura al descuido mientras uno se deja mecer por el vaivén de anécdotas pero, sinceramente, no la recomiendo.

 

El Tiempo, decíamos. De un lado, el tiempo narrativo; del otro, la condición Tiempo que fluye sin freno y de la que se dolía Heráclito. El primero aparece enmarcado por dos momentos en los que acechan la ciudad de Nueva York sendas amenazas de tipo meteorológico. El detalle no me parece menor. Todo en la obra parece hallarse siempre al borde de la zozobra, no hay solidez a la que recurrir mientras los hechos mutan caprichosamente y el autor poco o nada puede hacer por enderezarlos. La dimensión Tiempo, por su parte, cobra visibilidad en el momento en que el autor y una amiga deciden asistir a la proyección de “El reloj”, la obra de Christian Marclayen la que a lo largo de 24 h. va pasando un collage de escenas cinematográficas cuyo punto en común es la presencia de un reloj en algún momento, y que se hace correr en sincronía con el horario real del público que esté en la sala. Habrá posteriormente multitud de referencias a la obra de Marclay y no menos a la condición fugitiva de todo cuanto rodea lo humano. Y de lo que no hay forma de zafarse. El libro se abre y cierra con una cita atribuida a Walter Benjamin que afirma: “Los jasídicos cuentan una historia referida al mundo que vendrá según la cual todo será tal y como es (…). Todo será como es ahora, sólo que un poco diferente”. En el devenir de la novela, el resto de componentes, el discurso a ratos hilarante ―esa hipocondría tan Woody Allen, la paternidad frustrada―, a ratos de corte social, brillante casi siempre y sembrado de ideas que acaban por convertir la lectura en una provocación continua irán engordando la narración con sucesivas sorpresas, eso sí, ninguna de mayor rango que esa consideración del Tiempo que comentamos. Por lo que he podido inferir de ciertas reseñas, algunas lecturas consideran que en esa narración chispeante de un año en la vida del autor se condensaba todo lo interesante de la novela, que poco más podía salvarse. Y es cierto que existe ese riesgo, el de deslizarse por la sucesión de anécdotas y el efecto adictivo del relato sin prestar atención a detalles mayores. Cito algunos más: el juego metanarrativo, con el que la novela logra momentos memorables; a menudo el narrador se dirige al público, y en ocasiones marca distancias entre su condición de  la voz narradora; abundan también las reflexiones en torno a la poesía ―Lerner se considera, ante todo, poeta―, y no se detiene incluso al valorar la obra de sus contemporáneos ―Ashbery, Bronk―. Todo resulta, como se puede imaginar, en un relato abierto, mutante, con alta capacidad seductora pero que en ningún momento se complace en un ejercicio huero. Si en ciertas ocasiones pudiera sospecharse que su objetivo es el mero entretenimiento, en conjunto no se puede dejar de apreciar las razones que nos permiten considerarlo alta literatura.

La obra comparte clima y modos de ejecución con la anterior, “Saliendo de la Estación de Atocha”, otra novela que produjo una recepción tibia entre nosotros, mientras fue ampliamente alabada en Estados Unidos, donde fue finalista del National Book Award. Es imposible no reconocer el talento narrativo, la desbordante curiosidad e inteligencia de Ben Lerner a poco que se lea un puñado de sus páginas, y “10:04” alberga detalles objetivos suficientes para sugerir grandes cosas. También para temer. En obras próximas Lerner tendrá que demostrar que sabe modular su estupenda capacidad narrativa para no repetir de nuevo una fórmula que le ha ido bien, pero a la que no puede constreñirse como creador. Aunque dudo que en adelante decepcione. En su obra poética ―la reseñamos meses atrás en Blisstopic― ha mostrado una evolución continua en busca de una voz y una mirada propias con las que ha logrado el respeto de sus colegas, y creo que lo va a conseguir de la misma forma con su obra narrativa. No le escasean temas, estrategias, inteligencia.

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