Neverhome, Laird Hunt de nuevo en la Guerra Civil

NEVERHOME (ELLA ERA MÁS FUERTE)

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Laird Hunt (Singapur, 1968) no es nombre habitual en la lista de escritores americanos de primera fila. O no figura de momento entre la nómina de autores a quienes un moderno que se precie deba rendirle pleitesía. Me gusta que así sea. Hace mucho más simple zambullirse en sus libros y bucearlos hasta el éxtasis. Espero que tarde en generarse el cafarnaúm que comporta la fama, ese citeo irritante de los modernos que giran sobre cada nombre nuevo como derviches para la nada. Laird Hunt es fantástico así, todavía a medio diseñar como producto Made in USA. Hace un par de años Blackie Books se atrevió con él cuando nadie lo había oído en esta parte del mundo y editó “La benévola”, una joya. Ahora vuelve con “Neverhome (Ella era más fuerte)” cuando apenas lleva unos meses de recorrido en los Estados Unidos y nada asegura que vaya a ser una inversión lucrativa entre nosotros. Sea como sea, en Blisstopic amamos las cosas buenas y mucho menos la economía, por eso celebramos esta nueva apuesta atrevida. Y como verán a continuación, la literatura está de nuestra parte.

La esclavitud en los convulsos años de la Guerra Civil americana vuelve a ser el trasfondo elegido por Laird Hunt, como ya había hecho ―con un enfoque inédito― en “La benévola”. De nuevo aquí es una mujer la que lleva el peso de la narración, y de nuevo es ella la que se verá obligada a desentrañar las claves de un mundo duro, animalizado, el mundo liminar de unos Estados Unidos a toda máquina hacia el estatus de primera potencia mundial. Constance Thompson plantea a su marido que uno de los dos debe ir a la guerra por la defensa de la civilización, y que es ella quien se debe enrolar en el ejército porque, simplemente, es la más fuerte de los dos. Para no levantar sospechas, se caracteriza como hombre y se hace llamar Ash Thomson, un tipo que se presentará como natural de Darke County, Ohio. La novela arranca así dentro de un marco de idealización histórica, done la guerra es justa, la nueva república libre exige el fin de la esclavitud, y Ash Tompson no tardará en convertirse en Galante Ash, el prota de una balada que media América cantará, cuando después de encaramarse a un árbol arrope a una joven virgen que ha perdido la camisa en un arranque de emoción patriótica. Es el cuadro perfecto para poner en marcha un relato que necesitará de esa imagen para paulatinamente elaborar otra donde lo que abunde sea su opuesto: el embrutecimiento, la ausencia de piedad. La voz de la madre muerta acompañará a Ash/Constance para que no decaiga, y en ocasiones la dimensión humana se sostendrá sobre una cita de Marco Aurelio, pero siempre con un apoyo escaso. La guerra asuela el mundo, y poco a poco iremos sospechando que a ninguna de las partes en lucha asiste la Razón. Ash Thompson confundirá el término enemigo cuando a veces se presentará de gris e intentará venderla a los confederados, y en otras ocasiones vestirá de azul y la confinará en un frenopático donde Galante Ash experimentará en sus carnes los límites de lo animal. Poco a poco se nos irá descubriendo que su marcha del hogar escondía razones que iban más allá del idealismo plano del comienzo y, en efecto, no sabremos nada de lo que pretendía contarnos esta novela hasta haber llegado a la última escena, la que ―esperamos― justificará el largo y tortuoso camino. Lo ha dejado entrever todo el relato, pero llegados a este punto desaparecen las dudas: el término héroe no encaja en el término humano. La propia Constance aparece en la escena final esperando una carta que sirva de último consuelo, pero afirma: “Aún no he recibido respuesta”. No sé si existe un final más helador desde el beso de sapo de “La Regenta”.

