Nere Basabe se asoma a los estragos de la crisis

EL LÍMITE INFERIOR
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En “El límite inferior” Nere Basabe (Bilbao, 1978) encuentra en la debacle moral que ha supuesto la crisis la ocasión para retornar a un enfoque existencialista muy S. XX. Arranca la novela con muy pocos elementos, aunque bien ideados, y logra dar forma a un ecosistema autosuficiente en el que abunda lo tortuoso, como corresponde. Son: un paisaje (La Solana), una meteorología violenta (la gota fría mediterránea), un tiempo extraño (el boom inmobiliario ante el inminente estallido de 2008), y tan sólo cuatro protagonistas: la pareja que emboca el naufragio (Víctor y Valeria), un artista gallego y huraño (Breogán) y una francesa poco comunicativa (Brigitte) que ha hecho del pueblo su última frontera. Dividida en dos partes, tituladas “Los vientos” y “Las mareas”, la novela crea los circuitos adecuados para que las fuerzas agazapadas en ese inventario sean desatadas con consecuencias imprevisibles.

La Solana es un lugar ficticio y es a la vez un lugar ubicable en el Sureste español, donde el boom inmobiliario campa por sus respetos en pleno 2005. Parece haber en esa decisión de la autora un cierto eco de otro éxito reciente, “En la orilla”, del desaparecido Chirbes, aunque no menos de Houellebecq, de quien la narradora cita “Posibilidad de una isla”. Sucede que La Solana es pueblo y es casi una isla, apenas unida a tierra firme por un estrecho brazo de tierra que atraviesa la carretera. La fuerza simbólica de un escenario así concebido es evidente, y refuerza la sensación opresiva que persigue el relato, sin embargo admite alguna objeción. Me pregunto por qué se decide la autora por un escenario no existente, ¿simplemente por esa búsqueda de lo pretendidamente universal que tanta polémica crea entre novelistas? A priori considero mucho más efectivo ―frente a la extendida costumbre de la literatura anterior― recurrir a lugares reales, ubicables, algo de lo que poder disentir o amar con la intensidad que permite aquello que posee rostro reconocible. Es cierto que Chirbes hace algo similar con su “Misent” de “En la orilla”, pero es que Chirbes es también en muchos sentidos literatura anterior, interesante aunque de sabor viejuno, y dudo que sea esa senda la que esté buscando una autora joven como Nere Basabe, que se debe a otra sensibilidad.

Los personajes, por otra parte, constituyen un logro interesante de la novela. Qué duda cabe de que no resultan estridentes, al contrario, parecen modelos comunes, sin embargo cumplirán sobradamente con su papel como vehículos de las tensiones que inquiere la novela. Si Valeria y Víctor son una pareja sin originalidad, aburrida de sí misma y al borde del precipicio pese a disfrutar del éxito económico, es porque Nere Basabe busca en esa pareja estándar el objeto sobre el que ir probando una buena cantidad de finos alfileres. Son los chicos de las uves, los rostros repugnantes que sonríen en redes sociales donde no se empachan de hacer público su vacío existencial ametrallando a los amigos con sus fotos sonrientes. Por otro lado las bes, Breogán y Brigitte, serán los encargados de hilar tensiones más complejas entre el resto del elenco, comenzando por la propia pareja de uves falsas: Breogán llevará en su moto a Valeria cuando necesite un teléfono; Brigitte se encontrará con Víctor en el bar del hotel y sufrirá un déjà vu preñado de posibilidades. Darán mucho más juego las bes: a su papel de antagonistas se les sumará el de puerta para otros temas diversos de los que surgirán algunos de los mejores pasajes del relato. Si Breogán no es más que un animal sexual a ojos de Valeria, en su soledad se revela como un tipo atrabiliario en lucha consigo mismo tratando de dirimir su capacidad como artista. Si Brigitte es objeto del deseo para Víctor ―y para algunos más que la cortejan a través de los chats de internet―, para sí misma es un fracaso de madre con cuya conciencia está condenada a (mal)vivir. El accidente, del que tendremos noticia a mitad del relato, aportará la energía suficiente para que esas relaciones de las que he hablado terminen de provocar una suerte de ciclogénesis explosiva entre los protagonistas, un detalle que parece también sugerido por Chirbes ―y en no menor medida por el Norman Mailer de “Los tipos duros no bailan”―. Es en este conjunto de fuerzas en movimiento donde se halla el mayor logro de la novela: Nere Basabe ha dado con la climatología adecuada para una obra que quiere hurgar en las razones y los vacíos que definen una existencia.

La novela resultante de todo este juego provoca un efecto similar al de un cuento, por concreción e intensidad. Parece que la autora quiera mostrar unos personajes que tendrán que decidirse para lograr su condena o su salvación, y todo deberá resolverse en un período de tiempo limitado con resultado de foto fija, justo como quería en sus cuentos Cortázar. Se distancia del cuento propiamente dicho por el fraseo elegido, que impone una disciplina mucho más analítica, con períodos oracionales largos y muy quebrados que acaban poniendo en el texto una carga extra en momentos cuando la temática parecería requerir una cierta aceleración. Dicho fraseo llega a ser por momentos una trampa para la voz narrativa, que se empeña innecesariamente en tutorizar al lector, guiarlo y ponerle al alcance las claves para la comprensión del relato. La consecuencia es que encontramos pasajes en los que la polisemia necesaria en un texto literario queda neutralizada, y la función del lector se limita a la de un mero degustador de frases, su libertad se coarta y se restringe a la postre el efecto artístico. Entrará ese efecto en sus planes o no, lo que es innegable es que Nere Basabe resuelve las distintas líneas de fuerza de su relato para acabar con un cuadro final en el que todo parece felizmente atado, aunque al lector le pueda caber la queja de que sus derechos sobre el texto no han sido del todo respetados. La foto fija que permanece al final, mientras el aire sigue oliendo a rueda quemada tras la marcha de Víctor y Valeria, es similar a la que abría el relato. Ahora sabemos que nada progresa. Los hechos narrados, que parecían anunciar una pequeña fisura en el curso del tiempo, no han sido más que un paréntesis en la historia de La Solana. Una vez cerrado el cuento, retorna la cotidianidad, la murria de la vida, el movimiento letal de los relojes. Al fin todo es nada más que existencia, y duele. De eso habla un título opaco como “El límite inferior”, por cierto otra de las gratas sorpresas con las que Nere Basabe ha sembrado esta novela que es, desde ya, firme candidata al ránking de lo mejor del año.

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