Los que leímos “La benévola” llevamos alguna ventaja para entendernos con “Neverhome”. Es cierto que ésta por momentos puede parecernos errática, es decir, sentimos que se mueve, que cambia de forma como una ameba, pero no nos parece que evolucione. Y, sin embargo, sospechamos que evoluciona. Ya lo experimentamos en aquélla, aunque en “Neverhome” comprobamos que además la historia puede hacerlo hacia atrás. Es cierto que el arranque ha parecido un exceso de intención idealista, con esa declaración de principios de la protagonista en la primera frase: “Como yo era fuerte y él no, fui yo a la guerra para defender la República”. Pero es que en efecto, ha sido un alarde, patriotismo, idealismo, blablablá político, sólo que el relato irá muy poco a poco poniendo en entredicho aquella primera declaración. Las pistas no son evidentes, se van acumulando en las esquinas, bajo las frases que parecen caídas del hilo argumental, pero allí están. A mitad del libro, y sin que se nos haya explicitado nada aún, ya estamos convencidos de que el comienzo no fue más que una media verdad o una mentira completa, como lo es la propia vida de Ash/Constance. Desde entonces intuimos que la protagonista ha puesto ―sin avisarnos― la brújula en dirección a su propio hogar, y sabemos que si lo que quiere es encontrarse consigo misma hará bien en obedecerla. Nos llegarán tarde ―nunca a deshora― las noticias de su infancia, las coordenadas de su encuentro con el que luego sería su marido y, por fin se nos desvelará quién fue realmente esa madre que conversa con ella en la oscuridad para sostenerla en medio de la vorágine. Con un control absoluto de la tensión, la narradora acaba predisponiendo al lector para el clímax final, que no había sido el experimentado al recuperar su libertad como hubiéramos pensado de haber sido menos cautos, ni siquiera al esquivar la muerte en las varias ocasiones que se le presenta.

Junto a su maestría en la trazada de la peripecia, existen dos aspectos más en los que Laird Hunt resulta ―de nuevo― brillante: como creador de situaciones, y como creador de imágenes. Su narrativa guarda una cómoda apariencia convencional, desde la presentación de personajes, hasta la combinación de diálogos, descripciones y narración en sentido estricto. Todo en ella parece fácil, también. Por eso resultan más eficientes las situaciones donde ubica personajes a los que entrega a fuerzas ciegas en condiciones inéditas. Son momentos fascinantes. Ya en el comienzo, la protagonista se encuentra cruzando un llano donde es imposible pisar sobre tierra dura; de golpe comprende que es un terreno sembrado de cadáveres, y cadáveres de ambos bandos, sobre los que no queda más remedio que caminar. Son continuas. Se trata de escenas de una fuerza estética mayor, súbitas, las más de las veces envenenadas. Lo sublime en estado natural, algo que lo acerca al Romanticismo. Por otro lado, no es menos apabullante su capacidad para encontrar imágenes donde nadie antes ha mirado, y para ello pueden bastar un par de ejemplos: hablando de una mujer que emana maldad dice que sonríe, pero que la suya “era una sonrisa que podía cortar la leche”; y de alguien que llora frente a la vida dice que “es un cubo que pierde agua” en el tiempo. El texto está sembrado de imágenes de este calibre, y ninguna nos parece haberla oído antes. Nunca, pese a todo, el estilo se extasía en su propio juego, al contrario, también hallazgos como éstos parecen brotar de la narración sin esfuerzo añadido, lo que los hace más atractivos. Contra lo que pudiera parecer, Laird Hunt se halla cómodo buscando el grado cero de su escritura.

Para terminar, sólo un interrogante, y tiene que vez con esa preferencia del autor por ubicar sus tramas en períodos históricos. ¿Remueve en el pasado con intención de provocar una reacción entre sus compatriotas actuales, al parecer demasiado esquivos a lo humano en su manera de afrontar conflictos? ¿O bien esa incursión en el salvajismo pasado funciona como un lenitivo para la conciencia del americano medio, que siempre podrá alardear de lo mucho que han mejorado de unos años a esta parte en materia de derechos? Reconozco que me desconcierta esa sintonía del autor con historias que se pierden en la epopeya y el territorio de lo mítico, cuando Estados Unidos en 2015 se despierta, día sí, día también con algún nuevo resabio de lo salvaje que no acaba de asumir la civilización. Días de masacres en colegios y botarates de la era del pedrusco que se postulan como candidatos a la presidencia del gobierno. La verdad, no sé si el americano medio estaría preparado para una novela que hurgara en sus vergüenzas, para algo así como una generación del 98 adaptada al momento, surgida del propio ADN americano. Desconozco si es miedo, si es precaución, o qué bulle en la mente de un autor para intentar ese acercamiento lateral a temas que siguen siendo carne de actualidad en la Norteamérica de hoy. De lo que no cabe duda es de que con “Neverhome” Laird Hunt ha cuajado una sobresaliente propuesta con aquello que otros pasan la vida tanteando, sin llegar a rematar: una obra de valor universal hecha a base de sangre, frustración, humanidad. Y ahora que lo pienso, tal vez ahí se encuentre una tercera explicación de su propuesta historicista. El relato de Ash Thompson también habla de la hora de los valientes, que es un mito universal, ya lo sabemos, pero que no por ello dejamos de anhelarlo fervientemente.

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